Lupara Bianca Capítulo 22
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Capítulo 22

Bianca

El hijo de puta de mi marido me la ha vuelto a jugar.

Supongo que mi rechazo de anoche no le sentó nada bien y ahora intenta vengarse dándome donde más me duele.

Voy a pasar varios días con él y su familia en Sicilia sin Romeo a mi lado.

Cuando le pregunté por qué no venía con nosotros, solo me respondió con un gruñido que él es quien decide cómo actúan sus empleados y desde entonces no ha vuelto a dirigirme la palabra.

De hecho, ni siquiera se ha sentado a mi lado.

Él, su madre, su cuñada y su sobrino ocupan la parte delantera del jet mientras yo estoy detrás, sola, porque, sí, sin Romeo, así es como me siento.

Mi plan inicial es encerrarme en el dormitorio del jet durante las once horas de vuelo hasta Sicilia, sin embargo, poco después de aterrizar, mi bendita suegra tiene la misma idea, lo que me deja encerrada en un pequeño espacio con Luca, su cuñada Ilenia y el demonio de su sobrino.

Al menos, los constantes berridos y risas que llegan desde la parte delantera del avión me mantienen despierta, aunque a duras penas.

Llegaremos a nuestro destino sobre las ocho de la mañana en hora local y tendré que afrontar todo el día sin haber pegado ojo, ya que anoche tampoco pude descansar.

Entre el conflicto durante la cena y lo que pasó después en mi habitación, estaba demasiado nerviosa y confusa como para dormir.

Fue algo muy extraño. En un momento estaba deseando asesinar a mi esposo con mis propias manos y al siguiente instante nos estábamos besando, y lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que necesitaba seguir sintiendo su boca sobre la mía, sus manos en mi piel y su cuerpo apretándome contra la pared.

¡Fue una locura! Intensa, apasionada y lasciva, algo que jamás imaginé que podría llegar a suceder.

Sacudo la cabeza de un lado a otro para sacar esas imágenes de mi mente e intento seguir despierta.

Hace ya un buen rato que no escucho al pequeño demonio.

Probablemente se haya quedado dormido. Me inclino hacia el costado para mirar por el pasillo y logro ver a Ilenia, ella también parece estar dormida.

A Luca solo alcanzo a verlo de manera parcial.

No se mueve, por lo que es posible que él también esté dormido.

Al final, la única que ha quedado despierta soy yo, y, por más cansada que me encuentre, me niego a dejarme llevar por Morfeo, no aquí, con gente alrededor.

Ya buscaré la manera de acostarme al menos un par de horas cuando lleguemos a nuestro destino.

Bajo del coche, camino por el sendero principal, siguiendo los pasos de Luca, y, aunque ya he estado aquí antes, la casa vuelve a imponerse como si fuera la primera vez. No es moderna ni ostentosa; es clásica, de esas que no necesitan demostrar nada porque ya lo dicen todo por sí solas.

La fachada es alta, simétrica, sólida. Las columnas de piedra flanquean la entrada como si custodiaran un secreto antiguo. Las ventanas, grandes y oscuras, parecen observarlo todo. No hay exageraciones, no hay decoraciones innecesarias y, aun así, transmite una fuerza que pesa en el aire.

No es solo la casa. Es lo que representa. A él, el dueño. El capi de tutti capi , Maurizio Leone, uno de los hijos de puta más peligrosos y poderosos que ha visto el mundo moderno.

Cada rincón parece marcado por su voluntad: los jardines impecables, el silencio controlado, la sensación de que nada ocurre aquí sin que él lo permita. La propiedad entera se siente como una extensión de su presencia: elegante, poderosa y también vigilante.

Subo por la escalera de piedra y, por un instante, me recorre esa mezcla de respeto y tensión que siempre me provoca este lugar.

No es miedo exactamente. Es el recordatorio de quién manda aquí.

Y de que, aunque conozca cada pasillo, este sigue siendo su territorio.

Los demás solo somos súbditos que han tenido el honor de ser invitados a permanecer bajo su mismo techo.

No tardamos en pasar al interior de la casa.

Mi marido y su madre van delante, enganchados del brazo, como los cabezas de familia.

Se supone que ese lugar me pertenece a mí, yo soy la señora De Santis, la esposa del Don, pero está claro que a Luca le importa menos lo que piense la gente que ofender a su queridísima madre.

—La familia De Santis ya está aquí —escucho su voz y enseguida me tenso.

Ricciardo Leone, el hijo de Maurizio y sottocapo de la organización, se acerca acompañado por su escolta. Siguiendo nuestras costumbres, él y Luca se saludan con un par de besos en las mejillas.

—Gracias por la hospitalidad —le contesta mi esposo.

Tras saludar a Stella, Ilenia, Elmo y preguntar por la ausencia de Vincenzo, Ricciardo Leone se gira hacia mí y me sonríe.

—Bianca, cada año te veo más hermosa —dice justo antes de inclinarse para besarme en la mejilla derecha.

Lo acepto con la espalda recta y los hombros tensos.

Nunca me ha caído especialmente bien. Recuerdo que, cuando era niña y se hizo público mi compromiso con Luca, durante una reunión familiar se acercó a mí y me dijo que era una pena que ya tuviese dueño.

En ese momento yo tenía solo once o doce años y él ya era mayor de edad.

Desde entonces, no puedo evitar sentirme incómoda cuando estoy en su presencia.

Hay algo en él que me pone nerviosa, y no es solo su arrogancia desmedida o sus ínfulas de hombre poderoso.

Esbozo una falsa sonrisa y agacho la cabeza en señal de respeto. Parece que ya ha empezado la función, y esta vez voy a tener que hacer mi mejor actuación. Acabo de llegar y ya me estoy arrepintiendo de haber aceptado esta mierda de trato.

Luca

No sé si es peor tener que pasar varios días pegado al culo de mi esposa o que ella no pierda la oportunidad de coquetear con cualquiera en mi presencia, como si no fuese una maldita falta de respeto.

Esta vez el destinatario de sus sonrisas descaradas no es otro que Ricciardo Leone, y eso es algo que me cabrea, porque, si fuese otro el que se atreviera a tomarse tantas confianzas con mi esposa, a estas alturas ya estaría muerto, pero no puedo ponerle un dedo encima a nuestro sottocapo , eso sería un suicidio.

Los observo desde el otro lado del comedor, donde estamos desayunando.

El hijo de puta de Ricciardo Leone no deja de hacer comentarios jocosos y lanzarle sonrisitas poco disimuladas.

Bianca le sigue el juego, como si flirtear con el hijo de nuestro capo delante de todos fuese lo más normal del mundo.

Ni siquiera termino de desayunar antes de ponerme en pie de forma brusca, atrayendo todas las miradas.

—Si no os importa, mi esposa y yo vamos a retirarnos. El viaje ha sido largo y queremos descansar un rato —digo sin ni siquiera mirarla a ella.

Ricciardo asiente y se despide de Bianca con un cabeceo cuando ella se levanta también. Asegurándome de que él me esté viendo, la cojo de la mano y juntos salimos del comedor.

No la suelto en ningún momento mientras una chica del servicio nos guía hasta nuestro dormitorio. Solo cuando estamos dentro y con la puerta cerrada, me aparto de ella y resoplo con fuerza.

—¿A qué demonios ha venido eso? —pregunta Bianca encarándome.

—Esa pregunta debería hacerla yo. Se supone que estamos aquí para demostrar a todos que nuestro matrimonio es sólido, y dudo que follarte con la mirada al cabrón de Ricciardo Leone sea lo más adecuado para ello.

Bianca pestañea un par de veces y frunce el ceño.

—¿Disculpa? ¿Crees que estaba flirteando con ese imbécil?

—¿No era lo que hacías?

Inspira hondo por la nariz y se cruza de brazos.

—Créeme, Luca. Cuando quiero que alguien me folle, no dejo ninguna duda al respecto. —Alza una mano, impidiendo mi réplica—. Me da igual lo que pienses. Estoy agotada y muy harta de tus dramas de novio quinceañero celoso.

—¿Celoso de ti? —Esta vez soy yo quien se cruza de brazos, esbozando una sonrisa arrogante—. No te tocaría, aunque me lo suplicaras. Prefiero tirarme a cualquier zorra callejera antes que ponerte las manos encima.

—Es curioso, anoche no te supliqué que me besaras y, aun así, lo hiciste. Es más, a juzgar por la dureza que sentí en tu bragueta, juraría que estabas disfrutando de ponerme las manos encima.

—Tampoco te escuché quejarte, Diavuletta —susurro con voz ronca.

Retrocede, negando con la cabeza.

—Luca, estoy muy cansada. Solo por eso voy a dejar que ganes esta discusión. Si te sirve de algo, la actitud de Ricciardo me molesta tanto como a ti. —Exhala con fuerza y, por primera vez, puedo notar en su rostro su agotamiento—. Necesito una ducha y dormir al menos un par de horas.

Da media vuelta y, tras una búsqueda rápida, clava la mirada en el lugar junto a la cama, donde se encuentran sus maletas y la mía. Exclama una maldición en voz baja y se pinza el puente de la nariz.

—¿Qué ocurre? —inquiero.

—Me acabo de dar cuenta de que vamos a tener que compartir habitación. ¡Esto es increíble! ¡Maldita sea!

—Tampoco me agrada esta situación. Intentemos no matarnos durante el tiempo que pasemos aquí, ¿quieres?

Se gira a medias y me lanza una mirada furiosa.

—No prometo nada —masculla antes de agarrar su maleta y arrastrarla hasta el baño.

En cuanto la puerta se cierra con un golpe sonoro, dejo escapar una gran bocanada de aire y me tumbo bocarriba sobre la cama. Tengo la sensación de que estoy a punto de vivir los días más intensos e infernales de toda mi existencia.