Capítulo 33
Luca
Al entrar en el dormitorio, me sorprendo al ver a mi esposa sentada en el sofá junto a su hermana pequeña.
—Mira, la hemos encontrado —comento, sujetando a mi sobrino por los hombros.
—¿Quién me estaba buscando? —pregunta Bianca, arqueando una ceja.
Elmo va hacia ellas con su habitual chulería y se cruza de brazos.
—A ti no, es Caterina la que ha desaparecido. ¿Dónde estabas?
La chica mira a su hermana con gesto extrañado.
—¿Por qué crees que debo darte explicaciones? —Se ríe con incredulidad—. ¿Lo estás escuchando? Aún no levanta un palmo del suelo y se cree con derecho a controlar lo que hacen los demás.
Bianca se incorpora del sofá y echa un vistazo en mi dirección.
—No te molestes, le viene de familia. Los De Santis son todos así.
Le lanzo una mirada de advertencia y ella se encoge de hombros.
—¡Vámonos ya, llegaremos tarde al almuerzo! —exclama mi sobrino.
—¡Oye, no te atrevas a darme órdenes, mocoso! —replica Caterina.
Exhalo con fuerza y decido intervenir. Me parece estar reviviendo una de las muchas discusiones que tenemos Bianca y yo. Supongo que, al igual que el carácter de mi sobrino es similar al mío, Caterina ha heredado la rebeldía de su hermana.
—Ya está bien. Largaos los dos. Tengo que cambiarme —ordeno mientras empiezo a desabrocharme la camisa.
Elmo enseguida obedece y empieza a caminar hacia la salida, pero Caterina no se mueve.
—Por mí no te cortes —dice, esbozando media sonrisa pícara que me recuerda mucho a la de su hermana.
Definitivamente, el descaro le viene de familia.
—¡Rina, fuera de aquí! —sisea Bianca.
La adolescente resopla y se cruza de brazos.
—No es justo. A ti te toca casarte con el guapo tatuado y a mí con un imbécil que dudo que sepa atarse los cordones sin la ayuda de su mami.
—Tú no vas a casarte con nadie. Márchate. Seguiremos hablando después. —Un nuevo resoplido y los dos críos abandonan el dormitorio discutiendo entre ellos.
En cuanto nos quedamos a solas, busco la mirada de Bianca.
—Tu hermana cree que soy guapo —comento con una sonrisa arrogante.
—Piensa lo mismo de esos coreanos del k-pop que tanto escucha, así que no te lo tomes como algo personal.
Solo se comporta como una adolescente con las hormonas revolucionadas.
—Aunque la respuesta que me da es muy típica de ella, puedo notar que algo no anda bien.
Además, no deja de toquetearse las pulseras, y siempre hace eso cuando está nerviosa.
Tengo la sensación de que carga un gran peso sobre sus hombros y, por alguna razón, siento la necesidad de ayudarla a liberarse, al menos un poco.
—¿Qué te ocurre, Bianca? —pregunto sin tapujos.
—Nada. Solo estoy cansada y harta de socializar con personas que ni siquiera me caen bien. Necesito un maldito descanso.
—No es solo eso. Tu humor cambió en cuanto viste a tu padre. ¿Por qué?
Clava su mirada en la mía, frunciendo el ceño.
—¿Nunca has visto a una familia disfuncional? Eso es lo que somos. —Se pinza el puente de la nariz con gesto agotado—. Estaré bien mientras consiga mantenerme a mí misma y a mi hermana lejos de ese cabrón.
—¿Por qué lo odias tanto? ¿Qué es lo que te ha hecho?
Inspira hondo antes de responder.
—Odio lo que es y lo que representa, no solo a él.
—¿Es por lo que hace? ¿No te gusta cómo se gana la vida?
Niega con la cabeza con una exhalación profunda.
—He nacido y crecido en este ambiente, Luca. Sé perfectamente de dónde viene el dinero que me gasto y no tengo ningún problema con ello.
—Entonces, si no es el dinero…
—El poder —me corta.
—Vas a tener que explicarte mejor porque no estoy entendiendo nada de lo que dices. ¿Odias a tu padre porque es poderoso?
Chasquea la lengua contrariada y vuelve a clavar su mirada en la mía.
—El dinero solo compra cosas, abre puertas, hace ruido.
Pero el poder… El poder te mira a los ojos y te obliga a bajar la cabeza.
Te hace pequeña, te hace dudar de tu propia voz.
El poder se mete en tu casa, en tu vida, en tu cabeza, sin pedir permiso.
Y cuando alguien lo tiene…, cuando siente que puede hacer lo que quiera y salir impune…
, no hay límite. No hay reglas. No hay familia.
El peligro no es tener mucho, es creer que puedes tenerlo todo.
Me quedo mirándola sin saber muy bien qué decir.
Empiezo a pensar que, durante todos estos años, todos hemos estado etiquetando a Bianca como una niña caprichosa y malcriada, pero en realidad posee muchas cualidades que hasta ahora no había percibido.
Tengo la sensación de que, de alguna manera, estoy conociéndola como es en realidad y no como quiere que los demás la vean.
—Deberíamos cambiarnos cuanto antes o llegaremos tarde al almuerzo —digo, apartando la mirada.
—¿Vas a usar el baño? —Niego con la cabeza—. Bien, estaré lista en veinte minutos. Espérame y vamos juntos.
Asiento y la observo mientras va hacia el baño y se encierra en su interior.
Solo cuando estoy seguro de que no puede verme, me dejo caer a los pies de la cama y maldigo en voz baja.
Bianca es todo lo que sé que no me conviene, es la peor esposa que ningún hombre en mi posición podría tener, pero, por alguna razón, me gusta su personalidad.
¡Dios santo! Me estoy metiendo en un lío del que no sé si podré salir.
Bianca
Me arrepiento de haber hablado demasiado.
Estaba cabreada, frustrada y necesitaba desahogarme con alguien.
Ya que apenas he visto a Romeo desde que ha llegado, lo hice con la primera persona que tuvo el detalle de preguntarme cómo estoy, ni más ni menos que Luca De Santis.
Es curioso, jamás imaginé que, en algún momento, acabaría confesándole mis problemas a uno de los hombres que más detesto en todo el mundo, pero lo cierto es que lo he hecho y ahora me gustaría volver atrás y borrar una por una todas mis palabras.
Me miro en el espejo y respiro hondo por la nariz.
Lo hecho, hecho está. La mejor solución para mi metedura de pata es actuar como si la conversación de hace un rato no hubiese ocurrido jamás.
Luca no es mi amigo ni mi confidente, solo un peón en mi tablero de ajedrez.
Me casé con él por pura necesidad y pienso seguir utilizándolo hasta que logre alcanzar mi objetivo.
Para empezar, debo impedir que mi padre siga adelante con esa ridícula idea que ha tenido de casar a Rina.
Haré lo que sea necesario para impedirlo.
Vuelvo a echar un vistazo a mi reflejo. Me veo bien, y voy vestida, peinada y maquillada como una verdadera princesa de cuento.
Eso es lo que los demás ven en mí, solamente a una niña caprichosa que siempre lo ha tenido todo sin necesidad de esforzarse para conseguirlo; no obstante, a veces el daño no se ve.
Es una lupara bianca del alma: limpia, discreta y que no deja rastro.
Compruebo, una vez más, que mi vestido rojo no tiene ni una sola arruga antes de salir del baño y enfrentarme a lo que queda de día.
Sé que no va a ser sencillo, pero encontraré la manera de hacerme escuchar, aunque tenga que subirme al palo más alto y gritar con todas mis fuerzas. Nadie va a silenciarme nunca, ya no.