Lupara Bianca Capítulo 10
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Capítulo 10

Luca

Bianca me observa casi sin pestañear. No parece contenta. Bien, porque yo tampoco lo estoy. Hicimos un trato y ella no ha tardado ni doce horas en romperlo.

—¿Qué os pasa en esta casa con entrar a las habitaciones sin llamar? Existe algo llamado intimidad. No sé si te suena de algo, De Santis.

¡La madre que la parió! ¿En serio va a ponerse digna conmigo? Acabo de atraparla medio desnuda en su dormitorio con Serra. ¿Cómo puede ser tan hipócrita?

Me giro y señalo a Serra con la barbilla.

—Tú, largo de aquí, y que sea la última vez que te vea en cualquier dependencia privada de la casa. El lugar del personal es la planta baja. Nadie sin autorización puede pasar de ahí.

—Tranquilo, si te necesito gritaré —susurra ella.

Parece querer replicar. Sin embargo, tras un gesto de Bianca, termina asintiendo y se marcha sin decir ni una sola palabra. En cuanto nos quedamos a solas, me giro de nuevo y le lanzo a mi esposa una mirada poco amigable.

—Tenemos un trato. Estás en mi casa y aquí debes cumplir mis normas.

—¿De qué normas hablas?

—Decoro y respeto, Bianca. No permitiré que te diviertas con uno de tus amantes a solo unos pasos de mi dormitorio. Haz lo que te dé la gana fuera de esta casa, pero aquí te exijo que te comportes como lo que eres, mi esposa.

Durante unos segundos no dice nada, y cuando creo que va a disculparse o gritarme, no lo tengo demasiado claro, me sorprende al echarse a reír a carcajadas.

No es una risa falsa y comedida como le he escuchado otras veces.

No, está partiéndose de risa delante de mis narices y, por algún extraño motivo, yo no soy capaz de dejar de mirarla.

Su cabello rubio está más oscuro por la humedad y no lleva ni una pizca de maquillaje en el rostro.

Una gota de agua le resbala por su sien, le recorre la barbilla, desciende por su cuello y sigue el recorrido por el centro de su pecho hasta perderse bajo la tela esponjosa del albornoz.

Varias imágenes se suceden en mi mente a la vez.

Veo a Bianca tumbada sobre la cama. Mis manos tirando de los bordes de la prenda para abrirla y dejar al descubierto sus pechos.

El aroma de su perfume nublando mis sentidos…

Me imagino sus pezones suaves al tacto y rosados. ¿A qué sabe su piel? ¿Y su…?

—¡Luca! —Su grito me saca de mi ensoñación de golpe y me obligo a mirarla a los ojos.

—¿Qué?

¡¿Estoy empalmado?! ¡Joder, estoy empalmado! ¿Qué mierda acaba de pasar?

—¿Me estabas mirando el escote?

Sin poder evitarlo, vuelvo a dirigir la vista a la porción de piel que deja al descubierto el albornoz. Alcanzo a ver la parte superior de sus pechos antes de regresar la mirada a su rostro.

—¡Claro que no, joder!

Se cruza de brazos y arquea una ceja con gesto arrogante.

—Pues a mí me lo ha parecido. Espero que te haya quedado claro que entre tú y yo nunca, jamás, va a pasar nada. Puedes mirarme todo lo que quieras, pero ni si te ocurra ponerme un dedo encima.

Bufo con fuerza mientras hago verdaderos esfuerzos para que no se me note lo cachondo que estoy. Bianca solo tendría que echar un vistazo a la altura de mi entrepierna para notar el bulto que se marca bajo el pantalón.

—Descuida, no tengo ninguna intención de tocarte. Es más, estaría encantado si no tuviese que volver a verte, pero las cosas son como son. Además, por lo bien acompañada que estabas cuando llegué, deduzco que te sobran candidatos para cubrir tus necesidades.

—Eso es cierto —se mira las uñas con chulería y vuelve a sonreír—, aunque puedes estar tranquilo.

No es que te deba ninguna explicación, pero como gesto de buena voluntad, y para que te quede claro que yo sí cumplo mi palabra, te informo de que Romeo y yo no somos amantes.

Él es mi guardaespaldas y mi amigo. Nuestra relación es fraternal.

Lo veo como a un hermano mayor. Él cuida de mí y siempre está ahí cuando lo necesito.

—Bien.

—Bien —repite, mirándome a los ojos—. ¿Puedes irte ya o voy a tener que cambiarme de ropa delante de ti? No creo que eso te ayude mucho con tu pequeño problemita. —Señala con el dedo índice a la altura de mi entrepierna y su sonrisa se convierte en una mueca maliciosa.

¡Hija de puta! ¿De verdad cree que puede burlarse de mí? Si no la necesitara para acceder a los negocios de su padre, la echaría a patadas ahora mismo. Por un segundo me planteo hacerlo. ¡A la mierda las consecuencias! Esta niña malcriada no va a venir a humillarme en mi propia casa.

La alcanzo en un par de zancadas y la sujeto con fuerza por la nuca.

—Voy a advertirte solo una vez, Bianca . Sigue provocándome y te demostraré cómo de tarado y… —Ladeo la cabeza y estiro los labios mientras ella me sigue mirando fijamente, aunque no parece asustada ni intimidada—. ¿Un psicópata de manual? Así fue como me definiste hace seis años, ¿verdad?

—Me reafirmo. Eres un puto tarado. Suéltame —pide, o más bien exige.

Acerco mi rostro al suyo hasta que mis labios hacen contacto con la piel que rodea su oreja. Inspiro hondo y su perfume floral invade mi nariz. Me gusta su olor. Es muy… apetecible. Mi polla se sacude en respuesta.

—Vamos, incumple tu palabra. Te reto a que lo hagas. —Deslizo la nariz por su mejilla en una leve caricia hasta que vuelvo a mirarla a los ojos—. Rompe el trato de alguna manera y lo primero que haré será borrar esa sonrisa engreída de tu boca.

—¿Y cómo piensas hacer eso? —pregunta con una exhalación.

Su aliento caliente golpea mi boca y, por una milésima de segundo, me siento tentado a depositar mis labios sobre los suyos.

—Te llenaré tanto la boca que te resultará imposible sonreír. —Sus pupilas se dilatan y me resulta evidente que contiene el aliento. ¿La he puesto nerviosa? Bien, ahora me toca a mí sonreír—. Ya ves, Diavuletta, tal vez la solución a mi pequeño problema sea más sencilla de lo que crees.

—Apártate, Luca —susurra, empujándome por el pecho, pero apenas ejerce fuerza—. No voy a acostarme contigo ni hoy ni nunca.

—¿Estás segura?

Asiente de inmediato.

La suelto y retrocedo un par de pasos de espaldas.

—Entonces, más te vale portarte bien y respetar el trato porque solo necesito un motivo para entrar en tu dormitorio en mitad de la noche y follarte hasta que no puedas ni caminar.

Veo que su garganta se mueve al tragar saliva con fuerza y alza la barbilla de manera desafiante.

Intenta recomponer su fachada de mujer dura e inaccesible, pero yo sé lo que he visto hace solo un instante.

Sus ojos brillaban de puro deseo. Lava candente recorría sus venas.

No le soy tan indiferente como intenta hacerme creer.

—Aparte de tarado, presuntuoso. —Esboza de nuevo esa falsa sonrisa—. Métetelo bien en la cabeza, Luca. Nunca vas a tenerme.

Yo también sonrío mientras sigo retrocediendo de espaldas en dirección a la puerta.

—Eso solo el tiempo lo dirá, Diavuletta. Solo el tiempo lo dirá —susurro antes de dar media vuelta y abandonar el dormitorio.

En cuanto salgo al pasillo, dejo de sonreír y exhalo todo el aire que ni sabía que estaba conteniendo.

Es la segunda vez que Bianca logra que mi cuerpo reaccione así con solo mirarla, y si algo he sacado en claro de este nuevo enfrentamiento es que, de alguna retorcida manera, aparte de querer asesinarla, también la deseo.

¡Sí, joder! Deseo a mi esposa y eso puede suponer un gran problema porque no pretendo sucumbir a ese sentimiento.