Capítulo 12
Luca
Consigo controlar mi rabia a duras penas y fuerzo una sonrisa. Ahora mismo no me conviene perder los papeles. Necesito que Rossetti entre en razón.
—Filipo es solo un crío sin ninguna experiencia. Tardará años en poder manejar los negocios de su propia familia.
—No tengo prisa. Puede ir aprendiendo poco a poco. Es más, yo mismo lo adiestraré. Tal vez, cuando llegue el momento de retirarme, ya me hayan dado un heredero y entonces sabré que mi familia quedará en buenas manos en el momento de mi muerte.
—¿Crees que conmigo no estará en buenas manos? —inquiero con la mandíbula apretada.
—No lo sé, De Santis. Hace ya dos años que te casaste con mi hija. Según tengo entendido, apenas os veis, y hasta ahora no me habéis dado un heredero. Si quieres mis negocios, quizá deberías empezar a demostrar que puedes hacerte cargo de todo en mi ausencia.
¡¿Un heredero?! ¿Cómo demonios voy a darle un heredero si nunca he tocado a su hija?
Desde que nos casamos, dudo que hayamos pasado en total más de una semana juntos.
Me acompaña a algunos eventos en los que su presencia es indispensable, como fiestas o reuniones en las casas de otros cabezas de familia de nuestra organización, también viajamos cada año a Sicilia para la celebración del cumpleaños de nuestro capo, pero, cuando las obligaciones se terminan, ella regresa a Europa o a donde quiera que le apetezca ir.
Apenas nos hablamos, y cuando lo hacemos no es de buena manera.
La simple idea de tener un hijo con ella resulta ridícula.
Además, va en contra de una de las condiciones del trato que hicimos antes de casarnos.
Bianca me hizo prometer que no habría sexo entre nosotros.
Bueno, en realidad, solo prometí que no la tocaría a no ser que ella me lo pidiera, pero eso no va a suceder.
No me soporta, y el sentimiento es mutuo, aunque admito que a mí no me importaría follarla.
He estado deseando hacerlo desde hace muchos años.
Tras terminar mi copa, me despido y salgo de la mansión de los Rossetti sin poder dejar de pensar en una solución para este nuevo problema.
No puedo permitir que Rossetti y Santoro se salgan con la suya.
Además, le prometí a Kincaid acceso al puerto de Nueva York y últimamente nuestra relación está más tensa de lo habitual porque aún no lo he conseguido.
Nada más entrar en la parte trasera del todoterreno, espero a que el conductor arranque y marco el número de Kincaid. Contesta al tercer tono.
—De Santis, llevo semanas sin saber nada de ti. ¿Me llamas para decirme que ya tienes el puerto o vas a pedirme un nuevo favor?
Inspiro hondo y me pinzo el puente de la nariz.
—Necesito que nos reunamos —respondo con una exhalación.
—Ahora mismo es imposible. Estoy fuera del país cerrando un par de negocios. ¿Puedes decirme, al menos, de qué tratará esa reunión?
—Has intercedido en una operación muy importante.
—¿Te refieres al cargamento de armas que teníais planeado enviar a Europa? Lo siento, colega. Le hice una oferta mucho más interesante que la vuestra al cliente y este la aceptó. No te lo tomes como algo personal. Solo son negocios.
—Teníamos un trato.
—Sí, y yo lo he cumplido. Te entregué a la hija de Rossetti en bandeja, he sacado a todos mis hombres de tu territorio y estoy atosigando a tus mayores enemigos.
—Los que tú llamas «enemigos» son también mis socios. Tienes que cancelar esa operación. Rossetti no me cederá el puerto si no logro recuperar al cliente.
—¿Ahora eres su chico de los recados? —pregunta en tono burlón.
Aprieto el teléfono con fuerza contra mi oreja mientras noto que la rabia me sube por el cuello.
—Escúchame bien, maldito hijo de puta. Voy a darte el puerto. Cumpliré con mi parte del trato, pero para ello necesito que canceles la operación.
—No es necesario que te alteres, De Santis. ¿Dices que solo tienes que recuperar el cliente para conseguir el puerto?
«Sí, y también que Bianca se quede embarazada por la gracia de Dios», pienso, aunque no lo verbalizo. Ese es un problema que solo yo puedo resolver.
—Habla con el cliente y cancela la operación. Yo me ocupo de todo lo demás —gruño, y desconecto la llamada.
El viaje de vuelta a casa se me hace eterno, pensando en la manera de contentar a Luciano Rossetti sin tener que incumplir el trato que hice con su hija.
Aunque estuviese dispuesto a romper ese acuerdo, ¿qué voy a hacer?
No puedo forzarla a que se acueste conmigo.
Tal vez, si hablo con ella y le planteo el problema…
No, dudo que tenga alguna intención de ayudarme.
Ella ya ha sacado lo que quería de este matrimonio.
Vive como le apetece, viajando y gastando más dinero del que nunca creí posible sin dar explicaciones a nadie.
Bianca tiene su libertad, eso fue lo que le prometí.
Al llegar a casa, me encierro en mi despacho y bebo una copa tras otra.
Me salto la comida y solo sigo bebiendo y pensando en una solución para el enorme problema que tengo entre manos.
Cuando ya ha anochecido, y con la mente algo nublada por el alcohol, saco mi teléfono y busco el número de Bianca en la agenda.
Suena el primer tono justo cuando una de las chicas que se encargan de la limpieza de la casa toca a la puerta.
Le hago un gesto con la mano para que entre y me dejo caer en el sofá de cuero negro que ocupa una de las paredes del despacho.
Por un momento pienso que no va a cogerlo, pero entonces escucho su voz al otro lado de la línea.
—¿Luca? —susurra.
—Necesito que vuelvas enseguida.
Tarda unos segundos en hablar. Echo un vistazo a la pantalla y veo la hora. Son las siete de la tarde, con las seis horas de diferencia, en Francia ya es medianoche. Seguramente la he despertado.
—¿Qué ha pasado? ¿Es mi hermana o mi padre? ¿Le ha pasado algo a alguno de ellos? —Casi me arrepiento de haberla llamado. Parece realmente preocupada.
—No, es solo… —Bufo y me pinzo el puente de la nariz.
No puedo flaquear ahora. Estoy más cerca que nunca de lograr el sueño de mi padre. Además, Bianca ha pasado los últimos dos años viviendo como una jodida reina. Ya es hora de que empiece a comportarse como lo que es, mi esposa y una De Santis. Necesito su ayuda para esto.
—Luca, ¿me llamas a esta hora por algún motivo en particular o solo pretendes tocarme las narices?
Al escuchar su tono prepotente y descarado, todas mis dudas se desvanecen de golpe. No le debo nada a ella ni a su padre. Si tengo que destruirlos a ambos para lograr mis objetivos, no dudaré en hacerlo.
—He dicho que vuelvas y punto. En dos horas sale un vuelo de París. Más te vale llegar a tiempo.
—Pero ¡qué mierda…! —Antes de que pueda terminar la frase, ya he colgado la llamada y estoy lanzando el teléfono sobre la mesa baja que hay frente a mí, con tan mala suerte que golpeo el vaso y acabo derramando su contenido.
La chica, que ha estado presente durante la llamada, se acerca deprisa y empieza a limpiar el desastre en silencio. Bufo con fuerza y chasqueo los dedos para llamar su atención.
—¿Necesita algo, Don? —pregunta.
—Sírveme otra copa.
Asiente y, mientras se aleja, mi mirada va a parar a su trasero enfundado en una falda de uniforme que le llega a la mitad de los muslos.
Tengo la sensación de que ya me he follado ese culo antes, pero no estoy seguro.
Existe esa posibilidad. Me he acostado con varias chicas del servicio.
Si me ponen las tetas en la cara, no seré yo quien diga que no.
En cuanto regresa con un vaso medio lleno de licor, me lo tiende y esboza una pequeña sonrisa.
—¿Algo más, Don?
—Sí, quiero que, cuando termine de cenar con mi familia, me estés esperando en mi dormitorio, desnuda, bocabajo sobre el colchón y con ese precioso culo en pompa. ¿Puedes hacer eso por mí?
Un brillo travieso ilumina su mirada y asiente, mordiéndose el labio inferior.
Supongo que ya tengo un plan para esta noche. Mañana, cuando despierte, ya me enfrentaré a todo lo demás, empezando por la llegada de mi queridísima esposa. Tengo tantas ganas de verla como de que me arranquen las uñas de los pies con unos alicates.