Capítulo 27
Luca
Alguien me está tocando. Incluso sin terminar de despertar del todo, pienso que puede ser un sueño lúcido; sin embargo, solo necesito abrir un poco los ojos para comprobar que las manos que siento recorriendo mi pecho desnudo son totalmente reales.
—¿Bianca? —susurro con voz somnolienta al reconocer su cabello rubio.
Estiro el brazo para alcanzar el interruptor de la lámpara y, nada más accionarlo, el dormitorio se ilumina levemente por una luz cálida que me permite ver mejor a mi esposa.
Está justo delante de mí, en la cama, arrodillada entre mis piernas abiertas.
Su pelo cae sobre un hombro mientras restriega mi pecho con ambas manos.
—Vamos a jugar —dice en voz baja.
Trago saliva con dificultad cuando la veo acomodarse a horcajadas sobre mí.
Sus manos siguen recorriendo mi pecho y parte de mi cuello.
Al sentir cómo su sexo se restriega contra mi entrepierna, de manera inevitable me pongo duro; no obstante, sigo intentando entender qué demonios está pasando aquí.
—Bianca, ¿qué estás haciendo? —inquiero.
Por primera vez, alza el rostro, pero sus ojos no alcanzan los míos. Es como si no fuese ella misma. Desliza el dedo índice por mis labios y esboza media sonrisa.
—Chisss, solo vamos a jugar.
Mueve las caderas de delante hacia atrás y contengo un gemido cuando mi polla dura queda encajada entre sus pliegues. Puedo notarla caliente incluso con mi pantalón de algodón haciendo de barrera entre su piel y la mía.
—¿A qué quieres jugar? —casi gruño, agarrando las sábanas entre los puños cerrados.
Vuelve a sonreír. En esta ocasión incluso puedo escuchar su risita baja, como una niña que acaba de ser pillada haciendo una travesura. Se inclina hacia mi rostro y sus pechos se pegan a mi torso al mismo tiempo que hunde su rostro en mi cuello y empieza a lamerlo y mordisquearlo.
—Vamos a jugar —repite.
Mantengo las manos sobre el colchón y dejo que sea ella la que tome de mí lo que quiera.
Sigue meciéndose con lentitud sobre mi entrepierna, excitándome aún más con cada roce, con cada respiración cerca de mi oído y con cada pasada de su lengua sobre mi piel.
De pronto, se aparta, coloca las manos en mis hombros y clava la mirada en mi rostro.
Me fijo en sus ojos entrecerrados, en su expresión apática.
Actúa como si estuviese haciendo algo de lo más banal, como leer un libro o ver la televisión, cuando, en realidad, la manera en la que me está llevando al límite de mi propio autocontrol es algo excepcional y fuera de lo común.
—No voy a tocarte a no ser que me lo pidas —siseo entre dientes, sin soltar las sábanas.
Se escucha una nueva risita y entonces pega la boca a mi pecho y empieza a lamer, desde la base del cuello y bajando.
Desciende por mi vientre al mismo tiempo que se echa hacia atrás.
Contengo el aliento al notar su aliento en mi ombligo y enseguida siento que su mano se cierra alrededor de mi polla.
—Vamos a jugar —susurra de nuevo.
Tira de la cinturilla de mi pantalón hacia abajo y mi polla sale de su encierro de tela como un jodido resorte.
—Bianca… —suelto con una exhalación.
Su cabeza baja a la altura de mi entrepierna.
Casi puedo sentir el calor de su boca en la punta de mi polla.
Cierro los ojos y espero a que ocurra. Sé que no tardará.
Voy a recibir una mamada de mi esposa y no pienso hacer nada para evitarlo.
Prometí no tocarla sin su permiso, pero es ella la que me está tocando a mí.
Yo no he provocado esta situación. Por su propia voluntad ha decidido…
Espera. ¿Lo ha decidido? Abro los ojos de golpe.
Su mirada perdida. Ese gesto inexpresivo en su rostro…
Noto el calor de su lengua recorriendo mi polla desde la base hasta la punta justo cuando todas las piezas empiezan a encajar.
—Joder —mascullo entre dientes.
Quiero seguir sintiendo su boca. Lo que más deseo en estos momentos es enterrarme hasta el fondo de su garganta, follarle la boca como nunca nadie antes lo ha hecho, pero en una parte de mi mente no dejo de escuchar las señales de alarma que me indican que algo no anda bien.
Me incorporo de golpe. La sujeto por los hombros y busco su mirada.
—Vamos a jugar —repite otra vez, mirándome, pero en realidad sin verme.
—¡Maldita sea! ¿Estás dormida? —La zarandeo un poco, pero no reacciona—. Bianca. ¡Bianca! ¡Joder, despierta!
Casi puedo ver cómo la vida regresa a sus ojos cuando recupera la consciencia.
Durante un par de segundos parece aturdida y confusa, entonces baja la vista a mi entrepierna y, al darse cuenta de que tengo la polla fuera de los pantalones y completamente erecta, se aparta de manera brusca.
Intento retenerla sujetándola por los brazos.
Me empuja con fuerza, pero no la suelto.
—¡Hijo de puta! ¡Déjame! —grita mientras se revuelve.
—Espera, deja que te lo expli… —No veo venir el puñetazo que me lanza y, antes de que pueda terminar la frase, sus nudillos impactan en mi ojo. Suelto una maldición y me agarro el rostro con ambas manos—. ¡¿Te has vuelto loca?! —vocifero.
La escucho salir de la cama y soltar una recua de maldiciones mientras camina de un lado a otro del dormitorio. Enseguida, la habitación se ilumina del todo y puedo verla con claridad, justo a los pies de la cama y con pinta de estar furiosa.
—¡¿Yo soy la loca?! ¡¿Qué mierda estabas haciendo, Luca?! —cuestiona alzando la voz.
Aún dolorido y con el ojo entrecerrado, me guardo la polla en los pantalones antes de mirarla.
—¡Baja la puta voz, joder! —siseo—. No he hecho nada. Has sido tú la que me has asaltado mientras dormía. No dejabas de repetir «Vamos a jugar».
Se queda paralizada un instante y después se lleva las manos a la cabeza.
—Me he quedado dormida. ¡Maldita sea, esto no tendría que haber pasado!
—Deja de gritar —ordeno—. Vas a despertar a todo el mundo.
Vuelve a moverse de un lado a otro, respirando de manera acelerada, mientras yo intento ver con normalidad otra vez. Tengo la sensación de que me va a salir un cardenal alrededor del ojo. ¿Cómo es posible que alguien tan pequeño tenga tanta fuerza en el puño?
Regresa a los pies de la cama y respira hondo antes de clavar su mirada en la mía.
—¿Qué fue exactamente lo que pasó? ¿Qué es lo que hice?
—Nada. Cuando me desperté, te tenía encima. No sabía que eres sonámbula. Podrías habérmelo dicho y evitarnos esta escena a ambos.
—¿Por qué demonios crees que me he estado atiborrando a café durante todo el día? —Bufa con fuerza y se echa el pelo hacia atrás con un golpe de cabeza—. ¿Qué hiciste tú? Al despertar y verme sobre ti. ¿Qué hiciste, Luca?
Frunzo el ceño, ignorando el dolor en mi ojo izquierdo.
—Si te estás preguntando si he faltado a mi palabra, la respuesta es un «no» rotundo. No te he puesto un dedo encima, Bianca. En cuanto caí en la cuenta de que algo no iba bien, te desperté. Eso es todo.
—¿Y por qué tenías la polla fuera? ¿Salió sola a saludarme?
Me levanto de la cama, pero no me acerco a ella.
—Fuiste tú quien me bajó los pantalones. Estabas a punto de hacerme una jodida mamada cuando te detuve. No te he tocado. Esa es la verdad. Ahora tú decides si creerme o no.
Abre mucho los ojos y su rostro palidece en cuestión de segundos.
—Lo siento. Yo no… —Permanece callada y niega con la cabeza.
—¿Estás bien? —Doy un paso en su dirección y ella retrocede. Durante una milésima de segundo me parece ver una expresión de terror en su rostro. Alzo ambas manos y me quedo muy quieto—. ¿Me tienes miedo? —pregunto en un susurro.
No responde, solo sigue mirándome con la respiración acelerada y el rostro desencajado por completo hasta que, de pronto, se acerca a la mesa auxiliar que está junto al sofá, agarra su teléfono y sale corriendo del dormitorio.
Mi primera reacción es ir tras ella, pero entonces recuerdo esa expresión de terror de hace un instante y decido no hacerlo, aunque dudo mucho que pueda volver a dormir después de lo que acaba de ocurrir.
Cojo mi teléfono, que está sobre la mesita de noche, y le echo un vistazo a la pantalla.
Son las seis de la mañana. En poco tiempo, todo el mundo estará levantado y desayunando en el gran comedor.
Espero que, para entonces, Bianca se encuentre mejor y haya regresado.
Me toco el ojo dolorido y hago una mueca.
Ya voy a tener que dar bastantes explicaciones si termina saliéndome un morado, lo que menos necesito es que mi esposa sonámbula sea vista por la casa en camisón. Eso sí me costaría mucho justificarlo.