Capítulo 35
Bianca
Hace ya unas cuantas horas que la fiesta está en su máximo apogeo.
Mucha gente lo está dando todo en la pista de baile, aunque la gran mayoría sigue sentada alrededor de la mesa, lamiéndole el culo a Maurizio Leone, principalmente los altos mandos de la organización.
Uno de ellos es Luca; no obstante, él parece más interesado en lo que sea que esté viendo en su teléfono que en la conversación que mantienen los hombres que tiene a su lado.
Tanto es así que ni siquiera se da cuenta de las miradas furtivas que le lanzan muchas de las mujeres que revolotean a su alrededor.
Las entiendo. Mi marido es sin duda el hombre más atractivo del lugar.
Ya me he acostumbrado a que se convierta en el objeto de deseo de todas las féminas que se cruzan en su camino.
Mi hermana está huyendo de mí porque, según ella, soy una pesada insufrible, y a Romeo hace ya un buen rato que no lo veo. Lo más probable es que se esté ocupando del pequeño encargo que le hice. Eso me deja a mí sola, con una copa de champán a medio beber y mucho aburrimiento.
Vuelvo a mirar en dirección a Luca. Él parece incluso más aburrido que yo. Guiada por un impulso, me bebo el resto del champán de un solo trago, dejo la copa en una de las mesas altas que hay repartidas por todo el jardín y, tras sacar mi teléfono, le escribo un mensaje rápido:
No tienes pinta de estar disfrutando de la compañía
de tus amigos machos alfa.
Mi marido alza la cabeza de golpe y empieza a mirar hacia todos lados. Cuando al fin me localiza, esbozo una sonrisa ladeada y él baja la mirada al teléfono. Enseguida veo que está escribiendo.
Preferiría que me arrancaran las uñas de los pies
con unos alicates antes que soportar a este grupo de borrachos.
Casi me echo a reír mientras tecleo una respuesta.
Puedes probar a emborracharte tú también.
Su contestación no tarda en llegar:
Eso intento. ¿Alguna otra sugerencia?
Huye y escóndete. Eso siempre funciona.
Lo haría, pero tú te has adueñado del baño.
Alzo la vista y le lanzo una mirada poco amigable. El muy cabrón sonríe. Se está burlando de mí, otra vez.
En esta casa hay un montón de baños
y lugares donde ocultarse.
Tarda unos segundos en responder:
Cuidado, Diavuletta. Si no te conociera,
pensaría que me estás haciendo una propuesta indecente.
Recuerda que eres una mujer casada.
Sé que sigue burlándose de mí. No sé si es por la forma en la que me defendió durante el almuerzo o simplemente porque he perdido la cabeza, pero decido seguirle el juego.
No es indecente si a quien estoy haciendo
la propuesta resulta ser mi propio marido.
Le doy a enviar, y estoy a punto de volver a mirarlo para ver su reacción justo cuando alguien choca conmigo, o más bien me arrolla. Consigo mantener la verticalidad y me giro de golpe para ver quién demonios me ha empujado.
—Uy, perdón. —Augusto Colombo se tambalea un poco y esboza la típica sonrisa de borracho.
Retrocedo un paso. Lleva la camisa blanca abierta, dejando a la vista su pecho peludo y parte de su prominente barriga.
—No pasa nada —mascullo, haciéndome a un lado para que pueda seguir su camino.
—Sí que pasa. —Se acerca más a mí y vuelvo a retroceder—. Todos hemos visto cómo te ha defendido De Santis. Se nota que lo tienes contento.
La forma en la que me mira, prestando especial atención a mi escote, aparte de incómoda, es totalmente inapropiada.
—Es mi marido, entre mis obligaciones está el mantenerlo contento —respondo sin amilanarme.
Vuelve a repasarme con la mirada y niega con la cabeza.
—Podrías haber sido mía. Es una pena que eligieras a De Santis.
Antes de que pueda contestarle algo casi tan inapropiado como su actitud conmigo, noto que un brazo rodea mi cintura. Giro la cabeza y veo a Luca justo a mi lado. Tira de mí para apartarme de Colombo y me pega a su costado.
—Augusto, no deberías estar acaparando a mi mujer. Ella es solo mía —dice con una sonrisa que es de todo menos sincera.
Retrocede un par de pasos y vuelve a tambalearse.
—Por supuesto, De Santis. Has dejado claro que tu esposa es intocable —comenta entre balbuceos.
—Sí, y tú que el alcohol no te sienta demasiado bien. Deberías volver a la mesa antes de que te caigas. Sería un espectáculo bochornoso.
Colombo frunce el ceño y aprieta los puños.
—Cuidado, De Santis. Ya tienes demasiados enemigos, no te conviene ganarte uno más. Si yo… —Deja la frase a medias al soltar un enorme eructo de manera inesperada.
Arrugo la nariz cuando me llega el olor a alcohol. ¡Es un puto cerdo, joder! Mira a un lado y a otro por si alguien más lo ha escuchado y hasta parece avergonzado.
—¿Decías algo, Colombo? —pregunta Luca en tono burlón.
El hombre farfulla una maldición y, tras dar media vuelta, se aleja trastabillando en dirección a la mesa. En cuanto nos quedamos solos, Luca se aparta de mí unos centímetros.
—No necesitaba que vinieras a salvarme. Lo sabes, ¿verdad? —inquiero con una ceja arqueada.
El muy capullo mueve los dedos por mi costado con suavidad.
—Un «gracias» es suficiente. ¿A que ahora te alegras de haberme escogido a mí como marido en vez de a ese cerdo?
Pongo los ojos en blanco.
—Al menos, él va a durar menos que tú. Míralo, con lo que come y bebe, le auguro un infarto antes de un año.
—Subo la apuesta a seis meses. ¿Qué nos jugamos?
Sonrío, negando con la cabeza.
—Nada. Seguro que eres capaz de matarlo solo para ganar.
—Esa es una opción —admite, encogiéndose de hombros—. Es más, me planteo hacerlo antes de los seis meses solo para que aprenda a no poner sus ojos sobre lo que no le pertenece.
Lo miro fijamente, luchando para no estremecerme por la forma en la que está acariciando mi cintura.
—¿Te refieres a mí? —pregunto en un susurro. Luca asiente y se acerca más, hasta que nuestros rostros quedan casi pegados—. ¿A quién se supone que pertenezco?
—A mí, hasta que la jodida muerte nos separe —responde, cortándome el aliento.
Luca
Quiero besarla. Joder, me muero por volver a probar sus labios.
La sigo mirando a los ojos sin ni siquiera pestañear.
Si me da una sola señal, la que sea, hundiré mi lengua en su boca aquí mismo, delante de todo el que quiera vernos.
Clavo mis dedos en su cintura y estoy a punto de atraerla aún más hacia mí cuando oigo que alguien golpea un cubierto contra una copa y a continuación la voz de Luciano pidiendo atención.
Bianca desvía la mirada hacia su padre y suelto una enorme bocanada de aire que ni sabía que estaba conteniendo.
—¡Atención! Acercaos todos. Tengo algo que anunciar.
Bianca se aleja sin esperarme, con la espalda tensa y los puños apretados.
Al lado de su padre está Pietro Santoro sonriendo de oreja a oreja.
Sigo a mi esposa hasta la mesa y ambos nos quedamos mirando a los dos hombres.
Mi suegro señala a su hija menor con el dorso de la mano y le pide que se acerque.
¡¿En serio va a hacerlo?! Es solo una niña.
No puede obligarla a casarse con el hijo tonto de Santoro.
Bianca también se ha dado cuenta de lo que está a punto de ocurrir, y por la forma en la que le tiemblan las manos, apuesto a que está furiosa.
Caterina está a punto de llegar junto a su padre cuando alza la mirada en dirección a Bianca.
Hasta yo, que apenas conozco a la chiquilla, sé que está pidiendo ayuda de manera silenciosa.
Luciano rodea sus hombros con el brazo y la atrae a su costado.
—Hoy quiero…
—Padre, permíteme que te interrumpa —lo corta Bianca.
Mi suegro la fulmina con la mirada y todos los demás cuchichean. Ha sido demasiado imprudente al interrumpir a un Don, por muy padre suyo que sea, en mitad de algo tan importante. Por puro instinto, me acerco más a ella y agarro su mano. Sigue temblando, pero me da un leve apretón.
—Bianca, lo que sea que tengas que decir, puede esperar —sisea Luciano a modo de advertencia.
—Lo siento, pero estoy demasiado emocionada como para guardármelo. —Se gira hacia mí y sonríe de oreja a oreja, aunque es, sin duda, el gesto más falso y forzado que le he visto hacer nunca—. Cariño, ¿quieres contarlo tú?
La miro sin saber qué responder. ¿Qué se supone que debo decir?
Bianca alza nuestras manos y las coloca sobre su vientre.
Entonces, lo entiendo, pero me parece una jodida locura.
¿De verdad pretende…? Empiezo a negar con la cabeza, pero ella se acerca más.
Hay pánico en su mirada, también desesperación.
Aunque no lo dice con palabras, esto es lo más parecido a una súplica que estoy seguro que voy a recibir por su parte alguna vez. Inspiro hondo y asiento.
—Felicitadnos, vamos a ser padres —vocifero, acallando todos los cuchicheos.
Escuchamos el sonido de varias copas al romperse y un enorme estruendo que hace temblar el suelo bajo nuestros pies.
Me inclino sobre la mesa y veo a Augusto Colombo en el suelo.
Varias personas ya lo están rodeando. Mi hermano es el primero en comprobar su estado, le toca el cuello y alza la cabeza con los ojos muy abiertos.
—Está muerto —susurra.
Bianca y yo nos miramos, y sé que ella también está conteniendo la risa. Debí obligarla a apostar, habría ganado.