Lupara Bianca Capítulo 20
28%

Capítulo 20

Luca

He intentado, sin éxito, dormir al menos unas pocas horas antes de abandonar la cama.

Cada vez que cierro los ojos, acude a mi mente el recuerdo de todo lo que pasó anoche.

La cena, la pelea con Bianca, ese jodido beso…

No sé si estoy más confuso o si estoy más cabreado.

¿Por qué la besé? Y, más importante aún, ¿por qué lo disfruté tanto?

Casi puedo notar aún su sabor en mi boca, dulce y ácido al mismo tiempo, una jodida contradicción, igual que todo lo que es y representa mi esposa.

«¿Intentas amenazarme o ponerme cachonda, De Santis?

». Esa frase resuena en mi mente una y otra vez.

Fue lo que Bianca me respondió cuando la amenacé con darle unos azotes en el culo si no venía conmigo a la cena.

En ese momento ni siquiera le di importancia al comentario; sin embargo, después del beso…

¡Joder, no puedo quitármelo de la cabeza!

Me veo tumbándola sobre mi regazo y azotando con fuerza ese trasero de piel blanquecina, lo imagino suave al tacto y duro, lo bastante como para hacer que me pique la mano con cada golpe.

—¡Luca! —El grito de mi hermano logra cortar de golpe mis poco inocentes pensamientos—. ¿Para qué demonios me has pedido que me reúna contigo tan temprano si ni siquiera estás prestando atención?

Sacudo la cabeza de un lado a otro y me reacomodo en la silla. Tengo que centrarme en dejarlo todo listo antes de viajar a Sicilia. Por eso estoy encerrado en el despacho con Vincenzo desde hace un buen rato; no obstante, mi jodida mente no deja de regresar a ese momento en el dormitorio de Bianca.

—Estoy prestando atención —afirmo—. ¿Qué es lo que tanto te preocupa? Solo estaré fuera unos días.

—¿Crees que eso me importa? Puedo hacerme cargo de todo en tu ausencia, Luca, pero lo que de verdad me inquieta es ese nuevo trato al que has llegado con tu querida esposa. ¿A qué viene lo de involucrarla en nuestros asuntos?

—Ya te lo he dicho. Quiere estar entretenida —contesto, encogiéndome de hombros.

—Pues cómprale una mascota, joder. ¿No crees que es raro que quiera inmiscuirse en los negocios familiares? Puede ser una trampa.

—¿Una trampa de quién?

—¡De los Rossetti! Puede que su padre sospeche que estamos involucrados en todos los problemas que les están causando los irlandeses y use a Bianca como espía.

—¿Bianca, una espía? —repito con una ceja arqueada justo antes de romper a reír—. Lo único que creo es que estás paranoico. Es una princesita caprichosa y mal educada. De lo único que entiende es de moda y pasarelas y de gastar cantidades ingentes de dinero.

—Y yo creo que estás subestimando a tu esposa —replica—. Ya viste lo que hizo anoche. Se atrevió a desafiarnos a todos durante la cena.

—Exacto, y por eso mismo estoy seguro de que Bianca no es una espía ni nada que se le parezca. Si de verdad tuviese un plan oculto, lo que menos le convendría sería comportarse de esa manera. Solo es una niña malcriada a la que nunca le han puesto límites.

—Es posible, o tal vez nos esté haciendo creer eso mismo para no levantar sospechas.

Piénsalo un segundo: ¿qué sabemos de ella?

Desde que os casasteis, ha pasado casi todo el tiempo fuera del país, se supone que en Europa, pero ¿alguna vez te ha contado qué es lo que hace allí exactamente?

¿Tiene amigos? ¿Amantes quizá? Después de lo que dijo anoche durante la cena, está claro que sigue comportándose como una cualquiera cuando está fuera de esta casa.

Exhalo con fuerza y busco su mirada. Por algún motivo que no termino de entender, me cabrea que hable así de Bianca.

—Vin, eres mi hermano y te respeto, pero no voy a permitir que insultes a mi esposa —siseo entre dientes.

—¿En serio? ¿Ahora resulta que vas a defender su honor o algo así?

—Algo así. De cualquier manera, aunque sea cierto que se comporte como una cualquiera, no veo por qué debe molestarte a ti. Soy yo el que está casado con ella.

—No me puedo creer que la estés defendiendo —comenta, cabeceando.

Me contengo para no decirle que yo tampoco me lo creo, pero eso es justo lo que estoy haciendo, Dios sabrá por qué.

—Deja que sea yo quien me ocupe de mi matrimonio. Tú encárgate de que todo siga funcionando sin incidentes en mi ausencia. ¿Crees que podrás hacerlo?

Vincenzo me lanza una mirada poco amigable y asiente con la mandíbula tensa y los labios apretados.

—No me fío de ella —masculla entre dientes.

—No tienes que hacerlo. Solo cumple mis órdenes.

¿Algo más que objetar? —No responde. Me pongo en pie y me ajusto los guantes de cuero en las muñecas sin perderlo de vista—.

Me alegra que hayamos llegado a un acuerdo, hermanito.

Ahora debo irme. He quedado con Kincaid.

Quiero dejar el tema resuelto antes de marcharme.

—Te acompaño.

—No, me llevaré a algunos de los hombres.

Antes de que pueda replicar, me levanto y salgo del despacho sin molestarme en despedirme de él.

Paso por el gimnasio, donde varios de los chicos ya están entrenando.

Mi idea inicial es ordenar a uno de los más antiguos y de confianza que me acompañe, pero al ver a Serra pavoneándose por el pasillo, una vez más, sin camiseta, lo intercepto.

—¿Puedo ayudarte en algo, De Santis? —pregunta con una sonrisa arrogante.

El muy hijo de puta sigue comportándose como si no tuviese delante a su jodido jefe. No voy a permitir que me desafíe. Él, al igual que el resto de mis empleados, me debe obediencia.

—Sí, puedes empezar por dejar de pasearte por mi casa a pecho descubierto. Estás trabajando, no en un maldito concurso de Míster imbécil.

Arquea una ceja sin perder la sonrisa.

—Iba de camino al gimnasio. ¿Se supone que hay un código de vestimenta para hacer ejercicio y no me he enterado?

Su respuesta sarcástica me crispa los nervios. De verdad se cree intocable el pedazo de mierda. Le lanzo una mirada dura, pero él la ignora, como siempre.

—Vístete, en cinco minutos te espero en el garaje. Vas a acompañarme —ordeno.

Frunce el ceño y se cruza de brazos.

—Mi trabajo consiste en proteger y cuidar a Bianca.

Doy un paso en su dirección mientras coloco la mano en la empuñadura de mi pistola, que sobresale por la cinturilla de mi pantalón, a modo de amenaza.

—Tu trabajo consiste en lo que yo diga, Serra. Ahora ve a vestirte de una puta vez antes de que mi paciencia se agote y acabe metiéndote una bala en la cabeza —siseo contra su rostro.

Aunque parece querer replicar, tiene el buen juicio de mantener la boca cerrada. Da media vuelta y se marcha por el pasillo a toda prisa. Cuando apenas tres minutos después nos encontramos en el garaje, sé que al menos esta vez he logrado dejar claro quién manda.