Capítulo 26
Bianca
Otra cena insoportable más en la que apenas he podido contenerme.
Me he comportado como la mujer florero de un Don, que es lo único que se espera de mí.
En esta ocasión, ha sido incluso más difícil porque, aparte de mi cuñada y mi suegra —que, por cierto, esta última no ha sido especialmente odiosa—, también estaban presentes Maurizio y Ricciardo Leone, además de Pietro Santoro y Filipo, su hijo y a quien mi padre pretende convertir en el esposo de Rina.
Hacía mucho tiempo que no lo veía y he podido comprobar que el maldito crío es una versión más estúpida y arrogante de su padre.
Al llegar al dormitorio acompañada por Luca, me siento mentalmente agotada. Puedo soportar casi cualquier cosa, pero lo de quedarme callada mientras escucho cómo un puñado de seudomachitos juegan a demostrar quién la tiene más grande es del todo extenuante.
—Me ha sorprendido tu actitud esta noche —comenta mi marido en cuanto cierra la puerta de la habitación.
Me giro de golpe y le lanzo una mirada dura.
—Créeme, si tengo que volver a morderme la lengua hoy, acabaré muriendo envenenada por todo lo que me he guardado.
—Luca me sorprende al esbozar una sonrisa que no parece fingida—.
¿Te resulta divertido? ¡Cómo se nota que no tienes ni idea de lo que es ser mujer en este ambiente!
Actuáis como si no existiéramos. Nuestras opiniones no valen nada. ¿De verdad te sientes bien con eso?
—¿A qué te refieres? —inquiere, perdiendo la sonrisa.
Cabeceo, poniendo los ojos en blanco.
—Da igual. Es que ni siquiera te das cuenta.
Doy media vuelta para dirigirme al baño.
No tiene ningún sentido intentar hacerle entender que la forma en la que nos tratan no es la correcta.
Hace mucho que perdí esa batalla. La mayoría de las mujeres de la organización aceptan su rol sin quejarse.
Tal vez yo debería hacer lo mismo, aunque me cueste la vida.
—No, explícate —exige.
Me giro de nuevo y cruzo los brazos sobre el pecho. Ni siquiera sé por qué me esfuerzo, pero es algo más fuerte que yo. Supongo que el carácter que he heredado de mi madre no me permite quedarme callada ante tal injusticia.
—No somos estatuas, Luca. En la cena de hoy, al igual que en todas las reuniones o celebraciones, los hombres actuáis como si nosotras fuésemos simples adornos o muebles.
Tenemos que estar calladitas, no dar nuestra opinión sobre ningún tema y, por supuesto, interrumpir un debate entre los grandes jefes está totalmente fuera de lugar.
Somos personas, ¿sabes? ¡Maldita sea! ¿Viste lo que Santoro le dijo a su esposa solo por pedirle la sal cuando él estaba hablando? La pobre señora casi se echa a llorar.
Luca se me queda mirando con gesto serio durante unos segundos e inspira profundo.
—Son nuestras costumbres. No digo que esté bien, pero así es como son las cosas. ¿Crees que en la intimidad de su casa actúan de la misma forma?
—¡¿Qué importa eso?!
—Claro que importa. —Se acerca más a mí y busca mi mirada—.
Yo ignoro a mi madre durante estas reuniones.
Ella sabe que no debe interrumpirme ni intervenir en las conversaciones, pero eso no significa que no la respete.
Estoy seguro de que con los demás ocurre lo mismo.
Bueno, con Santoro no lo tengo tan claro, pero mi hermano, por ejemplo, ¿alguna vez has visto que trate mal a su esposa?
Su matrimonio se basa en el respeto mutuo y el cariño; sin embargo, cuando están en público, especialmente si nuestro capo está presente, debe actuar como se espera que lo haga.
Es una cuestión de costumbres y tradiciones.
—¿Y ninguno de vosotros ha pensado que esas costumbres y tradiciones están obsoletas?
No vivimos en el siglo dieciocho. Somos mujeres, no esclavas ni súbditas.
—Exhalo con fuerza y niego con la cabeza—.
Lo siento, pero yo no puedo ni quiero conformarme con vivir bajo la sombra de mi padre ni de mi marido el resto de mi vida.
Condéname por ello si quieres, pero es lo que siento.
Soy mucho más que la hija y la esposa de un Don, y ya no te pido que lo hagas conmigo, sé que me odias y está bien, yo sé defenderme sola, pero, si tanto respetas a tu madre, tal vez deberías plantearte demostrarle que, para ti, ella sí tiene voz.
Luca abre la boca para replicar, pero tras unos segundos, vuelve a cerrarla y resopla con fuerza. No esperaba más de él. Está claro que, aunque quisiera cambiar las cosas, resulta mucho más conveniente no hacer nada.
Sin decir ni una sola palabra más, me meto en el baño y cierro la puerta.
Respiro hondo y noto que la rabia recorre cada centímetro de mi cuerpo.
Toda la vida he deseado ser escuchada, que alguien diese la cara por mí; no obstante, sé que eso jamás sucederá.
Si yo misma no lucho por hacerme escuchar, acabaré convirtiéndome en una más de esas mujeres que tanto desprecio.
No, me niego a que eso ocurra. El día que deje de ser yo misma, me meteré una puta pistola en la boca y terminaré con mi vida; es una maldita promesa.
Tras darme una ducha y cambiarme de ropa, salgo del baño y encuentro a Luca sentado en el sofá, con una copa de licor en la mano y un cigarrillo entre los labios.
Se ha quitado la camisa y los zapatos, pero sigue conservando los pantalones y los guantes de cuero que siempre lo acompañan.
Al escucharme, alza la cabeza y su mirada recorre todo mi cuerpo.
No había pensado en que tendría que compartir dormitorio con él, por eso solo me he traído un par de camisones cortos que uso para dormir.
—¿Has terminado con el baño? —pregunta tras unos instantes, apartando la mirada de golpe.
—Sí, todo tuyo. —Espero a que le dé un último trago a la copa y apague el cigarrillo antes de volver a hablar—. Voy a acostarme ya. Te dejo una almohada y una manta en el sofá.
A medio camino de levantarse, me mira, arqueando una ceja.
—¿En el sofá? No entiendo a qué te refieres.
—Ahí es donde vas a dormir.
Esboza media sonrisa mientras cruza los brazos sobre su pecho tatuado.
—¿Y quién lo ha decidido? La cama es lo bastante grande para los dos, Bianca. No hagas un drama de esto, ¿quieres?
—No hay ningún drama. —Adopto su misma postura y alzo la barbilla de manera desafiante. Estoy agotada, pero aún aguanto una ronda más. Si quiere pelea, la tendrá—. No dormiré contigo, Luca. No puedes obligarme.
Exhala con fuerza y hunde los dedos en su pelo oscuro, revolviéndolo.
—Está bien, si no quieres dormir conmigo, estás en todo tu derecho de quedarte tú en el sofá.
Sin esperar mi respuesta, pasa por mi lado en dirección al baño.
—Eres todo un caballero —comento en tono sarcástico antes de que abandone el dormitorio.
—La equivocación es asumir que pretendo serlo —responde por encima del hombro sin detenerse siquiera. Entra en el baño y cierra la puerta, dando por zanjada la conversación.
Me quedo mirando el lugar por el que acaba de desaparecer con un cabreo monumental.
¿De verdad voy a tener que dormir yo en el sofá?
Bueno, tampoco es que vaya a dormir, pasaré la noche leyendo o, al menos, eso espero.
Echo un vistazo al sofá en cuestión y esbozo una mueca de disgusto. Tiene pinta de ser todo menos cómodo.
Resignada, me hago con una almohada, una manta y cojo el libro que tengo a medio leer antes de acomodarme sobre el mueble del demonio que, tal como intuí, es incómodo a más no poder.
Cuando Luca regresa, ni siquiera me molesto en mirar en su dirección. Lo escucho caminar hasta la cama y acostarse. Después, las luces se apagan.
—Estoy leyendo —gruño, y enciendo la pequeña lámpara que está sobre una mesa auxiliar junto al sofá.
—Deberías descansar. Mañana empezarán a llegar más invitados.
—Gracias por el consejo que nadie te ha pedido —murmuro sin apartar la vista de las páginas.
—Tú misma —escucho que dice Luca, y tras unos minutos de silencio, su respiración se vuelve pesada y profunda.