Capítulo 17
Luca
Antes de que se me vuelva a ocurrir otra tontería aún más grande, entro en la cocina, interrumpiéndolos en mitad de lo que parece ser un juego en el que mi sobrino habla con la boca llena y Bianca intenta descifrar lo que dice.
—No he entendido ni una sola palabra —comenta ella, negando con la cabeza.
Mi sobrino lo sigue intentando y ambos vuelven a reír a carcajadas hasta que Bianca se da cuenta de que estoy presente. Su sonrisa se apaga de golpe y frunce el ceño.
—Elmo, ¿no tienes prohibido comer antes de la cena? —inquiero, cruzándome de brazos.
Al escuchar mi voz, el crío se atraganta y entonces empieza a toser con fuerza.
Antes de que pueda llegar a su lado, Bianca se abalanza sobre él y lo golpea repetidamente en la espalda para que pueda escupir los restos de la masa pastosa de chocolate sobre la mesa.
Cuando ya parece haberlo sacado todo, ella misma le tiende un vaso de agua que Elmo no tarda en beber.
—Chico, intenta no morir de una manera tan estúpida, ¿quieres? —dice mi esposa mientras sigue dándole golpecitos en la espalda.
Esboza una especie de sonrisa a medias que no le llega a los ojos y fija su mirada en mí.
—¿Estás bien, Elmo? —pregunto.
El crío se termina el agua y alza una mano por encima de su cabeza.
—He visto a Dios muy cerca —resuella sin aliento.
Me acerco más a él y le lanzo un par de servilletas para que se limpie los chorretones de chocolate y agua que le caen por la barbilla.
—A Dios lo vas a ver cuando tu madre se entere de lo que estás haciendo aquí, idiota. ¿Por qué me andabas buscando?
—Ya no me acuerdo. Bianca me dijo que podía comer tarta. —Ella le lanza una mirada recriminatoria y el muy canalla se encoge de hombros—. La avisé de que no podía, pero le dio igual.
Casi me echo a reír. Algún día, este niño nos matará a todos y aún tendrá las pelotas de echarle la culpa a otro. Es incorregible.
—Lárgate de aquí. Esta vez no le diré nada a tu madre, pero vas a ir a cenar y comerás todo lo que te sirvan sin rechistar.
—Pero… —empieza a quejarse.
Arqueo una ceja y, aunque pone mala cara, no sigue con la réplica.
Solo se baja de la silla de un salto y, cuando pasa a mi lado, aprovecho para golpearle despacio en el cogote.
Al volver a mirar a Bianca, descubro que ha vuelto a tirar del plato y se está terminando la porción de tarta como si nada.
—Aquí estabas —comento, caminando en su dirección. Me detengo junto a la mesa y esbozo una sonrisa ladeada—. Después de que salieras corriendo de mi dormitorio esta mañana, estuve pensando que tal vez debí haber sido más comedido. Está claro que te escandalizaste al verme desnudo, ¿no?
Tras pinchar otro pedazo de tarta, arquea una ceja en mi dirección.
—Supongo que alguien te ha dicho que eres gracioso. Bueno… No es cierto —responde justo antes de meterse el tenedor en la boca.
Ignoro su pulla y estrecho la mirada sobre ella, perdiendo la sonrisa.
—¿Has pensado ya en mi propuesta? El tiempo escasea, Bianca. Si no hacemos algo ahora, tu padre acabará tomando su propio camino.
Termina de tragar y deja el tenedor en el borde del plato con extrema delicadeza, después se limpia las comisuras de la boca con una servilleta y hace una respiración profunda.
—Sí, lo he pensado —contesta.
—¿Y bien?
Se pone de pie, se sacude las migas de la parte delantera de la blusa azul que lleva puesta y al fin alza la cabeza para mirarme.
—Tú ganas, De Santis.
Me cruzo de brazos y, cuando estoy a punto de soltar un nuevo comentario jocoso, me fijo en la comisura de su boca; ahí, junto al labio inferior, tiene una pequeña mancha de chocolate.
Por un instante siento el impulso de estirar la mano y retirarla yo mismo o, mejor aún, puedo acercar la lengua y…
Sacudo la cabeza de un lado a otro, frenando de golpe el rumbo que acababan de tomar mis pensamientos, y carraspeo.
—¿Cómo quieres hacerlo? —pregunto con un tono de voz un par de tonos más ronco de lo habitual.
—No tan rápido. Tengo una condición para aceptar esta locura.
—¿Por qué no me extraña? Contigo todo son condiciones. ¿Nunca has hecho nada por simple altruismo?
—No, y tampoco voy a empezar ahora.
Resoplo con fuerza y arqueo una ceja de manera interrogante.
—¿Qué es lo que quieres?
—Un pasatiempo —responde, encogiéndose de hombros.
—Si todo sale bien, en poco más de nueve meses tendrás uno de carne y hueso.
—Ya, pero van a ser nueve meses muy largos. Si tengo que fingir ser tu abnegada esposa a tiempo completo, al menos necesito algo con lo que distraerme para no acabar pegándome un tiro en la cabeza.
—Oye, esa idea tampoco me parece tan mala —comento en tono burlón.
—También puedo optar por dártelo a ti —replica de inmediato.
—Aún no me has dicho qué es lo que quieres.
Se peina su melena rubia hacia atrás con los dedos y ladea un poco la cabeza.
—Me gustaría involucrarme en los negocios familiares.
Abro mucho los ojos con sorpresa.
—¿Quieres trabajar? —Asiente y casi me echo a reír por lo absurdo de su petición—. ¿En qué exactamente? ¿Tareas de oficina? Tengo un par de empresas que…
—No me refiero a las tapaderas, Luca —me corta.
—Oh, entonces has decidido que quieres convertirte en una criminal, ¿es eso?
Se me escapa la risa y recibo una mirada muy poco amigable por su parte.
—He nacido con un apellido que me convierte en criminal, me guste a mí o no.
¿Tan raro te parece que quiera involucrarme en los negocios que sustentan todo aquello que me rodea?
Tampoco te estoy pidiendo que me metas en un tiroteo, solo que me des algo que hacer mientras me quedo encerrada en esta mazmorra.
—¿Pretendes quitarme el puesto, Diavuletta? —pregunto en tono burlón.
—¿Preocupado, De Santis? —Arquea una ceja y esboza media sonrisa.
—Sinceramente, no creo que ningún cabeza de familia esté de acuerdo en que metas las narices en los asuntos de la organización.
—¿Porque soy mujer? —inquiere, perdiendo la sonrisa.
«Sí, además de una niñata malcriada y caprichosa que no ha movido un dedo por sí misma en toda su vida», pienso, pero solo asiento con la cabeza.
—Nadie tiene por qué enterarse. Con que me asignes algunas tareas y me dejes participar en detalles menores de los negocios me conformo.
—Está bien. Ahora, responde a mi pregunta, ¿cómo quieres hacer lo del bebé?
—¿A ti qué te parece? —Pone los ojos en blanco y resopla, dejando que su aliento golpee mi rostro—. Busca una buena clínica y, sobre todo, que sea discreta.
—Créeme, soy el más interesado en que nadie se entere de esto.
—Pobre, alguien podría poner en duda tu hombría, ¿verdad, bebé?
Una oleada de furia recorre mi cuerpo. Estoy harto de sus insinuaciones maliciosas. A cualquier otra persona, por mucho menos, ya le habría pegado un tiro. Doy una zancada larga en su dirección y la agarro por la barbilla con firmeza.
—Esta es la última vez que voy a advertirte, Bianca. Si vuelves a burlarte de mí en cualquier contexto sexual, te follaré tan fuerte y tan profundo que lo único que podrán hacerte en la clínica será certificar la muerte por aplastamiento de tus ovarios.
Abre mucho los ojos, como si no se esperara en absoluto lo que acabo de soltar.
En realidad, tampoco es que lo haya pensado demasiado.
Una vez más, solo he actuado por puro impulso.
Estoy a punto de retroceder, pero antes de hacerlo, y de nuevo llevado por un impulso, deslizo el dedo pulgar por la comisura de su boca.
Con la mancha de chocolate pegada al cuero del guante, doy un par de pasos atrás y me llevo el pulgar a la boca sin dejar de mirarla a los ojos.
El sabor dulzón explota en mi paladar y, por un segundo, me pregunto cómo sería comer de esta tarta directamente de su boca. Enseguida soy consciente de que me estoy volviendo a desviar del camino y retrocedo un paso más.
—Busca la jodida clínica —sisea Bianca con los puños apretados antes de pasar por mi lado para marcharse.
—Cámbiate. En un rato cenaremos con mi familia —digo antes de que pueda abandonar la cocina.
Se gira a medias y me mira, frunciendo el ceño.
—Creo que paso.
—No te estoy preguntando. Si vamos a hacer creer a todo el mundo que somos una pareja convencional, tendremos que empezar a comportarnos como tal. Cenamos con mi familia y mañana viajamos a Sicilia.
—¿Mañana? Aún faltan tres días para el cumpleaños del capo.
—Cierto, pero este año vamos a ser de los primeros en llegar. Si pretendemos engañar a tu padre y al resto de la organización, cuanto más tiempo pasemos con ellos, mejor.
Resopla con fuerza y retoma la salida, pisando con contundencia sobre el suelo de granito.
—Voy a arrepentirme de esto, joder —escucho que dice antes de perderla de vista.