Capítulo 18
Bianca
El cabrón de Romeo aún no ha dejado de reír desde que le conté que estoy a punto de ir a cenar con la familia De Santis al completo. Por más que intento verle la gracia al hecho de que voy a pasar una de las veladas más aburridas e incómodas de los últimos años, no la encuentro por ningún lado.
—Me encantaría ver la cara de Stella De Santis cuando aparezcas vestida así a su mesa —se burla mi amigo justo antes de soltar una nueva carcajada.
Echo un vistazo a mi ropa: un simple pantalón vaquero, blusa y chaqueta americana arremangada a la altura de los codos.
Tampoco voy tan mal, pero las cenas con la familia De Santis son todo un acontecimiento en el que hay que vestir con las mejores galas, y lo peor es que lo hacen cada noche por orden directa de mi suegra.
—Si no creen que esté a la altura, pueden echarme. No me pondré un vestido solo para cenar con ellos —comento, encogiéndome de hombros.
Romeo al fin deja de reír y se aleja de la mesa de macetas en la que estaba apoyado para venir hacia mí.
Al igual que en la mansión Rossetti, el invernadero se ha convertido en el lugar donde venimos cuando queremos estar solos y alejados de todos los demás.
A excepción de los jardineros, nadie pasa por aquí y podemos hablar lejos de oídos indiscretos.
—Bianca, vas a provocarle un infarto a la pobre mujer.
—No lloraré su muerte.
Vuelvo a encogerme de hombros y camino por la fila de mesas cargadas de macetas. Al llegar al fondo, me agacho y aparto varios trastos para poder acceder a las armas que tengo guardadas dentro de un cubo de jardinería. Cojo una 9 mm y regreso junto a Romeo.
—Espera, ¿vas a ir a esa cena armada?
—Por supuesto. Conozco pocas situaciones más hostiles que una reunión con los De Santis —contesto mientras guardo la pistola en la parte baja de mi espalda, oculta bajo la chaqueta.
Seguimos hablando un rato más del cambio que está a punto de suceder en nuestras vidas.
Por el momento, se acabaron los viajes a Europa.
Eso significa que nos veremos mucho menos porque, en esta casa, Romeo solo es mi guardaespaldas, un trabajador más a las órdenes de mi marido.
A ninguno nos gusta esta nueva situación, pero tampoco es que podamos hacer nada para evitarla.
En cuanto volvemos a la casa principal, mi amigo se marcha y yo voy en busca de Luca a su despacho de la planta baja.
Ahí es donde pasa la mayor parte del tiempo acompañado por su hermano.
Cuando estoy a punto de llamar a la puerta, esta se abre y mi esposo, ya vestido con traje y camisa negros, unos zapatos relucientes y con el pelo bien peinado, me mira, frunciendo el ceño.
—Te dije que te cambiaras para la cena —gruñe entre dientes.
Esbozo media sonrisa y abro los brazos para mostrarle mi atuendo.
—Ya lo he hecho.
Me repasa con la mirada desde la cabeza hasta los pies.
—Bianca, no sé qué te han enseñado en tu casa, pero de la esposa de un Don se espera que, como mínimo, sepa vestirse acorde a cada ocasión que surja. Esta es una cena familiar.
—Lo sé, y en muchas familias cenan en pijama, pero creí que estaría fuera de lugar presentarme ante tu madre en camisón.
Exhala con fuerza y se pinza el puente de la nariz.
—No vas a ponerme las cosas fáciles, ¿verdad? —inquiere con los ojos entrecerrados.
Espero a que los abra y me encojo de hombros con gesto angelical.
—Antes de aceptar tu propuesta de matrimonio, te advertí que no iba a convertirme en una muñeca de exposición que pasear entre tus socios y amigos.
Yo decido cómo vestirme, peinarme y maquillarme siguiendo mi propio criterio.
Si no te gusta, solo pídeme que me marche y estaré encantada de cumplir con tu deseo.
Frunce el ceño y niega con la cabeza.
—Vas a venir a esa cena, aunque tenga que arrastrarte desnuda hasta el comedor —sisea con la mandíbula apretada.
—Desnuda. Qué interesante… —Me doy pequeños golpecitos en el labio inferior con la punta del dedo índice y entrecierro los ojos con gesto pensativo—. No deberías darme esas ideas si no quieres que las cumpla.
—Vámonos de una puta vez —masculla tras chasquear la lengua.
Me sujeta por el codo y tira de mí por el pasillo. Sus dedos, enfundados en el guante de cuero, se me clavan en la piel. Me freno de golpe, hundiendo los tacones en la alfombra, y Luca se gira de golpe.
—No soy un perrito al que tienes que llevar con correa, De Santis. Soy muy capaz de caminar por mí misma.
Inspira hondo por la nariz y exhala por la boca, como si estuviese haciendo un ejercicio de contención.
A veces me sorprende lo mucho que se reprime conmigo.
Lo he visto interactuar con los cabezas de familia de la organización.
Lo respetan y temen como lo que es, el Don de Filadelfia; sin embargo, por algún motivo que desconozco, conmigo es más permisivo y no voy a negar que me aprovecho de ello.
—Como no espabiles, te llevaré sobre el hombro y no será agradable porque, con cada paso que dé, sumaré un azote más en tu trasero. —Me suelta y se hace a un lado para que pueda caminar por delante.
Me acerco a él con una sonrisa ladeada y pongo mi mejor cara de niña buena.
—¿Intentas amenazarme o ponerme cachonda, De Santis? —pregunto en tono burlón.
Antes de que pueda responder, sigo avanzando por el pasillo con la satisfacción de haber salido vencedora de esta nueva batalla.
Mi marido, como casi todos los hombres que conozco, deja de usar el cerebro cuando la polla toma el control.
Eso es lo que nos hace a las mujeres mucho más peligrosas.
Nosotras somos capaces de seguir pensando con claridad en cualquier circunstancia, incluso durante el sexo.
Luca
Lo que esperaba que fuese una cena tranquila en familia, se ha convertido en una especie de batalla verbal entre mi madre y Bianca.
Admito que Stella De Santis no es la mujer más amable y simpática del mundo, al contrario.
Desde que nuestro padre ya no está, su carácter se ha ido enfriando y endureciendo con el pasar de los años hasta convertirla en la persona que es hoy: hosca, cortante, demasiado intransigente e incluso soberbia en algunas ocasiones.
He sido testigo de varios incidentes en los que mi cuñada Ilenia ha terminado muy mal parada por culpa de mi madre.
Vincenzo dice que en algún momento tendré que darle un toque de atención.
Es mi madre, sí, pero yo soy el cabeza de familia y debe obedecerme.
No es justo que trate mal a todo el que la rodea sin ningún motivo.
No obstante, he sido reacio a ponerme en su contra.
Al fin y al cabo, yo soy el culpable de que la mujer amorosa, amable y cálida que era antes ya no exista.
Maté al amor de su vida, y con él también a la madre que tanto nos quería.
Tengo que contener un nuevo bufido cuando Bianca responde a otra de las provocaciones de mi progenitora.
No se están insultando ni faltando al respeto; sin embargo, cada vez que mi madre hace algún comentario, casi siempre dirigido a cuestionar la moralidad y decencia de Bianca, esta contesta con burlas maliciosas y descaradas.
Al principio de la cena, mi esposa estuvo más comedida, pero a medida que iba vaciando copas de vino se le ha soltado la lengua y ahora empieza a estar desatada.
—Entonces, Bianca, ¿crees que una mujer de bien debería andar por ahí en clubes nocturnos sin acompañante? ¿No te parece que es muy… osado?
Vincenzo me hace un gesto con la barbilla para que detenga esto antes de que se les vaya de las manos.
—¿Osado? Por supuesto que no —contesta Bianca.
Se limpia las comisuras de la boca con una servilleta antes de dejarla junto al plato de postre y esboza una sonrisa descarada—.
El secreto es justo ese, ir siempre acompañada y no necesariamente por el mismo hombre. En la variedad es donde está el gusto.
—No estoy de acuerdo contigo —replica mi madre—. Yo me casé con diecisiete años y, hasta el día de la muerte de mi esposo, jamás estuve a solas con otro hombre que no fuese él. Una buena esposa es la que acompaña a su marido en cada paso del camino sin importar las dificultades que se presenten.
Justo cuando una de las chicas del servicio está a punto de rellenar de nuevo la copa de mi esposa, le ordeno que se marche y esta da media vuelta de inmediato. No creo que añadir más alcohol a la conversación ayude mucho.