Lupara Bianca Capítulo 30
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Capítulo 30

Bianca

Me despierto sobresaltada. Alguien está golpeando la puerta del baño con violencia. Intento incorporarme deprisa, pero un dolor agudo en mis cervicales me lo impide. Hago una mueca con los labios. Estas son las consecuencias de haber pasado las últimas dos noches durmiendo en la bañera.

—¡Bianca, abre la puta puerta! —vocifera mi impaciente marido al otro lado de la madera.

—Usa el baño del pasillo —contesto.

Me cubro el rostro con la manta gruesa que estoy usando para resguardarme de la fría cerámica e intento ignorarlo, pero los golpes no cesan.

—¡Abre de una maldita vez, joder!

Al darme cuenta de que no va a darse por vencido, decido ponerme en pie, aunque no sin dificultad.

El problema de la bañera no es el tamaño, pues yo soy lo bastante pequeña como para que me sobre espacio en su interior; en realidad, lo que de verdad me destroza los músculos es su dureza y la forma ovalada.

Casi cojeando, consigo llegar a la puerta y, nada más quitar el cerrojo, Luca la empuja y entra en el baño como un vendaval. Va directo al retrete, levanta la tapa y, tras bajar un poco la cinturilla del pantalón hasta la altura de la entrepierna, veo cómo empieza a orinar.

—¡Oye, espera al menos a que salga! ¡Serás cerdo…!

Finge no escucharme mientras sigue orinando, con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos cerrados. Creo que incluso me parece escucharlo gemir en voz baja cuando ya estoy cruzando el umbral.

Tomo asiento en el sofá y hundo el rostro entre mis manos.

Estoy deseando largarme de esta maldita isla.

Daría cualquier cosa por recuperar la intimidad de mi dormitorio y no tener que esconderme para mal dormir unas pocas horas cada noche.

Por suerte, hoy es el cumpleaños de Maurizio Leone y tras la fiesta, que con toda probabilidad durará hasta altas horas de la madrugada, regresaremos a Filadelfia. Lo más seguro que por la mañana.

—Tienes que dejar de acaparar el baño. Casi me lo hago encima —dice Luca, volviendo al dormitorio.

Alzo la cabeza con gesto furioso y clavo mi mirada en la suya.

—Intentaba dormir, idiota. Ya tengo suficiente con hacerlo en esa bañera infernal.

—Ese no es mi problema —responde, encogiéndose de hombros.

Pongo los ojos en blanco por su comentario.

—Estoy convencida de que el día que repartieron las virtudes tú pasaste de largo por el apartado de la empatía. No te vendría mal un poco de eso.

—¿Tengo que sentirme mal por ti? Nadie te obliga a dormir en el baño, Bianca. Tienes justo aquí una cama enorme en la que cabemos los dos sin problema.

Lo miro de nuevo con el ceño fruncido.

—Sabes que no puedo dormir contigo —siseo entre dientes.

El muy hijo de puta sonríe de manera canalla y vuelve a encogerse de hombros.

—Oh, cierto. No recordaba que eres como Cenicienta, después de medianoche te conviertes en una pervertida.

—Y tú en un imbécil, pero lo eres durante todo el día —farfullo.

—Admítelo, tu subconsciente cree que soy irresistible. —Desliza una mano por sus abdominales marcados y cubiertos de tatuajes—. Tiene toda la razón. Lo soy.

—Ya veo que te has despertado con el ego por las nubes, pero contrólate al menos hasta que me tome un café. Ahora mismo no tengo ganas ni paciencia para lidiar con tus majaderías.

Me pongo en pie y empiezo a caminar en dirección al baño, pero, antes de que pueda llegar al umbral, Luca se cruza en mi camino.

—De eso nada, no vas a volver a acaparar el baño —se queja.

—Luca, déjame pasar. Tengo que ducharme.

—Yo también.

—Pues te esperas —intento rebasarlo, pero se mueve para cerrarme el paso—. ¿En serio? ¡Está bien, maldita sea! Usa la ducha, pero date prisa.

Escucho cómo mi teléfono empieza a sonar en el interior de la bañera y hago un gesto con la mano. Luca resopla y me señala con el dedo índice a modo de advertencia.

—Ve a buscarlo mientras yo preparo mi ropa, y que no se te ocurra jugármela, Diavuletta. Juro que, si vuelves a encerrarte ahí dentro, echaré la puerta abajo de una patada y entonces ya no tendrás dónde esconderte.

Pongo los ojos en blanco una vez más y al fin se hace a un lado para dejarme pasar.

Entro en el baño justo cuando el teléfono deja de sonar.

Me inclino sobre la bañera y busco entre la manta hasta que encuentro el aparato.

Estoy a punto de desbloquearlo para ver quién me acaba de llamar cuando vuelve a sonar.

Me quedo mirando el nombre que aparece reflejado en la pantalla.

«Sarah». No es mi tía, a ella la tengo registrada en la agenda como «Tía Sarah».

Estiro el cuello para ver dónde se encuentra Luca, bajo el sonido del altavoz interno del móvil y contesto la llamada.

—¿Qué quieres? —susurro para que mi marido no me escuche.

—Dijiste que me llamarías, pero no lo has hecho —dice Ryan al otro lado de la línea.

—He estado ocupada. ¿Por qué me estás llamando?

—Necesito hablar contigo, Bianca.

Estoy a punto de replicar cuando Luca entra en el baño y se me queda mirando fijamente. Esbozo una falsa sonrisa, respiro hondo por la nariz y me giro.

—Tía Sarah, ahora estoy ocupada. ¿Puedo llamarte después?

Ryan tarda unos cuantos segundos en responder.

—Él está contigo, ¿verdad? —inquiere en voz baja.

—Sí, Luca está muy bien. —Doy media vuelta para comprobar si sigue observándome. Así es, y escuchar su nombre le hace arquear una ceja—. Estamos en Sicilia, pero volveremos pronto a casa.

—Bianca, de verdad necesito hablar contigo. Es importante.

¡Mierda! Al final voy a terminar metida en un gran problema. No importa el trato que hayamos hecho. Ningún Don de la Cosa Nostra aceptaría que su esposa esté hablando con uno de sus amantes delante de sus narices. Sería una sentencia de muerte para Ryan, y es posible que para mí también.

—Tía Sarah, sé que te tengo muy abandonada, pero prometo ir a verte pronto.

—No puedo esperar. Busca un momento a solas y llámame.

—Sí, está bien. Te llamaré dentro de un rato. Ahora tengo que colgar. Un beso. —Desconecto la llamada y exhalo con fuerza.

—¿Cómo está? —pregunta Luca sin apartar la mirada de mí.

—¿Quién?

—Tu tía. Era ella quien te llamaba, ¿no? —Señala con la barbilla el teléfono que tengo entre las manos. Asiento con rapidez—. Hace mucho que no la veo. Creo que la última vez que coincidimos fue en nuestra fiesta de no compromiso.

—¿Fiesta de no compromiso? —Se me escapa una sonrisa y él se encoge de hombros.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, está perfecta. La tía Sarah es fuerte y luchadora. Nada puede tumbarla.

Luca estrecha la mirada sobre mí y una pequeña sonrisa se dibuja en sus comisuras.

—Ahora ya sé a quién has salido.

Su comentario me toma por sorpresa. Abro mucho los ojos y pestañeo varias veces mientras trato de asimilar el significado de sus palabras.

—¿Eso ha sido un cumplido? —inquiero alucinada.

Luca tarda unos segundos en responder.

—Es posible, pero tampoco te emociones demasiado.

Soy incapaz de contener la sonrisa. Me acerco a él con gesto inocente y chasqueo la lengua, negando con la cabeza.

—El gran Luca De Santis me ha hecho un cumplido.

¡Qué emoción! Creo que acabo de mojar las bragas.

—Veo que se tensa de inmediato, pero no me detengo—.

Al final mi subconsciente va a tener razón y resultará que eres irresistible.

—Doy un par de palmaditas con la mano abierta sobre su pecho y salgo del baño sonriendo—.

¡Date prisa con la ducha! ¡No tengo todo el día!

—grito cuando ya estoy en el dormitorio.

En cuanto la puerta del baño se cierra con un golpe sonoro, se me escapa una carcajada.

Admito que disfruto molestando a mi querido esposito más de lo que debería.

Resulta tan sencillo sacarlo de sus casillas…

Es igual al resto de los hombres. Cuando empiezan a pensar con la entrepierna, se quedan sin argumentos.

Tomo una respiración profunda y echo un nuevo vistazo a mi teléfono. Algunos hombres son más complicados que otros, eso también es cierto. En particular, uno que conozco muy bien; tiene la capacidad de cambiarme el humor con solo una llamada.

Agudizo el oído y espero hasta que escucho que el agua de la ducha empieza a correr antes de buscar su contacto entre las últimas llamadas. Sin perder de vista la puerta del baño, me llevo el aparato a la oreja. Responde al segundo tono.

—¿Ya se ha ido? —pregunta nada más descolgar.

—Está en la ducha. ¿Se puede saber qué demonios es tan importante como para exponerme así? Puedes buscarme un problema muy serio, y a ti mismo también.

—Lo sé, pero esto es muy importante, Bianca. Necesito que hagas algo por mí.

—¿El qué? ¿Qué ocurre? —pregunto preocupada.

—Presta mucha atención a lo que te voy a decir.