Lupara Bianca Capítulo 29
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Capítulo 29

Luca

Levanta la cabeza al escucharme y su barbilla se alza de manera casi automática. Ya vuelve a ser ella misma. Bien, puedo lidiar con mi esposa peleona e impertinente.

—¿Ya has vuelto? Espero que nadie te haya visto merodear por la casa con las pintas que tenías —comento yendo hacia la cama, donde tengo la maleta abierta.

—Nadie me ha visto —responde ella tras exhalar con fuerza.

—Bien. Ahora, ¿vas a explicarme a qué vino todo el numerito de antes?

Escucho que se levanta y después sus pasos acercándose. No me giro. Solo sigo rebuscando en la maleta hasta que encuentro la ropa que quiero ponerme, un pantalón de traje negro y una camisa blanca. Bóxer blanco y calcetines oscuros.

—Como ya habrás adivinado, soy sonámbula y a veces me comporto de una forma muy poco propia de mí cuando estoy en ese estado de semiinconsciencia.

Dejo caer la toalla al suelo y, sin girarme ni responder, me pongo el bóxer y después el pantalón. Solo cuando ya he terminado de abrocharlo y me estoy colocando la camisa, doy media vuelta y busco su mirada.

—¿Sueles abalanzarte sobre cualquier hombre que te acompañe cuando estás sonámbula? —inquiero, arqueando una ceja.

Bianca estrecha su mirada sobre mi rostro y da un paso en mi dirección.

—Mierda, tienes el ojo morado —susurra.

Chasqueo la lengua y niego con la cabeza.

—No me digas —mascullo en tono sarcástico.

Se acerca más y estira un brazo en dirección a mi rostro. Me aparto por puro instinto, pero ella me sujeta por la barbilla y me obliga a mantenerme quieto.

—Déjame verlo. No tiene buena pinta. —Tira de mi cabeza hacia abajo y después ladea la suya para ver mejor la zona.

Su olor llega a mi nariz y contengo el aliento cuando las imágenes de lo que ha pasado hace solo un rato invaden mi mente. Su lengua en mi cuello, sus manos en mi pecho, su coño restregándose sobre mi erección… Carraspeo y me aparto de forma brusca.

—Podría matarte por esto. Lo sabes, ¿verdad? —pregunto, lanzándole una mirada dura.

La muy sinvergüenza pone los ojos en blanco, como si lo que acabo de decir no fuese una amenaza directa.

—Estoy intentando disculparme, imbécil.

—Pues no te he escuchado hacerlo —replico.

Vuelve a alzar la barbilla de manera desafiante y esboza media sonrisa.

—Es que ya se me han quitado las ganas. Es lo que tiene lidiar con un…

Antes de que pueda terminar la frase, ya la tengo sujeta por la nuca y estoy pegando mi rostro al suyo de manera amenazante.

—Vuelve a insultarme y tomaré lo que me has ofrecido. Me importa una mierda si estabas dormida o no. Te he permitido escapar una vez, no habrá una segunda oportunidad.

Me quedo mirando sus ojos y, por un instante, casi me parece ver un brillo de lujuria en sus iris verdes. Bianca enseguida se echa hacia atrás y sacude la cabeza de un lado a otro.

—Baja un poco la intensidad, ¿quieres? —Exhala con fuerza—. Veré qué puedo hacer para arreglar el desastre. Ven conmigo.

—¿A dónde? —inquiero.

Resopla de nuevo y frunce el ceño.

—Luca, por una vez, ¿puedes hacer lo que te digo sin más? —Arqueo una ceja, conteniendo la risa. ¿Habla en serio? Se supone que ella es la que debe obedecerme y no al revés—. Más te vale que te guardes para ti lo que estás pensando —sisea, señalándome con el dedo índice.

Pestañeo rápido. ¿Cómo demonios lo ha sabido? Antes de que pueda preguntárselo, me coge de la mano y tira de mí en dirección al baño. Por pura curiosidad dejo que me arrastre tras ella, y, al entrar en la estancia, me empuja hacia el lugar donde está la bañera y su mano abandona la mía.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —pregunto al ver que saca un neceser del mueble del lavamanos y empieza a rebuscar en su interior.

—Busco algo que pueda cubrir ese morado. —Se gira hacia mí con un par de botes en la mano y entonces entiendo cuál es su intención.

—¡No vas a maquillarme! —exclamo.

Se acerca más y me empuja para que me siente en el borde de la bañera. Después me sujeta de nuevo por la barbilla y mueve mi cabeza hacia un lado.

—La única forma de disimular el morado de ese ojo es con maquillaje. No se va a notar nada, te lo prometo.

—Ni de puta coña.

Me agarra con más fuerza y me obliga a mirarla.

—Si lo prefieres, puedo darte un puñetazo en el otro ojo, así no llamará tanto la atención.

—Mi única respuesta es una mirada poco amigable que ella enseguida entiende como una negativa—.

Eso fue lo que pensé. Ahora estate quieto un momento y déjame hacer mi magia.

Cuando termine contigo, habrás recuperado todo tu orgullo de macho alfa.

Nunca nadie sabrá que una chica ha sido capaz de tumbarte de un puñetazo.

—No me has tumbado —gruño, pero no la detengo cuando se acerca aún más y empieza a esparcir un líquido espeso alrededor de mi ojo.

Me parece verla sonreír, aunque solo dura un instante.

Respiro hondo y no me muevo ni un centímetro durante los más de diez minutos que tarda en cubrir el desastre que ella misma ha provocado.

Una vez más me pregunto por qué estos silencios entre nosotros no son para nada incómodos, por qué me gusta tanto su tacto en mi rostro y, sobre todo, por qué estoy disfrutando tanto con su cercanía, hasta el punto de plantearme pedirle que me golpee en el otro ojo, tal como ha sugerido, para que no se aleje de mí tan pronto.

—Listo. Estás como nuevo —dice, sacándome de mis pensamientos.

Retrocede un par de pasos, y solo cuando dejo de oler su perfume soy capaz de respirar con normalidad. Me pongo en pie, camino hacia el lavamanos y me miro al espejo. Es cierto que no se nota el morado y tampoco el maquillaje.

—No está nada mal —murmuro, ladeando la cabeza para verme de perfil.

—No tienes que agradecérmelo.

—No pensaba hacerlo. Me lo tomaré como una disculpa.

Bianca hace ese gesto tan suyo de poner los ojos en blanco y empieza a guardar los botes en el neceser sin decir nada. Cuando termina, pasa por detrás de mí para dirigirse a la salida; sin embargo, antes de abandonar el baño, se gira a medias.

—Luca. —Busco su mirada a través del espejo—. Gracias por apartarme cuando… Ya sabes.

—Te prometí que no te tocaría a no ser que me lo pidieras. Tengo muchos defectos, pero soy un hombre de palabra. Además, me gusta que las mujeres que me follo estén conscientes. Es una costumbre rara que tengo —comento en tono sarcástico.

—Qué suerte la mía —responde, esbozando media sonrisa.

Ya se ha girado de nuevo, y está a punto de marcharse cuando las palabras salen de mi boca sin que pueda hacer nada para detenerlas.

—Pídemelo y no te quitaré las manos de encima. Eso también es una promesa.

Bianca se detiene bajo el umbral durante unos segundos.

Me mantengo atento a cualquier movimiento.

Si mira en mi dirección, lo tomaré como un sí y no dejaré que salga de este baño hasta haberla follado como estoy deseando hacerlo.

La escucho exhalar con fuerza y, sin ni siquiera hacer el amago de darse la vuelta, abandona el baño, cerrando la puerta a su espalda.