Capítulo 11
Luca
Dos años después
A veces me pregunto si existe alguien en la tierra con la capacidad de sacarme de mis casillas más que mi esposa, pero entonces me veo como ahora, encerrado en un despacho con su padre, y me doy cuenta de que esa posibilidad es muy real.
Luciano Rossetti es, sin duda, el hombre más desesperante e intransigente que he conocido nunca.
Lo observo mientras se mueve de un lado a otro de la habitación.
A mi lado, Adriano Valente le da pequeños tragos a su copa de licor en absoluto silencio.
Ya estoy acostumbrado a que nunca tome parte en nuestros interminables debates.
A pesar de que estamos emparentados, sabe muy bien que no le conviene tener a los Rossetti de enemigos.
—Tu sugerencia es absurda y está totalmente fuera de lugar —se queja Luciano—. No voy a negociar con esos salvajes. Los echaré de mi territorio a la fuerza.
—Creo que eso ya lo estás intentando, Rossetti, y no con demasiado éxito —comento en tono jocoso.
Se detiene de golpe y me lanza una mirada dura, aunque enseguida la aparta. Al muy hijo de puta le gusta llevarme al límite, pero jamás lo ha sobrepasado. Puede que mi familia ya no disponga del mismo estatus que tenía cuando mi padre vivía, pero soy el maldito Don de Filadelfia y debe respetarme.
—¿Te hace gracia esta situación? Te recuerdo que el treinta por ciento de los beneficios que nos han quitado te pertenecen a ti.
—Lo sé, y es una gran pérdida, pero van a seguir robándonos negocios en nuestras putas narices si seguimos así. Los irlandeses han venido para quedarse, cada vez se hacen más fuertes y, por más que lo intentamos, no logramos sacarlos de nuestros territorios. La mejor opción es negociar con ellos.
Antes de responder, Rossetti cruza un par de miradas con Pietro Santoro, el Don de Miami y principal culpable de la muerte de mi padre.
—En la Cosa Nostra resolvemos los problemas entre los nuestros. Siempre ha funcionado así.
—Tal vez sea el momento de cambiar las cosas —replico—.
Ahora son los irlandeses, pero mañana pueden ser los rusos o cualquier otra mafia.
Siempre nos van a llevar ventaja porque se asocian entre ellos mientras nosotros, como mucho, hacemos algunos negocios con otras organizaciones de origen italiano.
Si no nos adaptamos, acabaremos perdiendo todo por lo que nuestros antepasados lucharon.
—Es curioso, tu territorio, que hace solo un par de años estaba completamente invadido por esos cerdos, ahora apenas sufre su ocupación. ¿Hay algo que quieras contarnos, De Santis? —inquiere Santoro.
Me levanto de golpe y pongo la mano sobre la empuñadura de mi pistola. No voy a permitir que ponga en duda mi lealtad, aunque tenga motivos para hacerlo.
—¡¿Me estás acusando de algo?! —exclamo, alzando la voz.
Santoro no responde y por su expresión puedo notar que se ha puesto en guardia.
Odio cómo Rossetti le está dando participación en muchos de nuestros negocios.
Antes solo éramos los De Santis, los Valente y los Rossetti quienes nos asociábamos para hacer frente a grandes negocios, la mayoría de ellos de venta y transporte de armas, drogas o dinero, pero ahora el hijo de puta de Santoro también participa en las grandes operaciones, aunque con un menor porcentaje.
—Tranquilicémonos todos. —Adriano media entre ambos para apaciguar los ánimos. Le hago caso, aunque no vuelvo a mi asiento y sigo conteniéndome para no matar al puto Santoro.
Se supone que, a estas alturas, yo ya debería tener el control de varios de los negocios principales de Rossetti, pero el muy cabrón sigue resistiéndose a cederme territorio.
Al contrario, tengo la sospecha de que intenta meternos a Santoro en medio para hacerme a un lado, y eso no voy a permitirlo.
Seguimos discutiendo durante un buen rato más sin ser capaces de llegar a ninguna solución.
Al final, termino ofreciéndome voluntario para reunirme con el cliente y renegociar los términos del trato.
El gran plan de Rossetti es bajar los precios, de forma que resulta casi insultante, solo para contrarrestar el ataque de los irlandeses.
El muy idiota no entiende que eso solo los hará más fuertes, aunque tal vez sea algo que pueda usar a mi favor.
En cuanto la reunión llega a su fin, Santoro y Valente se marchan, pero yo decido quedarme en el despacho para tomar una copa más con Rossetti.
—Supongo que, si no te has ido aún, es porque quieres algo de mí, ¿cierto? —comenta, sentándose en su sillón al otro lado de la mesa.
—No estoy de acuerdo en bajar los precios. Eso nos hará perder credibilidad con el cliente.
—Eso ya lo has dejado claro, De Santis. —Coloca el vaso sobre la mesa y me mira directamente a los ojos—.
Puede que nunca nos llevemos bien. Tú eres impulsivo, cuando se te calienta la sangre no piensas con claridad y eso te lleva a cometer errores, pero sí creo que eres un gran negociador.
Te haces respetar y eso lo admiro. —Exhala despacio por la nariz y vuelve a coger el vaso—.
Recupera a ese cliente sin bajar demasiado los precios y es posible que mi opinión sobre ti cambie.
—¿Qué demonios quieres decir con eso? No necesito tu admiración ni mucho menos tu condescendencia.
Le da un trago largo al licor y esboza media sonrisa.
—¿Ves? A eso me refiero. La sangre caliente te nubla el juicio. ¿Crees que soy idiota? Llevas dos años intentando quedarte con parte de mis negocios, eso sí que es ser condescendiente, y yo no he dicho ni hecho nada al respecto.
—Tampoco lo he ocultado, Rossetti. Es posible que esta afirmación te sorprenda, pero nadie vive eternamente. Al fin y al cabo, somos familia. Como tu único yerno, acabaré haciéndome cargo de todos tus negocios cuando ya no estés con nosotros.
—Familia… —susurra, dándole vueltas al contenido ambarino del vaso—. Por cierto, ¿dónde está mi hija? Londres, Milán…
—París —respondo.
Me paro un segundo a pensar si la información es correcta. Creo que la última vez que hablé con ella me dijo que iría a la Semana de la Moda de París, aunque no estoy del todo seguro.
—París —repite—. Ha pasado los últimos dos años viajando de un lado a otro, viviendo como si fuese una mujer soltera.
—Cuidado, Rossetti, estás hablando de mi esposa —le advierto—.
Si ella disfruta viajando, yo no tengo ningún problema con ello.
Se comporta como la señora De Santis, sin escándalos ni problemas.
Ha sido un gran cambio en cuanto a su actitud cuando aún estaba bajo tu cargo.
Al menos yo sí he conseguido controlar su comportamiento inapropiado.
Aprieta el vaso con fuerza, pero no pierde los estribos. En eso tiene razón, soy mucho más impulsivo que él. Jamás permitiría que nadie me cuestionara de esa forma sin, como mínimo, amenazarlo de muerte.
—¿Crees que, porque controlas el comportamiento de mi hija, estás capacitado para hacerlo también con mis negocios?
—Ponme a prueba. Hagamos algo, si consigo recuperar al cliente que hemos perdido con un porcentaje de beneficios superior al pactado originalmente, me cederás el acceso al puerto de Nueva York y todas las operaciones que pasen por allí.
Estrecha la mirada sobre mí y parece sopesarlo durante unos segundos antes de responder.
—Quieres el puerto, eso ya me lo esperaba. Sin embargo, nada me garantiza que, en el caso de que consigas lo que has propuesto y te ceda ese territorio, no termines volviéndote en mi contra. Soy viejo, pero no estúpido.
—¿Por qué querría sacarte de en medio? Somos familia.
—¿Lo somos? —Arquea una ceja y se inclina hacia delante, colocando los codos sobre la mesa—. Hasta ahora solo hay un certificado de matrimonio que une a nuestras familias. Es un simple papel. Además, también tengo que pensar en mi otra hija.
—Caterina es solo una niña —comento, frunciendo el ceño.
—Ya casi ha cumplido los dieciséis y muy pronto regresará del internado. He estado pensando en la posibilidad de buscarle marido cuando esté de vuelta en casa. Filipo Santoro es un buen candidato.
¡¿El puto hijo de Pietro Santoro?! ¡Hijo de puta! Ahora entiendo su insistencia en incluirlo en nuestros negocios. Pretende que el Don de Miami ocupe mi lugar. Eso solo sucederá por encima de mi cadáver.