Lupara Bianca Capítulo 24
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Capítulo 24

Bianca

La mañana ha estado bastante bien. En total, calculo que he conseguido dormir al menos dos horas entre los dos probadores de las tiendas de ropa.

Soy muy consciente de lo arriesgado de mi movimiento, pero, con Luca siguiéndome a todos lados, tampoco es que tuviese demasiadas opciones.

Al menos me he asegurado poder mantenerme despierta esta noche, aunque sé que no será una tarea sencilla.

Pienso tirar de cantidades industriales de café y un buen libro, eso nunca falla.

Observo a Luca desde el otro lado de la mesa y casi me echo a reír por su gesto serio.

Parece un niño pequeño, enfurruñado por no haberse salido con la suya.

La verdad es que no esperaba que irrumpiera en el probador así, pero fui lo bastante rápida como para distraerlo antes de que se diese cuenta de lo que estaba haciendo en realidad ahí dentro.

Bueno, admito que tuve un poco de ayuda.

La dependienta se mostró encantada de echarme una mano a cambio de una generosa propina.

Además, tengo la sensación de que le agradó la idea de mantenerlo en su tienda durante un buen rato.

Luca es un jodido imán para las mujeres y, durante el tiempo que estuvo allí, apuesto a que todas las que revolotearon a su alrededor acabaron comprando algo.

Termino el contenido de mi plato y lo aparto con un gesto sutil antes de recostarme contra el respaldo alto de la silla.

Estamos sentados en una terraza frente al mar.

A nuestro alrededor, varias parejas disfrutan de los deliciosos manjares de la zona acompañados por miradas apasionadas y besos fugaces.

Luca y yo somos los únicos que apenas interactuamos entre nosotros.

En parte porque no nos soportamos, aunque sé que también es porque, de alguna manera, he logrado cabrear a mi querido esposo.

—¿Vas a seguir con la rabieta todo el día? —Al escuchar mi pregunta, alza la mirada de su teléfono con el ceño fruncido.

—No quiero discutir —gruñe antes de volver a centrarse en la pantalla.

—Me parece bien. ¿Qué es lo que quieres entonces?

Suspira y vuelve a mirarme.

—Por el momento, que cierres la boca. Estoy comprobando las referencias de unas cuantas clínicas de reproducción asistida. Cuando haya seleccionado alguna, te lo haré saber para que le des el visto bueno.

—Hombre, ¿vas a permitirme decidir quién me va a preñar? No esperaba ese detalle por tu parte —comento en tono sarcástico.

Luca pone el teléfono sobre la mesa con un gesto brusco y clava su mirada en la mía.

—Vamos a dejar algo claro, Bianca. El único que te va a preñar soy yo. Será mi hijo el que crezca en tu vientre, sangre de mi sangre. Da gracias a que permito que un médico se encargue de la gestión. Eres consciente de que esto no es lo común, ¿verdad?

—¿Qué quieres hacer el resto del día? —pregunto para no hablar más del tema.

Lo que menos me apetece ahora mismo es pensar en clínicas, inseminaciones y, mucho menos, bebés.

—¿Volver a la isla y dormir es una opción? —inquiere, arqueando una ceja.

Niego con la cabeza.

—Mira a tu alrededor, Luca. Estás en un sitio precioso, frente al mar, con buen tiempo. Estoy segura de que se te puede ocurrir un plan mucho mejor que dormir.

Parece pensarlo durante unos segundos. Entrecierra los ojos y se recuesta contra el respaldo de la silla.

—Pues no. Dormir es mi mejor plan.

—Adelante. Yo me quedaré por aquí. Quiero aprovechar para visitar una iglesia. Dicen que es una de las más bonitas de Sicilia.

—¿Cuál de ellas? A Trapani la llaman la ciudad de las cien iglesias. En cada esquina te encuentras alguna. Además, ¿cómo es que no la conoces ya? Llevas viniendo aquí toda la vida.

—Cuando vivía con mi padre, él no nos permitía salir de la isla Leone y los últimos dos años solo he venido de visita lo justo para el cumpleaños del capo, ya lo sabes.

—Tampoco te pierdes demasiado. —Saca un cigarrillo y lo enciende antes de darle una calada larga—. Esta solo es una ciudad más de las muchas que hay en Sicilia.

—Me apetece verla. Tú puedes marcharte si quieres.

Exhala una gran bocanada de humo y niega con la cabeza.

—Te acompaño, pero nada de tiendas. Juro que si vuelves a entrar en otro probador… —Se me escapa una risa baja y Luca estrecha la mirada sobre mí—. Lo has hecho a propósito, ¿verdad? Todo el numerito de los probadores fue solo para molestarme.

Me inclino hacia delante, colocando los codos sobre la mesa, y esbozo una sonrisa ladeada.

—Puede ser, aunque también cabe la posibilidad de que mi única intención fuese que me vieras en ropa interior. Supongo que nunca lo sabrás.

Luca adopta mi misma postura, dejando su rostro a apenas unos centímetros del mío.

—Admito que fueron unas buenas vistas, pero voy a darte un consejo, Diavuletta: deja de provocarme o, si no, atente a las consecuencias.

Podría preguntar cuáles son esas consecuencias, pero el brillo que veo en su mirada me da la respuesta que busco.

Me está mirando de la misma manera que lo hizo anoche, cuando me lanzó sobre la cama, justo después de besarme de esa forma tan…

¿apasionada?, ¿ardiente?, ¿desgarradora?

Ni siquiera conozco una palabra para definir ese momento, lo que sí sé es que nunca antes me habían besado así.

Retrocedo hasta que mi espalda vuelve a hacer contacto con el respaldo de la silla y me encojo de hombros.

—Nada de tiendas. ¿Nos vamos?

Tras unos segundos, asiente y deja un puñado de billetes antes de que ambos nos pongamos en pie.

La verdad es que si alguien me hubiese preguntado qué pensaba hacer esta tarde, jamás habría imaginado que terminaría dando un paseo por una bonita ciudad siciliana acompañada por mi marido.

Luca

El día no ha ido tan mal como auguraba. Tras el incidente del probador, nos sentamos a comer en una terraza y después pasamos el resto de la tarde caminando por las calles de Trapani.

He actuado como una especie de guía turístico.

Visitamos la iglesia del Purgatorio; paseamos por la calle Corso Vittorio Emanuele hasta llegar a la Porta Oscura, que es donde se encuentra la Torre del Reloj, uno de los relojes astronómicos más antiguos de Europa; después pasamos a echar un vistazo a la Fontana di Saturno y terminamos viendo el atardecer en Mura di Tramontana .

También hicimos varias paradas en pequeñas terrazas y tiendas donde Bianca aprovechó para pedir una cantidad poco saludable de cafés.

No tenía ni idea de que le gustara tanto.

Sin embargo, y a pesar de que tengo la sensación de que semejante cantidad de cafeína la ha puesto aún más inquieta y nerviosa de lo que ya es habitual en ella, tengo que admitir que su compañía no me ha resultado del todo desagradable.

Incluso ahora, mientras caminamos el uno al lado del otro por el sendero de piedra que lleva a la casa de los Leone, no me siento incómodo en absoluto con su presencia.

Es una sensación, como poco, extraña, ya que, desde que conozco a Bianca, no he soportado pasar más de unos pocos minutos a su lado sin tener la necesidad de salir corriendo o asesinarla.

Cuando ya casi hemos llegado a la entrada principal, alzo la vista y veo que la enorme puerta de madera se abre. Del interior sale un hombre que enseguida reconozco. Maldigo de manera casi inaudible y agarro la mano de Bianca para hacerla girar hacia mí.

—¿Qué haces? —inquiere cuando rodeo su cintura con un brazo y la pego a mi cuerpo.

—Cállate. Pietro Santoro viene hacia aquí —siseo entre dientes para que solo ella pueda oírme.

Bianca hace el amago de girar la cabeza para comprobar que lo que acabo de decir es cierto, pero se lo impido sujetando su barbilla con la mano que me queda libre. Este es el momento que estaba esperando.