Capítulo 16
Bianca
Cuando ya estoy al borde del ataque de ansiedad, al fin, Romeo decide salir en mi ayuda.
—Tranquila, no me estoy acostando con Ilenia De Santis —susurra para tranquilizarme.
Suspiro aliviada y le lanzo una mirada de advertencia.
—Más te vale no meterte en algo así. Los De Santis están tarados. Estoy segura de que Vincenzo no dudaría en matarte si te ve cerca de su mujer.
—Descuida. Además, esta mañana salí a correr muy temprano. Tú eres la que no es capaz de dormir rodeada de gente. Yo pasé casi todo el vuelo roncando y, al llegar, estaba fresco como una rosa.
—Suerte la tuya —murmuro, haciendo una mueca de disgusto.
—¿Por qué no aprovechas para acostarte un rato antes de la cena? Por cierto, ¿has comido algo desde ayer?
—No, y empiezo a estar hambrienta. Creo que voy a darme una ducha y pasaré por la cocina a picar alguna cosa antes de acostarme. Quiero dormir al menos diez horas sin interrupciones.
Mi amigo va a decir algo más cuando escuchamos que la puerta del gimnasio se abre de golpe y Elmo, el hijo de Vincenzo e Ilenia, entra en la sala, caminando con las manos en los bolsillos del pantalón, como el dueño y señor de todo lo que lo rodea.
No sé qué es lo que tienen los De Santis.
Se ve que lo de ser unos capullos arrogantes les viene en los genes porque el crío apenas levanta unos palmos del suelo y ya es insoportable.
—¿Qué pasa, Serra? —saluda sin mirarlo.
—Señor De Santis… —contesta Romeo, haciéndole una especie de reverencia con la mano.
Me contengo para no soltar una carcajada.
Es increíble lo mucho que el crío se parece a su tío.
Tienen el mismo color de ojos, las mismas facciones e incluso la forma de andar y expresarse es muy similar.
Sin embargo, esa actitud chulesca, viniendo de alguien con la estatura, porte y corpulencia de mi marido, resulta imponente y hasta podría aventurarme a decir que intimidante, pero en Elmo…
Solo tiene ocho años y va diciendo por ahí que se convertirá en el siguiente Don de Filadelfia.
Es una mezcla entre mono, tierno y patético.
—¿Qué haces aquí, Elmo? —le pregunto, cruzándome de brazos.
—Estoy buscando a mi tío. ¿Lo has visto?
Niego con la cabeza.
Desde esta mañana no he vuelto a ver a Luca, y por ahora prefiero que siga siendo así. Está claro que, tarde o temprano, tendremos que hablar, pero antes quiero dormir unas cuantas horas. Necesito renovar todas mis energías para enfrentarme a ese cabrón.
—¿Lo has buscado en su despacho? —le pregunta Romeo.
—No. Ve a ver si está allí —ordena.
Vuelvo a poner los ojos en blanco. Lo que yo decía, es igual de prepotente e irrespetuoso que su tío.
—¿A los De Santis no os enseñan a decir «por favor» y «gracias»? —escupo sin poder contenerme.
El chico me mira fijamente y pestañea rápido, como si no se esperara ese comentario por mi parte. Al igual que su tío, no está acostumbrado a que nadie le ponga límites.
—Iré a echar un vistazo al despacho —dice Romeo, rompiendo nuestra guerra de miradas.
Se gira, dándole la espalda al crío, y se acerca más a mí—.
Te dejo con el engendro del demonio. Ahora que vas a entrar en la maravillosa fase de la maternidad, te vendrá bien coger algo de práctica.
—Le lanzo una mirada dura y el muy capullo se marcha, conteniendo la risa.
En cuanto nos quedamos solos, miro de nuevo a Elmo.
Ya no tiene esa expresión de arrogancia en su rostro, incluso su postura ha cambiado.
Hasta me parece notar que está algo asustado.
Exhalo con fuerza. Tampoco es justo que pague mis frustraciones con un niño pequeño.
Al fin y al cabo, él no tiene la culpa de que esté casada con su tío.
—¿Tienes hambre? Pensaba ir a la cocina a comer algo después de ducharme. Puedes acompañarme si quieres.
Parece dudar antes de responder.
—Eh… Mi madre no me deja comer nada a estas horas. Dice que, si lo hago, después no ceno —responde, recuperando un poco su habitual pose chulesca.
—Tal como yo lo veo, si no comes porque ya has comido antes, no es un problema. Prometo no contárselo a nadie. ¿Vienes?
Estrecha su mirada sobre mí y una sonrisa muy parecida a la de su tío se dibuja en sus labios.
—Vale, pero quiero tarta de chocolate.
—Hecho. Deja que me duche y nos vemos en la cocina en media hora.
El crío asiente y, tras dar media vuelta, abandona el gimnasio de la misma forma que entró: pisando fuerte y con la barbilla bien alta.
Lo observo mientras se pierde por el pasillo y cabeceo de un lado a otro.
Me compadezco de la pobre mujer que algún día tenga que compartir su vida con ese chico.
Por experiencia propia sé que va a desarrollar instintos homicidas en cuestión de días, o puede que incluso menos.
Yo no necesité cruzar más de un par de palabras con Luca para saber que es todo aquello que desprecio en esta vida.
«Y, aun así, ha logrado ponerte cachonda dos veces», resuena en mi mente.
Chasqueo la lengua contrariada y me cruzo de brazos. Dos veces, pero no habrá ninguna más. Estoy completamente segura de que nunca volveré a bajar tanto la guardia con él como para que me afecte.
Luca
Alguien llama a la puerta del despacho principal justo cuando acabo de debatir con mi hermano la propuesta que le he hecho esta mañana a mi esposa. Por supuesto, él no está de acuerdo, pero eso es algo que ya esperaba.
—Adelante —digo en voz alta para hacer pasar a quien sea que esté al otro lado de la puerta.
Cuando la puerta se abre, Serra camina hacia el interior de la estancia. Frunzo el ceño al verlo sin camiseta y cubierto de sudor, como si justo acabara de salir de un concurso de Míster torso perfecto.
—De Santis, Elmo te está buscando —informa. Mi hermano se gira hacia él, pero Serra niega con la cabeza y luego me señala a mí.
—¿Hay escasez de ropa en la casa? —inquiero tras darle un trago largo a mi vaso de licor.
—¿Cómo dices? —Me mira confuso, yo rodeo la mesa y señalo con el dorso de la mano su pecho desnudo.
—Ponte una camiseta, Serra. No estás en la puta playa —siseo entre dientes. Va a replicar, pero lo corto alzando la mano—. ¿Dónde está Elmo? —pregunto.
Inspira profundamente por la nariz, exhala por la boca y esboza un falso amago de sonrisa.
—Hace un momento estaba en el gimnasio —contesta.
—Bien. —Me giro y, tras vaciar el contenido del vaso en mi boca, lo dejo sobre la mesa con un golpe sonoro. Al pasar junto a mi hermano le doy una pequeña palmada en el hombro—. Nos vemos en la cena —mascullo antes de salir del despacho.
No encuentro a mi sobrino en el gimnasio de la planta baja y tampoco en ninguna de las salas de estar.
Antes de aventurarme escaleras arribas, decido echar un vistazo en la cocina y al fin doy con él allí, además, acompañado por la persona que menos me esperaba, ni más ni menos que mi esquiva y huidiza esposa.
Me detengo antes de entrar y los observo. Ambos están sentados frente a la mesa, devorando lo que parece ser una enorme porción de tarta de chocolate.
—No sé si voy a ser capaz de terminarla —dice Elmo con la boca a rebosar de pastel.
Bianca lame el pequeño tenedor que está usando para comer y esboza media sonrisa. Al menos, ella traga antes de empezar a hablar.
—Tranquilo, yo puedo comer el resto sola —responde en tono de broma.
Intenta tirar del plato hacia ella, pero mi sobrino lo agarra y suelta una carcajada, haciendo que varios trocitos de pastel caigan sobre la mesa.
—De eso nada. Es de los dos.
Bianca deja que se acerque el plato y sonríe de oreja a oreja. Es extraño, nunca la había visto así, con los ojos tan brillantes y una expresión de verdadera diversión.
«Tal vez lo de tener un hijo no sea tan mala idea después de todo».
El pensamiento se hace eco en mi mente antes de que pueda frenarlo.
Enseguida me enderezo y sacudo la cabeza de un lado a otro.
Es la mayor estupidez que se me ha ocurrido nunca.
Si al final ella acepta mi propuesta, lo hará por pura conveniencia y dudo que algún día llegue a ser una buena madre.
Las mujeres como Bianca, tan superficiales y egoístas, no tienen ni una pizca de instinto maternal en su interior.