Lupara Bianca Capítulo 14
22%

Capítulo 14

Luca

Estoy empapado, muy cabreado y con una resaca monumental. Menos lo último, todo es culpa de mi jodida esposa. A veces creo que Dios, el destino o el puto universo la ha creado especialmente para hacerme la vida imposible.

Estiro el brazo para coger el teléfono de la mesita de noche y compruebo la hora en la pantalla.

—Son las putas cinco de la madrugada —siseo entre dientes.

La muy perra se cruza de brazos y sonríe de manera chulesca.

—Lo siento, cariñito, ¿te he despertado?

Es una pena, aunque podría ser mucho peor.

Imagina que te hubiese obligado a coger un vuelo nocturno de más de nueve horas y a tu llegada descubrieras que ni siquiera me he molestado en enviar a alguien a recogerte en el aeropuerto.

Eso sí sería una gran putada, ¿no crees?

Mierda. No lo pensé. Tampoco es que anoche estuviese en condiciones de pensar demasiado.

Ni siquiera pude cenar con mi familia porque estaba demasiado borracho para presentarme ante mi madre.

Estoy seguro de que, si fuese otra persona la que estuviese delante de mí, no dudaría en disculparme o al menos excusarme por mi descuido, pero Bianca…

No, con ella no sirven las buenas palabras.

No se molesta en preguntar, solo juzga, condena y se venga por lo que ella cree que ha sido una afrenta personal.

Aparto la sábana de un tirón y me siento en el borde de la cama completamente desnudo. Durante unos segundos me dedico a frotarme el rostro para recuperar algo de nitidez mental. Entonces, alzo la vista y descubro que Bianca sigue justo delante de mí, con la misma expresión arrogante.

—Has llegado aquí por tu propia cuenta, ¿no? ¿Dónde está el maldito problema? —gruño antes de ponerme en pie.

Cuando estoy a punto de pasar por su lado, aparta la mirada.

—¿Puedes vestirte con algo más que los guantes? Se supone que no me has hecho venir solo para verte en pelotas.

No me molesto en responder a su provocación.

Solo camino hasta el vestidor y, una vez ahí, me cambio los guantes por otros limpios y me pongo un pantalón de algodón sin ropa interior.

Al regresar al dormitorio, encuentro a Bianca en el mismo lugar que la dejé.

Toda la puta habitación huele a su perfume.

—Tienes buen aspecto —comento, haciendo un gesto con la mano en su dirección.

Ella estrecha la mirada sobre mí con gesto confuso. Si bien es cierto que siempre está preciosa, no acostumbro a decírselo. Es más, creo que es la primera vez que lo hago desde que nos casamos.

—Luca, estoy sin dormir, agotada y siento unas ganas irrefrenables de quedarme viuda. Sea lo que sea que busques con este jueguecito, déjalo para otro momento. Dime por qué me has hecho venir hasta aquí con tanta prisa.

Esbozo media sonrisa y sacudo la cabeza de un lado a otro.

—Tú siempre tan directa… ¿No quieres desayunar antes? Me vendría bien un café.

Inspira hondo por la nariz y vuelve a cruzarse de brazos.

—Apuesto a que la chica que te follaste anoche estará encantada de prepararte uno; es más, seguramente se apunte hasta a comerte la polla por debajo de la mesa mientras tú desayunas tan tranquilo, pero eso será después de que me digas qué demonios quieres de mí.

Admito que una parte de mí siente una especie de admiración insana por la capacidad de Bianca para dar esas réplicas tan… ¿ingeniosas?, ¿directas?, ¿poco convencionales? Es valiente, decidida y no me teme; eso es algo que me gusta y odio al mismo tiempo.

—Siéntate si quieres —digo, haciendo un gesto con el dorso de la mano en dirección a la cama.

Bianca arruga la nariz con una mueca de asco.

—Creo que paso, gracias —responde cortante.

Respiro hondo y me preparo mentalmente para la conversación que estamos a punto de tener. Ni siquiera sé cómo plantearlo sin parecer un puto idiota. No puedo solo decirle: «Oye, he pensado que es buena idea que tengamos un hijo».

—Bien, como prefieras —digo tras exhalar con fuerza.

Me acerco a la mesita de noche y, tras sacar un cigarrillo del paquete, lo enciendo y le doy una calada larga.

Al menos el olor a tabaco sofocará ese jodido aroma floral que me está calentando la sangre—.

Te he pedido que vengas para hacerte una propuesta que creo que puede ser muy beneficiosa para ambos. Verás…

—Cuéntamela y yo decidiré si es o no beneficiosa para mí —replica.

Hago acopio de mi poca paciencia y le lanzo una mirada no muy amistosa. Pocos hombres se atreven a hablarme en ese tono. De hecho, si no la necesitara para cumplir con los malditos caprichos de su padre, le daría una jodida lección solo por hablarme con tan poco respeto.

—Eso es lo que pretendo. ¿Me dejas o vas a seguir interrumpiéndome?

—Pone los ojos en blanco a modo de respuesta, así que decido continuar—.

Ayer me reuní con tu padre y tuvimos una charla bastante interesante.

Él cree que nuestro matrimonio no es lo bastante sólido porque después de dos años casados aún no le hemos dado un heredero.

Suelta una carcajada y niega con la cabeza.

—Me importa tanto lo que piense mi padre como lo que puedas pensar tú, absolutamente nada. ¿En serio he hecho el viaje con tanta urgencia para que me hables de los delirios de un viejo?

—No son delirios, Bianca. Tiene razón, y estoy seguro de que no solo él lo ha pensado. Apenas comparecemos juntos en actos públicos y tú pasas la mayor parte del tiempo viajando.

—Eso fue lo que acordamos, ¿recuerdas? Yo obtuve mi libertad y tú ser el yerno y sucesor de Luciano Rossetti. Para eso sirvió todo lo del matrimonio.

—Bueno, yo no tengo lo que quería, aún no. —Estrecha su mirada sobre mí con desconfianza. Tomo una respiración profunda y decido soltarlo de una vez—. Quiero que renegociemos los términos del acuerdo. Necesito que tengamos un hijo.

Se queda callada unos segundos y después vuelve a reír a carcajadas. Me contengo para no zarandearla o, mejor aún, podría estrangularla con mis propias manos. Eso sería divertido. Espero a que se calme en absoluto silencio, aunque no puedo evitar mirarla con dureza.

—Como broma es muy buena, De Santis —dice con un hilo de voz cuando al fin deja de reír.

—No estoy bromeando.

Clava su mirada en la mía y una de las comisuras de su boca se estira, creando una especie de sonrisa macabra.

Sus ojos verdes brillan de pura satisfacción.

La muy perra se lo está pasando en grande a mi costa.

Sorprendiéndome, da un par de pasos en mi dirección y alza la cabeza para no romper el contacto visual.

—Estás totalmente desesperado, ¿verdad? —pregunta en tono burlón.

Expande más su sonrisa y se muerde el labio inferior—.

A ver si lo adivino, mi querido papi se niega a dejarte participar en los negocios familiares a no ser que le demuestres que eres uno de los suyos, y, para ello, debes darle un heredero. ¿Me equivoco?

—Estás disfrutando con esto, ¿verdad? —siseo con la mandíbula apretada.

Se aparta el pelo de la frente con un golpe de cabeza más que ensayado y asiente.

—No te imaginas cuánto.

—Respecto al trato…

—Luca, no voy a dejarme preñar por ti. Me importa una mierda lo que hayas hablado con mi padre. Los términos que acordamos siguen vigentes y no tengo ninguna intención de rene­gociarlos. Eres un hombre con recursos. Estoy segura de que encontrarás la forma de salirte con la tuya.

—Estoy de acuerdo contigo, podría buscar otra manera, pero mi tiempo es limitado.

—¿A qué te refieres? —inquiere, arqueando una ceja sin dejar de sonreír.

Le doy una última calada al cigarrillo y me acerco a la mesita de noche para aplastar la colilla contra el fondo del cenicero.

—Tu padre está emperrado en tener un heredero, y no le importa cuál de sus dos hijas sea la que se lo dé.

—¿Cómo dices?

Observo con atención cómo su sonrisa maliciosa se desvanece poco a poco mientras va asimilando mis palabras. Esa era justo la reacción que estaba esperando. Me acerco a ella despacio, invadiendo su espacio personal, y esta vez soy yo el que sonrío.

—Ahora eres tú la que parece desesperada, Diavuletta —susurro—. Supongo que ya estás lista para renegociar los términos de nuestro acuerdo.

Frunce el ceño y sacude la cabeza de un lado a otro.

—No puede ser. Rina es solo una niña y está en el internado.

—Por lo visto, vuestro padre piensa que dieciséis años son suficientes para convertirse en esposa y madre. Su intención es ofrecerle su mano a Filipo Santoro.

—¡¿Qué?! —exclama—. ¿El hermano de Camilla? No puede hacer eso.

—Lo hará si tú y yo no le damos lo que quiere. Así que, dime, ¿cuándo crees que podemos empezar a buscar una clínica? He pensado en la inseminación artificial para no incumplir tus condiciones, aunque, si prefieres hacerlo de la manera tradicional, no tengo inconveniente.

Me lanza una mirada fulminante que recibo sonriendo. Me encanta que las tornas hayan cambiado y ahora sea ella la que esté contra las cuerdas. El que ríe último…

—Por encima de mi cadáver —masculla entre dientes.

—No, Diavuletta, te necesito viva para que cargues con nuestro pequeño retoño durante nueve meses. Después ya decides tú lo que quieras hacer. ¿Busco la clínica o…? —Antes de que pueda terminar la pregunta, da media vuelta y empieza a caminar hacia la salida—. ¡¿Dónde demonios vas?

—¡A dormir!

—¡Estamos hablando, Bianca! —grito cuando ya casi se ha ido.

—Habla solo. Con lo mucho que te gusta escucharte a ti mismo, no será un problema —masculla antes de salir y cerrar la puerta con un golpe sonoro.

En cuanto me quedo a solas, empiezo a reír a carcajadas y me dejo caer de espaldas sobre el colchón. Puede que Bianca me saque de mis casillas como nadie es capaz de hacerlo, pero admito que devolverle cada golpe resulta increíblemente satisfactorio y entretenido.