Lupara Bianca Capítulo 25
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Capítulo 25

Luca

Deslizo la mano desde su barbilla hasta el cuello y sigo bajando hasta afianzarla en su cintura. La aprieto más contra mí y esbozo una falsa sonrisa. Aunque no lo estoy mirando, sé que el hijo de puta de Santoro no nos quita la vista de encima.

—¿Qué es lo que pretendes con todo este toqueteo? —susurra Bianca.

—Intento convencer al perro faldero de tu padre de que nuestro matrimonio es muy real. —Pego mi rostro al suyo y deposito un beso en la punta de su nariz. El aroma de su perfume me envuelve como un jodido manto de flores silvestres—. Sígueme la corriente.

Resopla y pone los ojos en blanco.

—¿Es que tenemos quince años para andar metiéndonos mano en público? Hablando de manos, las tuyas están muy abajo.

Vuelvo a sonreír y busco su mirada. No estoy del todo seguro de que su indignación sea real. En realidad, empiezo a pensar que a mi esposa le gusta tenerme así de cerca.

—Aún puedo bajarlas más. —Las deslizo por la parte baja de su espalda hasta que las puntas de mis dedos rozan su trasero.

Me inclino hacia ella y hundo mi nariz en su cuello empapándome de ese aroma al que podría volverme adicto. Noto que Bianca se estremece cuando mis labios hacen contacto con su piel.

—Luca… —Lo que estoy seguro que pretendía ser una queja o advertencia se convierte en una especie de gemido ahogado cuando deslizo la lengua por toda la extensión de su cuello, desde la base hasta el lóbulo de la oreja.

Su pulso se acelera, puedo notar cómo late en su cuello.

—Estás temblando, Diavuletta. ¿Te pongo nerviosa? —pregunto con voz ronca.

No sé si es su olor o cómo ha pronunciado mi nombre, pero ahora mismo lo que menos me importa es crear un numerito para Santoro.

Ya no se trata de eso. Ahora necesito seguir provocándola.

Nunca antes la había sentido así, tan frágil y expuesta.

Es como si la niña malcriada e impertinente se hubiese esfumado.

La pego más a mí para que pueda notar la dureza de mi entrepierna. Ha conseguido provocarme una erección de la nada, como si tenerla así de cerca activara una especie de interruptor en mi cerebro que me la pone dura al instante.

Deseo con todas mis fuerzas clavar mis dientes en su cuello y volver a escucharla gemir. Abro la boca y estoy a punto de tocar su piel con los labios cuando oigo un carraspeo muy cerca de nosotros.

—Lamento interrumpir. —La voz de Pietro Santoro me cabrea aún más de lo habitual.

Exhalo con fuerza y alzo la cabeza de golpe. Está justo detrás de Bianca, a solo un par de metros de distancia. Mi esposa me empuja despacio por el pecho y se gira para poder mirarlo.

—Santoro —lo saludo con un cabeceo al mismo tiempo que sujeto a Bianca por la cintura y la pego a mi costado.

—Me sorprende veros aquí tan pronto. Siempre venís solo a la celebración del cumpleaños de Maurizio.

El muy hijo de puta sonríe con suficiencia. Se cree con el derecho de tutear a nuestro jefe, como si fuesen los mejores amigos. Bueno, yo sé que no es así. Maurizio Leone no tiene amigos, solo súbditos y lacayos.

—Decidimos venir antes para pasar unos días juntos —responde Bianca antes de que yo pueda hacerlo.

Esboza una sonrisa amable, atenta y más falsa que las tetas de una actriz porno antes de abrazarme por la cintura y apoyar la mejilla en mi pecho.

Durante una milésima de segundo me quedo paralizado.

Nunca antes la he tenido así, y lo peor de todo es que la siento cálida y confortable. Es… agradable.

Santoro nos mira a ambos con gesto extrañado. Nunca antes hemos tenido gestos cariñosos en público el uno con el otro. Bueno, ni en público ni en privado, pero eso nadie lo sabe.

—Últimamente los negocios me han hecho descuidar a mi esposa. —Beso la parte alta de su cabeza y rodeo sus hombros con el brazo—. Tenemos que prestar atención a nuestras mujeres. ¿No crees, Santoro?

—Por supuesto. Además, vosotros sois jóvenes, estáis en lo mejor de la vida. Es una pena que hasta ahora no hayáis aumentado la familia.

Noto que Bianca se tensa contra mi cuerpo. Deslizo la mano por su espalda con suavidad sin dejar de mirar a Santoro.

—Tú lo has dicho, somos jóvenes. Tenemos todo el tiempo del mundo.

El muy cabrón asiente y vuelve a sonreír.

—En fin, no pretendo quitaros tiempo juntos. Supongo que nos veremos en la cena.

—Por supuesto —respondo.

—Bien, me despido entonces. —Cabecea en dirección a Bianca y pasa por nuestro lado.

Dos de sus hombres lo esperan a unos cuantos metros de distancia. Solo cuando lo he perdido de vista, me aparto unos centímetros de mi esposa.

—Bueno, creo que no ha estado tan mal —comento.

Bianca me mira frunciendo el ceño.

—¿Lo del cuello era totalmente necesario? Se supone que íbamos a fingir, Luca. No tenías que dejarme tus babas por todos lados —se queja mientras se pasa la mano por el lateral de su cuello.

—Es curioso, mientras te estaba lamiendo, tuve la sensación de que lo disfrutabas. Es más, juraría que hasta te oí gemir mi nombre.

Clava su mirada en la mía con una ceja arqueada.

—Tú alucinas, ¿verdad? Me pediste que te siguiera la corriente, solo por eso no te di una patada en las pelotas.

—Cuidado , Diavuletta, lo que está dentro de mis pelotas lo vamos a necesitar para concebir a nuestro descendiente.

Pone los ojos en blanco una vez más y exhala con fuerza.

—Deja las estupideces, ¿quieres? Ya tenía suficiente con soportar toda la cena con tu familia y Ricciardo Leone, y, ahora que sé que los Santoro se van a unir a la velada, solo tengo ganas de lanzarme al mar sin salvavidas.

Frunzo el ceño y, dejándome llevar por un impulso, la sujeto por la barbilla.

—Compórtate, Bianca. Me importa una mierda quién te provoque. Si me pones en evidencia…

Se aparta de forma brusca y me lanza una mirada dura.

—Sé lo que tengo que hacer. No necesito que me des órdenes. Creo que a veces olvidas que no soy uno de tus perros amaestrados.

—Sería mucho más sencillo si fueses mi perra amaestrada, te lo aseguro. Al menos, no tendría que estar pendiente de ti y de tu enorme bocaza constantemente. —Tomo una respiración profunda—. Solo por una vez no hagas ni digas nada impropio de la esposa de un Don.

—Está bien. Me lo pensaré.

—Bianca… —siseo entre dientes.

—¡He dicho que está bien, joder! Voy a cambiarme para la cena. No vaya a ser que aparezca en el comedor con un atuendo impropio de la esposa de un Don. —Hace una especie de reverencia burlona antes de salir en dirección a la entrada.

Mientras la observo adentrarse en la casa, suspiro y niego con la cabeza.

No sé qué demonios me está pasando con esta mujer.

En un momento tengo ganas de matarla con mis propias manos y al instante siguiente lo único que deseo es seguir sintiendo su cuerpo pegado al mío, inspirar su olor, probar su piel… ¿Me estaré volviendo loco?