Capítulo 31
Luca
La dichosa fiesta de cumpleaños de nuestro capo solo es una excusa más para reunir a todos los miembros importantes de la organización y hablar de negocios.
Eso es justo lo que hemos estado haciendo durante toda la mañana.
Ahora que ya han llegado todos, incluyendo a mi hermano, Adriano Valente y mi suegro, el comedor principal de la casa se ha convertido en una especie de sala de reuniones.
Presidiendo la mesa está, por supuesto, Maurizio Leone, con su hijo apostado a su derecha.
Observo a todos a mi alrededor en silencio.
Algunos resultan patéticos: exponen sus beneficios anuales como los pavos reales exhiben sus plumas cuando quieren llamar la atención de una hembra, solo que aquí de lo que se trata es de captar el interés de nuestro capo.
Todos queremos caerle en gracia. Contar con su apoyo es lo mejor que te puede pasar.
Aparte de respetado y poderoso, Maurizio Leone también es una llave de las que te abren puertas a negocios muy suculentos.
—Luciano, he escuchado que estás teniendo problemas con los irlandeses en tu territorio —dice Leone, haciendo acallar todas las voces.
Mi suegro le da un trago largo a su copa de licor antes de contestar.
—No es nada que no pueda resolver. Estoy en ello.
Leone me mira a mí y después a Adriano Valente.
—Entonces ¿no es cierto que hace poco os robaron un cliente importante?
La mirada de mi suegro se detiene en la mía. Esbozo media sonrisa y le doy una última calada a mi cigarrillo antes de aplastar la colilla contra el fondo del cenicero.
—Ese inconveniente ya está solucionado, capo —intercedo—. El cliente buscaba una bajada de precio, pero tras renegociarlo he logrado una subida de casi el doble respecto al importe inicial.
Leone asiente y presta atención a otro de los miembros de la reunión; sin embargo, Rossetti sigue con la vista clavada en mí.
Por su expresión, apuesto a que se está preguntando cómo demonios lo he logrado.
Bueno, tampoco ha sido sencillo, he pasado los últimos dos días en un tira y afloja constante con el cliente.
Que Kincaid lo dejara tirado ayudó a que pudiese renegociar el trato, aunque el resto fue cosa mía.
Aproveché su urgencia en tener la mercancía para subir el precio todo lo que me fue posible.
Por supuesto, al principio no estuvo de acuerdo, pero con tan poco plazo no tuvo más remedio que aceptarlo, y de paso le sirve como lección para no volver a jugárnosla otra vez.
El resto de la reunión transcurre sin incidencias.
Cerca del mediodía, cuando ya la mayoría están charlando y bebiendo más de la cuenta, recibo una notificación en mi teléfono móvil.
Es de un banco suizo del que soy cliente, me informan del pago de un artículo con valor de casi cuatrocientos mil euros.
Enseguida hago varias pesquisas y descubro que el artículo en cuestión es un Ferrari 812 GTS personalizado; la compra la ha realizado Bianca.
Exhalo y me termino el resto de la copa de un trago.
Esta es su manera de hacerme ver que mi comentario de esta mañana no ha sido de su agrado.
La muy hija de perra es rencorosa. Lo que dije tampoco fue para tanto.
Me parece ridículo que duerma en una bañera pudiendo hacerlo en la cama.
Bueno, puede que me haya pasado al llamarla pervertida; al fin y al cabo, ella no tiene la culpa de lo que hace mientras está inconsciente.
Ni siquiera sé por qué lo dije. Supongo que solo buscaba provocarla.
He descubierto que disfruto mucho haciéndolo.
Bianca es todo lo que yo jamás querría en una esposa: contestona, irrespetuosa, no tiene freno y se le da fatal mantener las apariencias; sin embargo, como persona y como mujer creo que es increíble.
Tiene una personalidad arrolladora y esa lucha constante que mantiene con el resto del mundo por hacerse respetar es digna de admiración.
Y después está esa maldita atracción que siento por ella; es algo que me trae de cabeza.
He conocido a muchas mujeres a lo largo de mi vida, pero ninguna consigue excitarme como Bianca.
Puede volverme loco con solo una frase, un gesto, su olor o su simple presencia.
Sacudo la cabeza y me centro en las conversaciones que hay a mi alrededor antes de que mi mente me juegue una mala pasada al recordarme de nuevo lo que sentí al tener su lengua deslizándose por mi polla.
Lo que menos me apetece es acabar con una erección en presencia de todos los miembros importantes de la organización.
Me tomo otra copa más, pero no puedo dejar de pensar en Bianca.
Cada pocos segundos echo un vistazo al teléfono, que sigue sobre la mesa.
Termino dándome por vencido cuando la conversación pasa de ser de negocios a convertirse en una competición para demostrar quién la tiene más grande.
El cabrón de Augusto Colombo, Don de Baltimore y antiguo prometido de mi esposa, se jacta de estar a punto de casarse con una chica que podría ser su nieta, pero, según él, está lista para probar a un hombre de verdad.
Cojo el teléfono y, tras desbloquearlo, busco el contacto de Bianca en la aplicación de mensajería instantánea y le envío un mensaje escueto. Solo una pregunta:
¿Te acabas de comprar un Ferrari?
Espero su respuesta durante un rato. Casi estoy a punto de dejar el teléfono de nuevo sobre la mesa cuando veo que se conecta. Unos segundos después, recibo su respuesta:
Sí.
Así, sin más. Sin ninguna explicación.
¿Para qué necesitas un Ferrari, Bianca?
Tienes media docena de deportivos en casa.
Envío el mensaje y quedo atento a su contestación. Tarda apenas unos segundos en llegar.
Tú lo has dicho, en casa.
Si tengo que pasearme por media Sicilia acompañando
a tu madre y al resto de las esposas aburridas,
al menos quiero hacerlo con estilo.
Su respuesta me cabrea y divierte a partes iguales. ¿Cómo puede ser tan sinvergüenza?
¿Qué se supone que vas a hacer con el coche
cuando nos marchemos mañana?
Su respuesta es inmediata:
Me lo llevan a casa.
Supongo que el transporte no será barato, ¿verdad?
Por supuesto que no.
Cuando veo la carita sonriente en su último mensaje, casi se me escapa una carcajada.
¿De verdad tenías la necesidad de comprarte
un deportivo para usarlo solo un día?
Necesidad no, pero es rosa.
Su respuesta me hace fruncir el ceño.
¿Es broma? No puedes personalizar un Ferrari en color rosa.
La marca no lo permite.
¿Qué van a hacer, denunciarme a la policía de los coches deportivos?
Tecleo a toda prisa una contestación.
Pueden prohibirte la compra de cualquiera de sus coches
en el futuro por incumplir las normas de imagen y exclusividad.
Su respuesta no se hace esperar:
No, cariñito, pueden prohibírtelo a ti,
que has sido quien lo ha pagado.
Me quedo mirando la pantalla con incredulidad. La muy hija de perra lo ha hecho a propósito. Cabreado, tecleo un nuevo mensaje:
Ya hablaremos de esto cuando vuelvas.
Vas a aprender a no salirte siempre con la tuya, Diavuletta.
¿Eso es una amenaza o una promesa?
Decido no seguir respondiendo a sus provocaciones.
Ya he tenido bastante por un día. Sin embargo, cuando vuelvo a dejar el teléfono sobre la mesa, soy muy consciente de que, a pesar del cabreo, esta corta conversación con mi esposa ha sido, de lejos, lo más interesante y divertido que me ha pasado en toda la mañana.
No sé qué es lo que la hace tan… ¿especial?
, ¿peculiar? Con su humor sarcástico y esa forma de provocarme con cada gesto o palabra, está logrando adueñarse de cada uno de mis pensamientos.