Capítulo 13
Bianca
La llamada se corta y me quedo mirando la pantalla del teléfono durante varios segundos sin terminar de asimilar la conversación tan surrealista que acabo de tener con mi querido maridito.
—¿Qué pasa? —Un brazo ancho rodea mi cintura y enseguida noto su aliento en mi cuello.
Me giro un poco en la cama y tiro de la sábana para cubrir mis pechos desnudos antes de responder.
—Estoy casada con un tarado, eso es lo que pasa.
Ryan sonríe y sus ojos color ámbar se entrecierran.
—Eso ya lo sabíamos. ¿Qué es lo que quiere?
Exhalo con fuerza. No sé cómo, pero el muy cabrón es capaz de arruinarme el día o, en este caso, la noche, estando incluso a casi seis mil kilómetros de distancia.
—Tengo que volver a casa —digo, y me pongo en pie para empezar a recoger mi ropa, que está desperdigada por el suelo de toda la habitación.
—Espera, ¿te marchas ahora?
Asiento.
No me molesto en ponerme la ropa interior, solo me enfundo el vestido rojo que llevaba al inicio de la noche.
—Debo estar en el aeropuerto en dos horas.
—Espera, te ayudo.
Al ver que me está costando subir la cremallera del vestido, Ryan se levanta y me hace girarme. Enseguida noto sus manos en mi espalda. Suspiro cuando termina de subir la cremallera y dejo que me abrace desde atrás.
—Lo que menos me apetece es volver con mi marido y su familia. Además, me pareció que estaba borracho cuando me llamó.
—Entonces, quédate conmigo. —Mordisquea mi oreja y sonrío, negando con la cabeza.
—Ya sabes que no puedo. Debo ponerme en marcha o no llegaré a tiempo para coger ese avión.
Me aparto y toma asiento en el borde de la cama. No deja de mirarme mientras me pongo los zapatos.
—¿Cuándo volveré a verte? —pregunta.
Me enderezo y echo un vistazo al espejo que hay en la habitación. Tengo el pelo alborotado y los labios hinchados, pero no es nada que no pueda arreglar con una ducha rápida.
—Te llamaré pronto —contesto mientras me peino con los dedos.
—Siempre dices lo mismo y paso semanas sin saber nada de ti.
Me doy la vuelta y camino en su dirección con rapidez, me inclino hacia delante y deposito un beso fugaz sobre sus labios.
—No voy a disculparme por cumplir con mis obligaciones, Ryan. Tenemos un…
—Lo sé, lo sé —dice, cortándome tras resoplar—. No quiero que pienses que te estoy presionando.
—¿No lo estás haciendo?
Arqueo una ceja y él vuelve a sonreír.
—Bueno, puede que un poco. —Golpeo su hombro despacio—. No puedes culparme. Llevo mucho tiempo esperando por esto.
Lo beso de nuevo y me enderezo.
—Prometo que te llamaré en cuanto pueda. Ahora tengo que irme.
Asiente, y, tras despedirme con la mano, cruzo la puerta que separa su habitación de la mía y encuentro a Romeo durmiendo en mi cama, abrazando un bol de palomitas a medio terminar.
Sonrío y, tras quitarme un zapato, se lo lanzo a la altura del pecho.
Se despierta sobresaltado y da un brinco, haciendo que las palomitas se derramen por todas partes.
—¡¿Qué pasa?! —Mira a un lado y a otro con los ojos muy abiertos y gesto asustado.
—Tranquilo, Rambo. No hay ningún peligro —me burlo entre risas.
Estrecha la mirada sobre mí y después en la puerta por la que acabo de cruzar.
—¿Tú no ibas a pasar toda la noche con el adonis rubio? ¿Qué haces aquí?
Pierdo la sonrisa de inmediato y luego hago una mueca de desagrado.
—Cambio de planes. Tengo que volver a Filadelfia. En dos horas cogemos un vuelo. ¿Puedes bajar a la recepción del hotel y encargarte de la salida? —Asiente—. Yo voy a darme una ducha rápida, haré las maletas y nos vemos en el vestíbulo.
Tras asentir, Romeo abandona el dormitorio.
Tardo poco más de media hora en reunirme con él y, tras subirnos al coche, salimos en dirección al aeropuerto de París-Charles de Gaulle.
Llegamos justo a tiempo para embarcar en un vuelo que resulta ser comercial, aunque, por suerte, no está demasiado concurrido.
Sin embargo, soy incapaz de pegar ojo en toda la noche, incluso con Romeo sentado a mi lado.
No me gusta dormir rodeada de desconocidos, nunca lo hago, por eso prefiero viajar en avión privado.
Nueve agotadoras horas después, aterrizamos en el aeropuerto internacional de Filadelfia y descubrimos que el imbécil de mi marido no ha enviado a nadie a buscarnos.
Por suerte, Romeo actúa con rapidez y consigue un coche para que podamos trasladarnos al que se supone que es mi hogar desde hace dos años, aunque yo no lo siento así en absoluto.
Poco después de las cinco de la madrugada, estamos entrando en la casa.
Me despido de mi amigo y guardaespaldas antes de subir las escaleras hacia la primera planta y voy directa al ala privada que comparto con Luca.
Estoy agotada, tengo sueño y lo que menos me apetece es aguantar sus gilipolleces, pero, al adentrarme en el pasillo y ver varias prendas de ropa femenina esparcidas por el suelo, una oleada de rabia me sacude de pies a cabeza.
Abro la puerta de su dormitorio de un tirón y lo encuentro en la cama, durmiendo con una chica a su lado.
El muy hijo de puta me ha hecho volar toda la noche mientras él se divertía follando con una cualquiera.
Ni siquiera sé por qué me sorprende. A veces creo que disfruta haciéndome la vida imposible.
Veo un vaso de licor a medio beber sobre la mesita de noche; ni siquiera lo pienso antes de cogerlo y volcarle el contenido en toda la cara. Luca da un respingo y se incorpora con un jadeo ahogado. La mujer que está a su lado también se despierta y me mira asustada.
—Tú —la señalo con el dedo índice—, fuera de aquí.
Se queda muy quieta, mira a Luca y después a mí otra vez. Él, sin embargo, no aparta la vista de mi rostro. Parece cabreado. Bien, yo también lo estoy.
—Vete —gruñe sin mirar a la chica.
Esta se da por aludida, ya que enseguida se levanta de la cama y se marcha de la habitación sin ni siquiera molestarse en cubrir su cuerpo desnudo. En cuanto nos quedamos a solas, Luca se seca el rostro con la sábana y vuelve a lanzarme una mirada dura.
Esto no pinta nada bien. Tengo la sensación de que se avecina una nueva batalla, aunque estoy convencida de que en esta ocasión saldré vencedora. No puede ser de otra manera. Si dejo que Luca De Santis me doblegue una sola vez, sé que ya no habrá vuelta atrás.