Lupara Bianca Capítulo 23
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Capítulo 23

Bianca

¡¿Cómo no he pensado en ello antes?! ¡Por supuesto que vamos a compartir dormitorio, joder!

Se supone que Luca me secuestró para casarnos porque estamos locamente enamorados, eso es lo que hemos hecho creer a todo el mundo.

Lo más lógico es que durmamos en la misma cama, pero no había caído en ese pequeño detalle hasta el momento en el que vi mis maletas junto a la de mi marido, como las de cualquier matrimonio normal.

Paso el antebrazo desnudo por la superficie del espejo para secar un poco la humedad y la condensación.

Mi cara es el fiel reflejo del agotamiento.

¿Qué se supone que voy a hacer ahora? No puedo dormir con él.

Mi única opción es buscar algún lugar aislado de esta casa donde estar a solas al menos unas horas para descansar.

Un sótano o un desván tal vez. Mientras pueda encerrarme dentro, cualquier sitio me sirve.

También podría ir a Trapani y quedarme un par de horas en un hotel. Sí, esa es una gran idea.

Con un nuevo objetivo en mente, me visto, me peino y me maquillo de manera sutil antes de salir del baño.

Encuentro a Luca tumbado bocarriba sobre el colchón, con las piernas colgando de un lateral de la cama.

El muy hijo de puta no parece tener ningún problema en quedarse dormido. Una parte de mí lo envidia por ello.

Me hago con mi bolso, una chaqueta y me dispongo a dirigirme a la salida cuando él se incorpora de golpe y se me queda mirando con gesto serio.

—¿Dónde demonios se supone que vas? —pregunta.

Me acomodo el cabello suelto sobre un hombro antes de contestar.

—He decidido ir a dar un paseo. ¿Sabes si hay algún barco disponible para salir de la isla?

—¿Salir de la isla? Acabas de decir que querías dormir.

—Pues he cambiado de idea. Ahora quiero ir a pasear por Trapani.

—Bianca, acabamos de llegar. Pensaba al menos descansar unas horas. —Resopla y se pone en pie—. Está bien. Deja que me dé una ducha y…

—No hace falta que me acompañes —lo corto.

Estrecha la mirada sobre mí con gesto confuso.

—No vas a ir a ningún lado sola.

—Me llevaré a algún escolta de los Leone. No necesitaría hacerlo si hubieses dejado que Romeo nos acompañara. Su trabajo es protegerme, no hacerle los recados a tu hermano.

—Dado que soy yo quien le paga, esa decisión solo me pertenece a mí tomarla. Además, no hemos venido hasta aquí para que sigas yendo por libre. Para eso seguiríamos en Filadelfia.

—¿Estás insinuando que no podré librarme de ti ni un segundo mientras permanezcamos aquí?

—Sí, y eso tampoco es que sea de mi agrado, te lo aseguro, pero la idea es demostrar a todo el mundo que somos la puta pareja del año, asquerosamente felices y enamorados.

—Buena suerte con eso —mascullo entre dientes.

Luca exhala profundamente y se acerca a mí con pasos lentos. Se detiene a una distancia considerable y busca mi mirada.

—Por una vez, ¿podemos tener la fiesta en paz?

No pretendo agradarte ni gustarte, pero al menos intentemos no llamar demasiado la atención durante nuestra estancia en esta casa.

¿Quieres salir a pasear? Bien, vayamos juntos, que nos vean caminar de la mano por las calles de Trapani, comer un cannoli de pistacho en una terraza o…

—Soy alérgica a los frutos secos —suelto interrumpiéndolo.

—¿Desde cuándo?

—Desde que casi me muero por un shock anafiláctico a los seis años.

Sacude la cabeza de un lado a otro y vuelve a resoplar.

—Eso da igual. Te comes un puto helado de chocolate o un granizado. Lo importante es que nos vean juntos, como cualquier pareja que disfruta de la compañía del otro.

—¿Y no podemos empezar el teatro mañana? Hoy me gustaría ir sola.

Luca respira hondo y se pinza el puente de la nariz.

—¿Me escuchas cuando hablo? No se trata de lo que tú quieras, Bianca. Tenemos que convencer a tu padre de que somos un matrimonio sólido. Esa es la única manera de que ambos consigamos lo que queremos.

Sé que tiene razón, pero estoy tan cansada… No pido demasiado. Solo una cama, incluso me conformaría con un trozo de alfombra o una bañera, pero en una estancia cerrada y a solas. Dejo escapar una gran bocanada y asiento.

—Está bien. Ve a ducharte. Yo preguntaré si hay algún barco disponible para salir de la isla.

—No tardaré —dice mientras coge su maleta y la deja sobre la cama.

—Si en veinte minutos no estás listo, me marcharé sin ti —le advierto.

Se gira a medias y me lanza una mirada dura por encima del hombro.

—Atrévete a salir de la isla sin mí y…

—¿Y? —inquiero, arqueando una ceja.

—Bianca, estoy intentando ser tolerante y paciente, pero no tientes tu jodida suerte.

Pongo los ojos en blanco ante su amenaza y doy media vuelta para empezar a caminar hacia la salida.

—Veinte minutos, De Santis —digo antes de abrir la puerta y abandonar la habitación.

Luca

Durante toda mi vida me he visto envuelto en cientos de conflictos, peleas, negociaciones que terminaron en tiroteos…

De hecho, recuerdo haber tenido una pistola en la nuca más de una vez, pero nunca me he sentido tan abrumado y atrapado como en este preciso instante, aquí, en la sala de espera de los probadores de una tienda de ropa, rodeado por un puñado de mujeres que no dejan de cuchichear entre ellas y lanzarme miraditas y sonrisas poco disimuladas.

Me levanto de golpe y resoplo con fuerza.

Ya han pasado más de dos horas desde que Bianca se fue, según ella, a probarse un par de conjuntos.

Lo peor es que este no es el primer comercio en el que hemos entrado hoy.

En el anterior estuvo desaparecida durante más de una hora también.

Camino con decisión hacia la puerta por la que ha entrado, pero soy interceptado por una de las dependientas.

—Señor, lo siento, no puede entrar ahí —dice, cortándome el paso.

—Necesito ir en busca de mi esposa.

—Ella saldrá en un momento. No tiene de qué preocuparse. Si gusta, puedo darle algún recado.

—Yo mismo se lo daré —gruño, e intento rebasarla; sin embargo, vuelve a cruzarse en mi camino.

—Lo lamento, pero va en contra de la política de la tienda que los hombres entren en los probadores femeninos, y viceversa.

Le lanzo una mirada dura y doy un paso amenazante hacia ella.

—Apártate de mi jodido camino —siseo contra su rostro.

Por supuesto, no tarda en hacerse a un lado con un gesto de terror dibujado en la mirada.

Al fin logro acceder a la puerta. La abro de golpe y entro en los probadores.

Varias mujeres me miran con espanto mientras recorro el pasillo.

Hay cortinas a ambos lados, la mayoría de ellas abiertas.

Voy recorriendo los pequeños cubículos hasta que llego al final, donde encuentro una cortina cerrada.

No estoy del todo seguro de que sea Bianca la que esté dentro, pero la abro de todos modos.

—¡Qué mierda! —Mi esposa se levanta de un salto del banco en el que estaba sentada, vestida solo con un conjunto de ropa interior rojo.

Por un instante, me quedo embobado mirándola. El sujetador de encaje se adapta a la perfección a sus pechos y ese pequeño triangulo en su entrepierna apenas le cubre el… ¡Joder!

—¡Nos vamos! —exclamo, apartando la mirada.

—Luca, ¿te has vuelto loco? No puedes estar aquí.

—Yo puedo estar donde me salga de las pelotas. —Agarro un puñado de ropa que está colgada en una de las paredes del cubículo y se la lanzo a la altura del pecho—. Tienes cinco jodidos minutos para salir ahí fuera o volveré a buscarte y te llevaré a rastras, aunque estés desnuda. ¿Lo has entendido?

—¿A ti qué demonios…?

—¡Responde, maldita sea! —grito—. ¿Lo has entendido?

—¡Sí, joder! ¡Lo he entendido! —Ya me he dado la vuelta para marcharme cuando vuelvo a escucharla llamarme. Me giro a medias y la miro por encima del hombro—. Ya que estás aquí, dame tu opinión. ¿Cómo me queda?

La observo con atención mientras da una vuelta sobre sí misma. ¡Maldita sea! Por detrás es aún más transparente que por delante.

—Cinco minutos —gruño entre dientes antes de salir casi a la carrera.

Espero cerca de la salida hasta que al fin Bianca aparece.

Dejo que sea ella la que se haga cargo de la cuenta, aunque, en realidad, soy yo el que lo paga todo.

La misma dependienta que antes intentó tocarme las pelotas se comporta con ella de manera amable y servicial.

Tampoco me sorprende demasiado al darme cuenta de la cantidad de bolsas que deja a un lado de la caja, supongo que listas para que después pase alguien a por ellas y se las lleve a mi esposa.

Tras un par de minutos más charlando, se despiden y yo ni me molesto en esperarla antes de abandonar la tienda.

No quiero ni siquiera escucharla mencionar la posibilidad de meternos en otro comercio.

Ahora mismo estoy hambriento, y algo excitado también, porque, por más que lo intento, no soy capaz de dejar de pensar en Bianca vestida solo con ese jodido conjunto de ropa interior.

Además, mi mente ya ha empezado a imaginarla con unos zapatos de tacón, caminando hacia mí mientras mueve las caderas con suavidad o, mejor aún, avanzando a gatas y quedándose a mis pies.

¡Mierda! Ahora estoy caminando por mitad de la calle con una jodida erección completa. ¿Qué más me va a pasar hoy?