Lupara Bianca Capítulo 19
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Capítulo 19

Luca

Al darse cuenta de que la criada está a punto de marcharse, Bianca alza la mano en el aire para detenerla. Mierda, creo que es la misma chica que me tiré anoche.

—No, bonita, vuelve aquí. —Le acerca la copa y sonríe de nuevo—. Llénala bien. Igual que mi esposo te llena a ti —dice sin importarle que toda mi familia la esté escuchando.

—No, es suficiente —intercedo.

A continuación, Bianca se gira en su silla y me mira con una ceja arqueada.

—Dime, Luca, ¿estás de acuerdo con tu madre? ¿Crees que una buena esposa se mide por lo obediente, dócil y manejable que pueda llegar a ser?

Le lanzo una mirada dura. Aunque la pregunta me la hace a mí, las palabras envenenadas no son más que una nueva provocación dirigida a mi madre. Supongo que la criada es lo que menos le importa. Ahora mismo su rival es mi madre.

—Lo que creo es que deberíamos retirarnos ya. Se está haciendo tarde y mañana viajamos a Sicilia.

—¡No! Ahora que la conversación se ponía interesante… —Se gira de nuevo hacia mi madre—. Cuéntame más sobre tu matrimonio, Stella. ¿Qué fue lo que te atrajo de tu marido cuando lo conociste? ¿Fue su aspecto físico lo que te llamó la atención, su personalidad tal vez?

—Era un hombre recto y leal —responde mi madre sin perder la compostura.

—Leal… Bueno, está claro que los años cambian a la gente. De no ser así, no habría acabado siendo ejecutado por traición, ¿cierto?

El chirrido agudo que emite la silla de Vincenzo al arrastrarse por el suelo cuando se levanta de golpe resuena en todo el comedor. Ilenia lo sujeta por el brazo cuando está a punto de venir en dirección a Bianca.

—¡Suficiente! —gruño, poniéndome en pie yo también.

La agarro del codo y tiro de ella con fuerza.

¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿Es que esta mujer no tiene una pizca de respeto por los demás?

Mi hermano resopla con fuerza y vuelve a sentarse en su lugar sin dejar de mirar a Bianca.

Estoy seguro de que, si no fuese mi esposa, ya la habría matado por sus palabras.

Es más, me estoy planteando hacerlo yo mismo.

No permito que diga ni una sola palabra antes de sacarla del comedor a rastras, y, una vez fuera, solo sigo tirando de ella.

Ignoro sus quejas, insultos y hasta los golpes que me propina en el hombro para que la suelte.

Continúo caminando hasta cruzar toda la casa, y al llegar frente a su dormitorio, abro la puerta y la empujo con fuerza al interior.

—¡No soy tu maldito perro, De Santis! —me grita.

Entro tras ella y cierro la puerta con tanta fuerza que escucho cómo la madera del marco se resquebraja.

—Escúchame bien —siseo, intentando contenerme para no matarla aquí mismo—. Esta es la última vez que haces algo así. A partir de hoy solo vas a tener buenas palabras, amabilidad y respeto cada vez que te dirijas a mi madre. ¿Lo has entendido?

—Tu madre… —Suelta una carcajada y camina a mi alrededor—. Santa Stella de Calcuta. ¿No la escuchaste? Fue ella la que me provocó.

—Pues te jodes. Está en su casa.

—¿Y por eso nadie puede llevarle la contraria? ¡Es una amargada que cree que siempre tiene la razón!

—Cállate —siseo, apretando la mandíbula con fuerza.

—¿Qué? ¿No te gusta escuchar la verdad? Pues lo siento mucho, pero a mí no vas a silenciarme.

—Bianca, cierra la boca —le advierto.

—Seguiré diciendo lo que pienso. Ninguna vieja rancia y manipuladora va a decirme cómo debo comportarme.

—Cállate de una maldita vez —gruño, a punto de perder los nervios.

—¡No! Si vosotros queréis seguir siendo los peleles de Stella De Santis, es vuestro puto problema, pero yo…

—¡¿Qué acabas de decir?!

—¡Que te trata como a un pelele! ¡¿Lo has escuchado bien?! ¡Un puto pelele!

Sin ser capaz de contenerme más, me abalanzo sobre ella hasta arrinconarla contra la pared. Echo el brazo hacia atrás y estampo mi puño justo al lado de su cara, pero sin llegar a rozarla siquiera.

—¡Cierra la puta boca, joder! —vocifero.

En vez de amedrentarse, Bianca se echa hacia delante y me empuja por el pecho, pero no me muevo ni un centímetro.

—¿Y si no? ¿Qué vas a hacer si no me callo? —replica, clavando su mirada en la mía.

Vuelve a empujarme. Esta vez respondo arrinconándola aún más contra la pared, hasta que todo mi cuerpo está pegado al suyo.

Noto el calor de su piel a través de la ropa, su aliento cargado de alcohol en mi barbilla, el olor de su perfume envolviéndome como un suave y cálido día de primavera.

Sin ser del todo consciente de mis actos, la sujeto por la nuca y estampo mis labios contra los suyos.

Durante un instante, Bianca se queda inmóvil.

Solo soy capaz de notar los desbocados latidos de su corazón golpeando mi piel.

Me aparto un milímetro. Estoy dispuesto a seguir retrocediendo, pero entonces ella rodea mi cuello con los brazos y sus labios se separan, dejando paso a mi lengua al interior de su boca.

La aprieto más fuerte contra la pared, hundiendo mi mano en su cabello rubio y disfrutando del sabor de su boca.

Es jodidamente deliciosa. Bajo las manos por sus costados, acaricio la parte posterior de sus muslos sin dejar de mover los labios sobre los suyos, follándole la boca con la lengua de la misma manera que me encantaría estar haciéndolo con su coño.

Un gemido ahogado resuena en la habitación y soy consciente de lo duro que me ha puesto en solo unos pocos segundos.

Agarro sus muslos, tiro de ellos hacia arriba y, sin apenas esfuerzo, la cojo en el aire.

Bianca rodea mis caderas con las piernas y vuelve a gemir.

Siento cómo sus uñas se clavan en mi nuca mientras nuestras lenguas batallan a muerte en el interior de su boca.

La empujo una vez más contra la pared. Mi polla, más dura de lo que nunca recuerdo haberla tenido, queda encajada entre sus muslos abiertos, rozando su centro con cada respiración acelerada.

Necesito follarla, aquí, ahora, antes de que me quede sin aire en los pulmones, porque, si depende de mí, sé que no voy a dejar de besarla hasta que pierda la consciencia por falta de oxígeno.

No puedo. ¡Joder, tampoco quiero hacerlo!

Me giro, con ella colgando de mi cintura, y sigo besándola como un maldito animal hambriento mientras camino en dirección a la cama.

Mis rodillas chocan contra el borde del colchón y estoy a punto de caer hacia delante, pero logro mantener el equilibrio.

Entonces, Bianca se aparta y toma una respiración profunda antes de abrir los ojos y mirarme con una mezcla de rabia y sorpresa dibujada en el rostro.

Tiene los labios húmedos y rojos por mis besos, la mirada encendida y un rubor sutil mancha sus mejillas.

Es simplemente preciosa y mía, aunque no la quiera, a pesar de que la deteste la mayor parte del tiempo, me pertenece. ¡Es mi esposa, maldita sea!

La profundidad de mis propios pensamientos me golpea como un puñetazo en el centro del estómago.

Trago saliva con fuerza y lanzo a Bianca sobre el colchón sin ningún cuidado.

Me quedo mirándola unos segundos, sin saber muy bien qué hacer o decir mientras intento recuperar el aliento.

Ella parece tan afectada como yo por lo que acaba de suceder.

Abre la boca, vuelve a cerrarla y después aparta la mirada.

—Lárgate de aquí —sisea con rabia.

Retrocedo un paso y después otro y otro más hasta que llego a la puerta. No digo ni una sola palabra más. Solo doy media vuelta y salgo del dormitorio a toda prisa, como si el mismísimo diablo me estuviese persiguiendo.