Lupara Bianca Capítulo 15
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Capítulo 15

Bianca

Golpeo el saco de boxeo con un puño y después cambio al otro de manera sucesiva. Cada puñetazo es más fuerte que el anterior, y también más rápido. Apenas siento ya los brazos y me falta el aliento cuando Romeo aparta el saco de mi alcance, obligándome a parar.

—Si sigues con esa intensidad, mañana no podrás moverte —dice, sujetándome por las muñecas.

Resuello con fuerza y sacudo la cabeza, haciendo que varias gotas de sudor salgan volando. Tengo el pelo empapado y pegado a la frente, mi ropa deportiva no se encuentra en mejores condiciones.

Esta mañana, después de llamar a Rina al internado y que ella me confirmara que, en tres meses, regresará a Nueva York, intenté dormitar un rato, pero apenas pude conciliar el sueño.

Vine directa al gimnasio que hay en la planta baja de la casa para quemar un poco de mi mal humor y, de paso, a ver si por obra divina de Dios, mientras me ejercito hasta el agotamiento, se me ocurre una forma de solucionar todo este lío.

Podría haber usado el gimnasio del ala privada que comparto con Luca, pero corría el riesgo de encontrarme con él y aún no estoy preparada para responder a su propuesta.

Sé lo que voy a hacer, pero no el «cómo».

Romeo me tiende una botella de agua y una toalla. Le lanzo una mirada de agradecimiento mientras me seco el sudor y después bebo hasta que no queda ni una sola gota en la botella.

—Quiero ir a la mansión y meterle un jodido tiro en la cabeza —digo, aún sin aliento.

Mi amigo no necesita que diga su nombre. Sabe que me estoy refiriendo a mi padre. Solo hay dos personas a las que sería capaz de matar con mis propias manos: Luciano Rossetti y mi propio esposo, aunque a ambos por distintos motivos.

—Lo sé, pero no puedes hacerlo.

Lanzo al suelo la botella vacía y la toalla, y subo la guardia. Romeo enseguida se da cuenta de lo que pretendo. Agarra un par de manoplas, se las enfunda y las coloca frente a mí.

—¿Por qué no puedo? —gruño, soltando un directo con la izquierda que resuena seco contra el cuero acolchado.

—Sube la guardia —me advierte, y justo cuando está a punto de golpearme con una manopla en la cabeza, lo bloqueo con los puños.

Sonríe y me hace un gesto para que vuelva a lanzar otro golpe—.

No puedes matar a tu padre porque, a ojos de la organización, te convertirías en una traidora.

—Lanzo un gancho con rabia que impacta de lleno en su manopla derecha.

—A veces pienso que es lo mejor. Solo así podré librarme de él. —Estoy a punto de golpear de nuevo, pero Romeo retrocede y me mira, frunciendo el ceño.

—Créeme, no es eso lo que quieres —afirma, y un destello de tristeza ensombrece su mirada.

Asiento y recupero mi posición. Él sabe mejor que nadie lo que es vivir cargando con el peso de la traición. Después de tantos años sigue pagando por los pecados de su padre, y eso es algo que nunca cambiará.

Volvemos al entrenamiento, pero esta vez mi amigo me hace esforzarme aún más, esquivando, dando pasos laterales y entrando y saliendo de su campo de golpeo.

En solo unos minutos vuelvo a estar jadeando de puro agotamiento y siento como si mis hombros pesaran toneladas.

Al ser tan baja, todos mis puñetazos son por encima de la cabeza, y eso es algo que acaba destrozándome las articulaciones.

—El muy hijo de puta me está obligando a tomar medidas desesperadas —resuello antes de bloquear otro golpe muy cerca de mi oído.

—¿Has pensado ya qué vas a hacer? —Muevo la cabeza de un lado a otro para esquivarlo, recupero mi centro de gravedad y le lanzo un rodillazo al costado.

Por supuesto, Romeo no tarda en leer mi intención y bloquea mi pierna con un golpe rápido. Me conoce demasiado bien como para tomarlo por sorpresa. Todo lo que sé sobre el uso de armas y defensa personal me lo ha enseñado él.

Recupero la guardia y doy pasos cortos mientras muevo mis doloridos hombros en círculos para desentumecerlos.

—No es que tenga demasiadas opciones. Aceptar la propuesta de Luca es la única manera de, al menos, ganar un poco de tiempo.

—¿Por el método tradicional? —pregunta en tono burlón.

Lanzo un jab corto, cuando él lo bloquea, doy un paso dentro e insisto con un uppercut directo a su mandíbula. Esta vez no consigue levantar la guardia a tiempo. Sonrío satisfecha mientras él hace muecas de dolor.

—¿Te siguen quedando ganas de burlarte de mí? —inquiero con una ceja arqueada.

—Vale, esa me la he ganado. —Se toca la barbilla medio sonriendo y niega con la cabeza.

—Escúchame bien: en el hipotético caso de que el mundo se extinguiera y que solo quedáramos Luca De Santis y yo en un planeta desértico, preferiría hacérmelo con un cactus.

—Me ha dolido solo de imaginarlo —comenta, arrugando los labios.

Ambos reímos y nos vamos hacia un lateral del gimnasio, donde, tras quitarnos los guantes y las manoplas, bebemos algo de agua en silencio.

—¿Nunca te has sentido atraída por él? ¿Ni una sola vez?

Estoy a punto de contestar con un «no» rotundo cuando a mi mente acuden varias imágenes no muy recientes.

La primera hace ocho años, en el invernadero de la mansión Rossetti.

«¿Qué posibilidades tengo de recibir un adelanto de nuestra noche de bodas ahora mismo?

», «Conozco mil formas de hacerte disfrutar sin que dejes de ser virgen, Diavuletta».

Casi puedo escuchar su voz en mi oído y notar su aliento cerca de mis labios.

La siguiente vez que sentí algo parecido fue justo después de casarnos, en la que se supone que era nuestra noche de bodas.

Jamás olvidaré la mirada encendida de Luca mientras me devoraba con los ojos.

«Vamos, incumple tu palabra. Te reto a que lo hagas», «Te llenaré tanto la boca que te resultará imposible sonreír».

Recuerdo que cuando se marchó esa noche sentí una sensación extraña.

Una parte de mí estaba entusiasmada con la idea de que Luca cumpliera sus amenazas.

Trago saliva con fuerza y sacudo la cabeza de un lado a otro para sacar esas estúpidas imágenes de mi mente.

Dos, esas fueron las veces que sentí una especie de ardiente y extraña atracción por mi esposo.

Y puede que esta mañana al verlo completamente desnudo…

Sí, tal vez me haya fijado más de la cuenta en cierta parte de su anatomía, que incluso en reposo aparentaba un tamaño bastante significativo.

«¡Mierda, detente, Bianca!».

—Nunca —digo, agachando la mirada tras carraspear.

Pasan unos segundos en los que intento librarme de esa sensación extraña que me calienta las entrañas. Sea lo que sea, no tardaré en erradicarlo, como hago con todo lo que no me conviene.

—Pues yo sí me lo follaría —suelta Romeo de pronto.

Alzo la cabeza de golpe y suelto una carcajada.

—Tú no cuentas. Te follarías a cualquiera —añado sin dejar de reír.

—¡Oye!, ese comentario me ofendería si no fuese verdad.

Ambos sonreímos. A Romeo le da igual que sea hombre o mujer mientras tenga un agujero por donde meterla, y si algo no le faltan son agujeros. Con ese cuerpo trabajado a base de ejercicio y su cara de rasgos angulosos, parece que hubiese sido esculpido por los mismísimos dioses.

—Por cierto, esta mañana fui a buscarte a tu dormitorio, pero no estabas. ¿No podías esperar para ver a tu…? ¿Qué es lo que sois exactamente?

—Nada —susurra, mirando a un lado y a otro con cautela.

Pongo los ojos en blanco. No hay nadie en el gimnasio, pero, aun así, Romeo siempre está alerta. Lo entiendo. Ya tiene bastante con haber heredado de su padre la etiqueta de traidor; si los hombres de esta casa se enteraran de la variedad de sus preferencias sexuales, le harían la vida imposible.

Me acerco más, esbozando una sonrisa traviesa, y le clavo el dedo índice en las costillas.

—¿En serio no vas a contarme quién es él?

—¿Qué te hace pensar que es un «él» y no una «ella»?

—Si se tratara de una de las chicas del servicio, no lo mantendrías tan en secreto, y, aparte de ellas, las únicas tres mujeres que vivimos en esta casa somos las señoras De Santis.

Yo estoy descartada. A pesar de tu amplio abanico de conquistas, dudo mucho que Stella…

—Hace una mueca de asco al escucharme mencionar el nombre de la madre de Luca—.

Entonces, la única que queda es Ilenia, la esposa de Vincenzo.

Frunzo el ceño y pierdo la sonrisa de golpe. Espero que no sea verdad.