Lupara Bianca Capítulo 32
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Capítulo 32

Bianca

Hago rugir el motor del Ferrari una vez más antes de apagarlo.

Es una pena que el trayecto desde el muelle de la isla, donde me ha dejado el transporte marítimo, sea tan corto.

Me gustaría haber pasado más tiempo al volante de mi nuevo juguetito.

Con un suspiro, salgo del vehículo y compruebo que Luca está apostado frente a la puerta principal; me observa sin perder detalle.

A su lado están varios de los miembros de la organización, como Adriano Valente o mi exprometido, Augusto Colombo, así que supongo que mi padre no andará lejos.

Esta mañana me marché de la isla muy temprano, pero estoy segura de que ya debe de haber llegado para asistir a la gran fiesta.

Aún no he terminado de rodear el coche cuando veo a mi marido bajar las escaleras para dirigirse hacia mí. Al llegar, esboza una sonrisa ladeada que para nada es sincera.

—¿Te gusta? —inquiero, apoyándome en la carrocería del deportivo.

Lo mira durante unos segundos y hace una mueca con los labios.

—Es muy rosa —responde.

—Lo sé, me encanta. Lo pedí en rosa metalizado. ¿A que es precioso?

—Tenemos distintos conceptos de lo que es o no precioso —replica con una ceja arqueada.

—Al menos, estamos de acuerdo en que yo lo soy. —Me peino el cabello hacia atrás con los dedos y sonrío de manera coqueta—. Disimula, cariñito, tus amigos machos alfa nos están mirando —susurro sin dejar de sonreír.

Empiezo a dudar de mi pequeña provocación cuando noto su brazo rodeando mi cintura, aunque no es hasta que me empuja contra la carrocería del Ferrari que soy consciente del error que he cometido.

Esta es una de esas veces en las que peco de imprudente.

Ya debería saber que a un tarado como Luca De Santis no se le puede desafiar si no estás dispuesta a asumir las consecuencias.

—¿Ahora ya no te parece gracioso? —Me aplasta con su cuerpo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto con un hilo de voz.

Una de sus manos se ancla en mi nuca y me obliga a alzar la cabeza. Sus labios están tan cerca de los míos que solo haría falta un movimiento milimétrico para que se unieran.

—Estoy disimulando ante mis amigos machos alfa, cariñito —responde, ejerciendo aún más fuerza en mi nuca.

—¿No te parece que es demasiado sobreactuado?

Intento que mi tono sea firme, pero entre su forma de mirarme y la dureza que empiezo a notar a la altura de mi bajo vientre, apenas soy capaz de mantener una respiración pausada y tranquila.

—¿Sobreactuado? ¿Tú crees? Creía que te estaba haciendo mojar las bragas como esta mañana. ¿No es así?

—No —miento, porque la realidad es muy distinta.

—Qué pena. —Se aparta unos centímetros y afloja el agarre en mi nuca, aunque no me suelta.

Siento cómo sus dedos recorren la parte posterior de mi cuello mientras sigue mirándome a los ojos; hay fuego en el interior de sus iris azules, casi puedo ver las llamas ardiendo en ellos.

Se acerca de nuevo, pero esta vez desvía la trayectoria de su boca en dirección a mi oreja—.

Supongo que voy a tener que esforzarme más para lograrlo.

Cuando noto sus dientes raspando la piel de mi cuello de manera suave, casi se me escapa un vergonzoso gemido.

Estoy temblando de pies a cabeza, y sé que el muy hijo de puta puede notarlo porque lo escucho reír bajito justo antes de apartarse de mí.

Me acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y me mira con una ceja arqueada.

Hago todo lo posible para ralentizar los desbocados latidos de mi corazón y dejar de temblar.

Empiezo por mover el cuello de un lado a otro y sacudirme de encima esa extraña sensación de electricidad y excitación que se ha apoderado de cada parte de mi cuerpo.

Desvío la mirada en dirección a los hombres que siguen junto a la entrada.

Nos están observando desde la distancia y, esta vez, mi padre está con ellos. Al verlo, me tenso de pies a cabeza.

—Se acabó el numerito —siseo, empujando a Luca de manera disimulada. Lo que sea que acabe de pasar entre nosotros ha terminado en el justo instante en el que he visto al cabrón de mi progenitor—. Debo ir a saludar a mi padre.

—Te acompaño. Tu hermana también anda por aquí.

Abro mucho los ojos con sorpresa.

—¿Rina ha venido? —inquiero.

—Eh… Sí, llegó esta mañana con tu padre. ¿Por qué te sorprende?

—Hijo de puta —siseo en voz baja con la mandíbula tensa y los puños apretados.

Noto la mano de Luca en mi barbilla, tira de mi cabeza hacia arriba y me obliga a mirarlo.

—¿Qué ocurre, Bianca?

—Nada, son cosas de familia. —Intento huir de su contacto, pero me sujeta con más fuerza.

—Llevas mi apellido, eso me convierte en parte de tu familia.

Esta vez soy más brusca al sacarme su mano de encima.

—Algún día tendrás que asumir que no eres el jodido centro del universo, De Santis. Ahora, deja de tocarme las narices y vayamos a saludar a mi padre de una maldita vez.

Sin esperarlo, empiezo a subir los escalones que llevan a la entrada de la casa con la espalda recta y la frente en alto.

Mientras me muevo en su dirección, lo veo esbozar una sonrisa que me hiela la sangre.

De alguna manera, estoy permitiendo que Luca me distraiga de lo que de verdad me importa.

Mi único objetivo es proteger a mi hermana, darle la vida que yo jamás tendré.

No permitiré que termine enredada con un tipo como Luca o como mi padre.

Ambos están cortados por el mismo patrón, eso es algo que debo tener muy presente.

Luca

Siempre he tenido muy claro que la relación de Bianca con su padre no es la mejor, pero hasta hoy no me había dado cuenta de lo mucho que cambia su personalidad cuando él está cerca.

Es como si con su sola presencia lograra apagar toda la luz y vitalidad que ella guarda en su interior.

Me pregunto a qué se debe. Está claro que ser la hija de un Don no es una tarea sencilla, y menos aún cuando posees la rebeldía y el carácter de Bianca.

Sin embargo, tengo la sensación de que hay algo más ahí que se me escapa y estoy decidido a averiguar de qué se trata.

Justo antes de la hora de comer, decido retirarme a mi dormitorio para cambiarme de ropa. El almuerzo será el pistoletazo de salida para la gran fiesta que durará hasta bien entrada la madrugada y tenemos que ir vestidos acordes para la ocasión.

Estoy cruzando el pasillo que lleva a los dormitorios de invitados cuando me encuentro con mi sobrino. Llega corriendo, ya vestido con su pantalón oscuro, camisa blanca y unos relucientes zapatos negros. Su cabello está perfectamente peinado hacia atrás.

—Tío Luca, ¿has visto a Caterina? —pregunta con la respiración acelerada.

—No. ¿Para qué la buscas?

—Le dijeron que cuidara de nosotros durante la comida, pero ha desaparecido.

Estrecho la mirada sobre él y esbozo media sonrisa. Es bastante común que, durante las celebraciones de la organización, los hijos mayores estén pendientes de los pequeños, y, al tener ya dieciséis años, lo más seguro es que a la hermana de mi esposa le haya tocado hacer de canguro.

—No creo que haya ido muy lejos. Deja que me cambie y, si quieres, te acompaño a buscarla.

El chico asiente y caminamos juntos el resto del trayecto hasta mi dormitorio. Por supuesto, no pierde la oportunidad de hablarme de sus conquistas, una de ellas es la hija del Don de Michigan, una niña de catorce años.

—Es guapa, aunque no tanto como Caterina —comenta cuando casi hemos llegado.

—¿No crees que son demasiado mayores para ti?

—Tío Luca, la edad es solo un número. Acabaré creciendo y, entonces, todas harán fila para casarse conmigo —responde con una sonrisa arrogante.

Suelto una carcajada y niego con la cabeza, justo antes de girar el pomo y abrir la puerta. Si esa es su mentalidad con solo ocho años, no me quiero imaginar cómo será cuando tenga edad para tomar sus propias decisiones. Me temo que mi hermano va a tener serios problemas con su primogénito.