Lupara Bianca Capítulo 34
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Capítulo 34

Luca

Cuando la puerta del baño se abre, ya estoy cansado de esperar a Bianca. ¿Cómo es posible que tenga tan poca consideración por los demás? Se supone que solo iba a tardar veinte minutos y ha pasado ya más de media hora.

—Deberías revisar tu maldito reloj. Vamos a llegar… —Me quedo a media frase al verla venir hacia mí. Está tan jodidamente guapa que creo que me he olvidado incluso de respirar.

Ese vestido rojo que envuelve su cuerpo como una segunda piel debería ser ilegal, y la apertura que llega hasta casi el nacimiento de su muslo, digna de pena de muerte.

—¿Qué? —Se detiene frente a mí y desliza la palma de la mano por su costado—. ¿Te has quedado sin palabras? Eso es que estoy increíble, ¿verdad?

A duras penas soy capaz de apartar la mirada de su cuerpo. Carraspeo y sacudo la cabeza de un lado a otro.

—Estás bien. Vámonos de una vez —gruño.

Bianca arquea una ceja y se cruza de brazos. De manera irremediable, mis ojos van a parar a la porción de piel que deja al descubierto el pronunciado escote del vestido.

—Sabes que no se te van a caer las pelotas si, al menos una vez, admites que te resulto atractiva, ¿verdad?

Aparto la mirada de sus pechos y frunzo el ceño.

—Bianca, podría decirte que eres una de las mujeres más atractivas que he conocido, pero, cada vez que abres la bocaza, lo jodes todo. Ahora, date prisa o llegaremos tarde al almuerzo.

No espero a que responda, solo voy hacia la puerta y la abro de un tirón, en parte porque no creo ser capaz de seguir encerrado con ella sin caer en la tentación de arrancarle ese jodido vestido con los dientes.

Ni siquiera entiendo por qué tiene tanto poder sobre mí.

Es confuso y frustrante. Nunca antes he sentido la necesidad de salir huyendo de una mujer por muy guapa que fuese.

Por suerte, Bianca me sigue sin hacer ningún otro comentario de los suyos.

Recorremos juntos los pasillos de la casa hasta llegar al jardín.

El lugar que han habilitado para el almuerzo y el posterior festejo es inmenso y está decorado al detalle, con una gran carpa bajo la que está dispuesta una mesa de varios metros de largo donde ya están sentados todos los invitados, a excepción de nosotros.

Maurizio Leone preside la mesa, como siempre, con su hijo a su derecha y Luciano Rossetti a su izquierda.

Estar cerca del capo durante una celebración de este tipo demuestra tu estatus y poder en la organización.

El lugar que me han asignado es al lado de Adriano Valente.

Es curioso porque, antes de casarme con Bianca, habría sido relegado al otro extremo de la mesa.

En estos últimos dos años mi familia ha recuperado algo del respeto y el honor que perdimos con la traición de nuestro padre.

Al menos, todo esto del matrimonio ha servido para algo más que para provocarme un dolor de huevos permanente.

En cuanto tomamos asiento, empiezan a servir el almuerzo y múltiples conversaciones se suceden al mismo tiempo.

Por primera vez soy muy consciente de lo que me dijo el otro día Bianca.

Casi todos los hombres interactúan entre ellos, ignorando a sus propias esposas e hijas.

Con los hijos varones es distinto, incluso el Don de Michigan pasa un buen rato haciéndole preguntas tontas a mi sobrino Elmo, pero apenas dirige la mirada a su propia hija.

Dejándome llevar por un impulso, miro en dirección a mi esposa, que ha pasado todo el tiempo cuchicheando con su hermana pequeña.

—¿Qué tal está el postre? —pregunto para llamar su atención.

Me mira con la cucharilla a medio camino de la boca y pestañea un par de veces con gesto de sorpresa.

—Eh… Bien. —Señala mi plato casi vacío con la barbilla—. ¿El tuyo?

—Delicioso. ¿Quieres probarlo? —Le tiendo el plato con los restos de brownie de chocolate y ella parece sorprenderse aún más.

No me pasan desapercibidas las miradas que me lanzan los demás invitados, en especial la de su padre. De alguna manera, es como si estuviese rompiendo una regla no escrita que hasta hace poco no era consciente ni de que existía.

—No hace falta —masculla Bianca.

Extiendo más el brazo en su dirección.

—Vamos, pruébalo. No lleva frutos secos —insisto.

Estrecha la mirada sobre mí. Sé que también se ha dado cuenta de que algunas conversaciones han finalizado de manera abrupta, como si el hecho de estar hablando con mi propia esposa en la mesa fuese algo que no debería estar ocurriendo.

Bianca se acerca mi plato y, tras coger un pedazo de brownie con la cuchara, se lo lleva a la boca y asiente.

—Está bueno, pero me gusta más el mío. —Me devuelve mi plato y me pasa el suyo.

Pruebo el pudin casero que le han servido y, después de tragar, me limpio las comisuras de la boca con una servilleta.

—Cierto, el tuyo está mejor —admito.

Bianca sonríe, y no es una de sus sonrisas falsas o arrogantes, incluso me parece ver una chispa de orgullo en su mirada; por alguna razón que desconozco, pensar que yo soy el responsable de ello me produce una especie de calor en el centro del pecho.

—De Santis, ¿qué te parece si dejas de follarte a tu mujer con los ojos y atiendes a lo que estamos hablando? Es importante —dice Ricciardo para llamar mi atención.

Le lanzo una mirada dura.

—No creo que te deba explicaciones de lo que hago con mi esposa, Leone —replico sin poder contenerme.

Echa un vistazo en dirección a Bianca y después vuelve a mí, sonriendo con chulería.

—Lo entiendo: si yo estuviese casado con una mujer tan guapa, apenas la dejaría salir de la cama. Además, todos sabemos que lo que le sobra es experiencia, ¿verdad?

Inspiro hondo por la nariz y agarro el cuchillo para carne que está a mi derecha. Me pongo en pie de un salto y lo señalo con la punta del cubierto.

—Vuelve a hacer alguna insinuación sexual que incluya a mi mujer y te arrancaré la puta lengua, Leone —lo amenazo.

—¡¿Con quién te crees que estás hablando?! —exclama furioso.

Él también se pone en pie y está a punto de sacar su pistola antes de que su padre interceda.

—¡Suficiente! —El capo le recrimina con la mirada su actitud—. La mujer de un compañero es intocable, Ricciardo. Discúlpate con Luca.

—¡¿Qué?! ¡No voy a disculparme! ¿Qué tenemos, cinco años?

Llevo la mano a la empuñadura de mi pistola y su padre insiste.

—Has cometido un error. Si no te disculpas, permitiré que De Santis arregle este asunto por su cuenta, y dudo que vayas a salir bien parado. El respeto se gana, hijo, no se hereda.

Ricciardo resopla y echa un vistazo a su alrededor. Todas las miradas están puestas en nosotros dos.

—Muy bien, De Santis. Lamento haberte ofendido —masculla entre dientes.

—No, en realidad, a quien has ofendido es a mi esposa. Es ella la que se merece la disculpa.

Casi me parece escuchar cómo todo el mundo a nuestro alrededor contiene el aliento. Lo que estoy haciendo va más allá de desafiar a nuestro sottocapo . Estoy cambiando las normas.

A regañadientes, Ricciardo escupe un «lo siento» en dirección a Bianca y esta asiente con la cabeza.

«Soy mucho más que la hija y la esposa de un Don, y ya no te pido que lo hagas conmigo, sé que me odias y está bien, yo sé defenderme sola, pero, si tanto respetas a tu madre, tal vez deberías plantearte demostrarle que, para ti, ella sí tiene voz».

Sus palabras acuden a mi mente y decido ir un paso más allá.

—¿Aceptas sus disculpas? —le pregunto. Ella vuelve a mirarme con confusión.

«Vamos, te estoy dando voz, Diavuletta», intento transmitirle sin palabras. Mi esposa alza la barbilla como solo ella sabe hacerlo y le lanza una mirada de desprecio a Ricciardo.

—Las acepto, pero en el futuro deberías mantener la boca cerrada en lo que respecta a la vida sexual de una mujer, y no hablo solo de mí, todas tenemos derecho a que respeten nuestra intimidad.

Casi se me escapa la risa al ver el gesto de furia de Ricciardo, aunque lo disimula con una falsa sonrisa y vuelve a tomar asiento junto a su padre.

Yo hago lo mismo y, al mirar en dirección a Bianca, compruebo que no me quita la vista de encima.

Me encojo de hombros y ella arquea una ceja con diversión.

Supongo que se estará preguntando a qué ha venido todo este numerito y me encantaría darle una respuesta coherente, pero ni yo sé qué es lo que estoy haciendo.

Vuelvo a mirar en su dirección y lo siento de nuevo, esa especie de presión en el pecho.

¿Qué demonios me está haciendo esta mujer?