Lupara Bianca Capítulo 21
29%

Capítulo 21

Luca

No tardamos en subirnos en un todoterreno y empezamos el viaje de poco más de una hora por la autopista en dirección a Atlantic City.

Antes de llegar a la ciudad, tomamos rumbo a la villa privada que Kincaid tiene cerca de la costa.

Ya nos hemos visto allí un par de veces.

Por supuesto, le indico a Serra que se quede en el vehículo antes de acceder a la propiedad.

No necesito su ayuda ni su protección. El único motivo por el que lo he obligado a venir conmigo es para darle una lección, pero no confío en él como para que esté al tanto de esta parte del negocio.

Como siempre, nada más entrar en la enorme casa, se escuchan gritos y sonidos de peleas.

Los putos irlandeses son incapaces de reunirse sin acabar liados a puñetazos.

En el sótano de esta misma propiedad, Kincaid ha instalado una especie de club de la lucha donde sus propios hombres se dan palizas entre ellos mientras los demás apuestan por sus favoritos.

Peleas de gallos, mujeres en biquini embadurnándose en una bañera de barro, incluso enanos partiéndose la cara sin miramientos. Son salvajes, eso nadie va a negármelo.

Trato de permanecer alejado del sótano. No me apetece meterme en líos. El único motivo de mi visita es mantener a Kincaid apartado de Nueva York, al menos por el momento. Tras una espera de pocos minutos, mi socio aparece, como siempre, acompañado por varios de sus hombres.

—De Santis, espero que no te hayas aburrido demasiado. Tenía que ocuparme de un asunto antes de nuestra reunión.

No nos saludamos con un apretón de manos.

Al contrario que en nuestra organización, donde los modales y el protocolo lo son todo, los irlandeses son más distendidos y relajados.

Acostumbran a cerrar negocios medio borrachos y también drogados, algo inaudito en la Cosa Nostra.

Podemos tomarnos un par de copas de licor, pero siempre manteniendo la rectitud y la seriedad que requiere la situación.

Kincaid se deja caer en el sofá y me hace un gesto con la barbilla para que tome asiento también.

—Me sorprendió tu llamada. Creí que estabas fuera del país —comento, acomodándome.

—Y lo estaba. Llegué hace solo unas horas. —Le dirige un gesto a uno de sus hombres y este se acerca con una botella de whisky irlandés—. ¿Quieres una copa? —Asiento y, tras servir dos vasos, el tipo regresa junto a los demás.

Le doy un pequeño trago antes de dejar el vaso sobre la mesa baja. Arqueo una ceja en dirección a los tres hombres que están apostados tras el sofá, justo detrás de mí.

—Después de dos años trabajando juntos, creo que la vigilancia de tus hombres es completamente innecesaria. He venido hasta aquí solo, Kincaid —comento molesto.

—No seas mentiroso, De Santis. Llegaste acompañado por uno de tus hombres, pero se ha quedado fuera de la propiedad. ¿Romeo Serra? Creí que era el guardaespaldas de tu esposa.

Una vez más, el puto irlandés no pierde la oportunidad de demostrarme que siempre va un paso por delante de todos. No sé cómo ni de dónde saca toda esa información, pero más temprano que tarde acabaré averiguándolo. Por el momento, decido ignorar su comentario y le doy un nuevo trago a mi bebida.

Hago una pequeña mueca con los labios cuando el licor me pasa por la garganta. Kincaid se da cuenta y arquea una ceja de manera interrogante.

—No está mal, pero prefiero el escocés —digo, dejando de nuevo el vaso sobre la mesa.

Esboza una pequeña sonrisa forzada. No es ningún secreto que escoceses e irlandeses rivalizan por la paternidad del whisky.

Soy consciente de que es un tema sensible, pero, como ya esperaba, Kincaid no se atreve a corregirme.

Mi intención al decirlo no era otra que dejar claro que, por mucho que esté en su casa, rodeado por sus hombres, no le temo.

—No es que me desagrade tu visita, De Santis, pero soy un hombre ocupado y, según tengo entendido, tú hoy te vas de viaje; por lo tanto, empecemos a hablar de lo que nos ha traído a esta reunión, ¿te parece?

Hijo de puta. También sabe lo de mi viaje a Sicilia. Al final voy a tener que darle la razón a mi hermano. El cabrón sabe demasiado y es posible que alguno de mis hombres le esté filtrando información. No encuentro otra explicación.

Pasamos un buen rato poniéndonos de acuerdo en la forma en la que su gente va a ir retirándose de Nueva York de manera paulatina y sin levantar sospechas.

Si ahora mismo se retiraran de golpe sin más, Luciano Rossetti empezaría a sospechar de mí.

Planeamos también alguna incursión a sus clubes privados y secretos por parte de nuestra organización y, por último, logro que me vuelva a poner en contacto con el cliente que él mismo nos robó y así poder cumplir con lo que le prometí a mi suegro.

—Creo que eso es todo —digo, poniéndome en pie y dando la reunión por terminada.

Kincaid me imita; sin embargo, no parece de acuerdo conmigo.

—No tan rápido, De Santis. Hasta ahora solo hemos hablado de todo lo que te conviene a ti. ¿Quieres que retire a mis hombres de Nueva York? Bien, lo hago. ¿Recuperar el cliente? Bien, ya lo tienes. Pero ¿qué pasa con lo que yo quiero? Me prometiste el puerto y ya han pasado dos años.

—Te di mi palabra y pienso cumplirla —respondo con los hombros tensos y los puños apretados.

—Ya, no estoy negando que esa sea tu intención, pero aquí el verdadero problema es Luciano Rossetti y su intransigencia. Creí que casándote con su hija podrías entrar en su círculo de confianza, pero no lo has hecho.

—Lo haré —siseo entre dientes.

—Yo no lo tengo tan claro. —Se termina la copa de un solo trago y vuelve a dirigir su mirada hacia mí—. Tengo un par de ideas para sacarlo de la jugada de una manera más… definitiva.

Frunzo el ceño. No me está gustando nada el rumbo que está tomando la conversación.

—¿Qué ideas son esas? —pregunto con cautela.

—La primera es… —Con una sonrisa, desliza la punta del dedo pulgar de un lado a otro de su garganta. «Matarlo»—. También podemos ser algo más creativos. Tengo algunos contactos en la Policía. Si Rossetti acaba en la cárcel, tú, como su único yerno, te pondrás al cargo de sus negocios y…

—No —lo corto.

Una cosa es aliarme con los irlandeses para conseguir mis propósitos y otra completamente distinta incumplir la omertà . No soy un traidor. Jamás cruzaré esa línea. No cometeré los mismos errores que mi padre.

Kincaid responde con una mirada dura ante mi negativa. Inspira hondo por la nariz y se cruza de brazos.

—Sabes que podría hacerlo por mi cuenta, ¿verdad? No necesito tu permiso.

Doy un paso en su dirección con la mandíbula tensa y los puños apretados.

—No quieras jugar conmigo a quién la tiene más grande, Kincaid —le advierto.

El cabrón esboza una pequeña sonrisa y se encoge de hombros.

—Puedes presentarme a tu esposa y que sea ella la que lo decida. —Apenas ha terminado la frase cuando me abalanzo sobre él.

Saco la pistola en el instante justo en el que sus hombres se dan cuenta de mi intención. No les doy tiempo para que me detengan, disparo a uno en la cabeza, a otro en el pecho y al último en el cuello.

—Voy a darte una pequeña lección sobre educación y respeto, hijo de puta.

—Pego el cañón caliente por las detonaciones a su mandíbula y escucho cómo su piel chisporrotea al quemarse de manera superficial.

Kincaid no se queja ni emite sonido alguno de dolor.

Solo me mantiene la mirada con los labios apretados y el entrecejo arrugado—.

No se hacen insinuaciones sexuales con la mujer de otro.

Es de muy mal gusto y puede llevarte a la muerte. ¿Lo has entendido?

—Si me disparas, no saldrás con vida de esta casa —sisea entre dientes.

Escucho pasos a mi espalda y varias pistolas siendo amartilladas. Sé que no miente. Si he podido cargarme a tres de ellos es porque los tomé por sorpresa, pero mi supervivencia depende de mi capacidad de mantener la cabeza fría en este preciso instante.

Muy en contra de mis propios deseos, bajo la pistola y lo aparto con un pequeño empujón.

—Más te vale que hayas aprendido la lección, Kincaid, porque no volveré a repetirla.

Nunca vuelvas a mencionar a mi esposa. —Me guardo la pistola y ajusto los guantes alrededor de las muñecas con aparente tranquilidad—.

Te llamaré pronto con novedades —escupo antes de dar media vuelta y pasar entre un puñado de hombres armados en dirección a la salida.