Lupara Bianca Capítulo 8
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Capítulo 8

Bianca

Termino de anudar la tela del vestido a la altura de la cadera y me echo un vistazo al espejo.

Me queda enorme, pero es mejor que casarme en pijama.

Estoy peinando mi cabello rubio con los dedos para darle un poco de forma cuando la puerta del dormitorio se abre sin previo aviso.

Me giro de golpe y fulmino con la mirada al tipo que está bajo el umbral.

Enseguida lo reconozco, es Vincenzo De Santis, el hermano de Luca.

—Que sea la última vez que abres la puerta de una habitación en la que yo esté sin llamar antes —siseo entre dientes.

Esboza una sonrisa muy parecida a la de su hermano menor y se acerca, caminando de manera relajada.

—Ponte en marcha. Nos están esperando en el salón principal.

Intenta sujetarme del brazo, pero consigo esquivarlo y alzo la barbilla de manera desafiante.

Al igual que Luca, me saca más de una cabeza de altura, pero estoy acostumbrada a lidiar con hombres mucho más grandes y corpulentos que yo.

Desde niña aprendí que la única forma de hacerte respetar en el ambiente en el que me ha tocado vivir es aparentando una valentía que en la mayoría de las ocasiones no siento.

En la mafia solo hay una manera de sobrevivir, echándole pelotas y no dejando que los demás te pisen.

—Escúchame bien, De Santis. No sé ni me importa qué tipo de traumitas tenéis tu hermano y tú para odiar a alguien solo por su apellido, pero sí puedo asegurarte una cosa: di o haz algo en mi contra que pueda considerar irrespetuoso y te juro que no quedará vivo ni uno solo de los vuestros.

Frunce el ceño y todo su cuerpo se tensa.

—¿Me estás amenazando, Rossetti? —pregunta en un tono helador que haría que cualquiera se cagase de miedo en los pantalones.

Mi instinto me grita que retroceda, pero lo ignoro y sigo mirándolo a los ojos con arrogancia.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —Casi suspiro de puro alivio al ver a Luca De Santis entrar en el dormitorio. Me mira a mí y después a su hermano, con el entrecejo arrugado—. Te dije que la trajeras al salón principal.

—Eso intentaba, pero tu futura esposa ha creído que era buena idea amenazarme. Me estaba planteando la posibilidad de devolvérsela a su padre sumergida en un bidón de ácido.

Luca vuelve a dirigir la mirada hacia mí y esboza un amago de sonrisa.

—Hermano, me encantaría dejarte hacerlo, es más, yo mismo me presentaría voluntario para esa tarea, pero la necesito viva. Los muertos no pueden casarse.

Vincenzo exhala con fuerza.

—Muertos vamos a estar nosotros como esta locura de plan no salga bien.

—¿Has ordenado que saquen a todos de la casa?

—Sí. Ilenia y Elmo están a salvo, pero nuestra madre se niega a marcharse. Dice que nadie va a echarla de su propia casa.

Luca bufa y se pinza el puente de la nariz.

—Esperemos que todo salga bien. ¿Qué sabes de tu suegro? —inquiere.

—De camino, aunque no sé si llegará a tiempo.

—Reza para que así sea, o estamos perdidos. —Luca me mira a mí, que he permanecido atenta a su conversación, y respira hondo—. Vámonos y, por tu propio bien, deja de amenazar a mi gente.

—Pues dile a… —Sonrío de manera arrogante y hago un gesto con el dorso de la mano en dirección a Vincenzo— «tu gente» que no me provoque.

Con un gruñido bajo, se acerca en un par de zancadas, me agarra la mano y tira de mí con violencia hacia la puerta.

—¡Ponle un puto bozal a esa chica! —exclama Vincenzo, alzando la voz cuando ya estamos abandonando la habitación.

Me da tiempo a girarme a medias y alzar el dedo corazón hacia él antes de que Luca me arrastre por el pasillo.

Luca

El tiempo se agota y el dichoso sacerdote no deja de parlotear sin parar.

Echo un nuevo vistazo en dirección a la entrada del salón.

Valente aún no ha llegado; por suerte, Rossetti tampoco.

Mis hombres están preparados para defender la casa en caso de que sea necesario; sin embargo, he dado la orden de que dejen entrar a Luciano Rossetti y los suyos sin oponer resistencia.

—Luca De Santis.

Miro al sacerdote, que acaba de pronunciar mi nombre. Me está observando como si esperara que le dijese algo. Recibo un golpe con el codo por parte de Bianca y frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Hijo, te he preguntado si aceptas contraer matrimonio con la mujer que te acompaña, Bianca Rossetti.

Inspiro hondo por la nariz. Tengo la sensación de estar a punto de encadenarme al mismísimo diablo en persona. Diavuletta , eso es lo que es. Una diablilla malcriada e irrespetuosa que, con casi toda probabilidad, acabará llevándome al límite de mi paciencia. Exhalo despacio y asiento.

—Sí, acepto —escupo las palabras de golpe, antes de arrepentirme de mi decisión.

—Y tú, Bianca, ¿aceptas a Luca De Santis como tu legítimo esposo en la sa…?

—Sí, padre. Le ahorro el discurso. Quiero casarme con él.

Escucho a mi lado el resoplido de Vincenzo. Me queda claro que mi casi esposa no le cae nada bien, y tampoco lo culpo. Yo mismo jamás la habría escogido como pareja si tuviese otra opción.

—Siendo así, y si nadie tiene ningún motivo para oponerse a este enlace, yo os declaro marido y mujer. —El cura sonríe y me hace un gesto con la barbilla—. Y puedes besar a la novia.

Me giro despacio y recibo una mirada dura por parte de Bianca, una mirada que dice: «Atrévete a besarme y te arrancaré los labios de un mordisco». Casi me echo a reír. Admito que esa actitud amenazante y chulesca por parte de una chica tan pequeña como ella resulta, como poco, cómica.

—Creo que vamos a saltarnos esa parte, padre —dice, apartándose de mí—. ¿Dónde hay que firmar?

Espero a que ella termine de dejar su rúbrica en el acta matrimonial y después lo hago yo. Apenas me da tiempo a apoyar el bolígrafo sobre la mesa cuando empiezan los gritos.

—Han llegado —mascullo, colocando la mano sobre la empuñadura de la siamesa, que sobresale de la cinturilla de mi pantalón.

Vincenzo enseguida se coloca a mi lado. Intento tirar del brazo de Bianca para situarla tras nosotros, pero ella se zafa de mi agarre con un gesto brusco y da un paso adelante.

Los pasos y las voces se van acercando. Casi puedo notar cómo la tensión flota en el aire acompañada de un leve aroma floral al que a estas alturas ya me he acostumbrado.

Mi recién estrenada esposa me mira por encima del hombro y exhala con fuerza.

—Me la voy a jugar por ti, De Santis. Más vale que cumplas con tu parte del trato.

En cuanto termina de hablar, vemos cómo varios hombres armados entran en la sala de estar. Entre ellos está Romeo Serra. Su intención es ir hacia Bianca, pero, antes de que pueda alcanzarla, me interpongo entre ambos y lo miro, esbozando una sonrisa arrogante.

—Ni un paso más, Serra —le advierto.

Parece querer responder, pero, en vez de hacerlo, echa un vistazo por encima de mi hombro.

—Bianca, ¿estás bien? —pregunta con la mandíbula apretada.

Me muevo unos centímetros hacia un costado, lo justo para cubrirla con mi cuerpo y que el puto Serra deje de mirarla. Aún no me puedo creer que haya accedido a permitir que este imbécil siga siendo su guardaespaldas.

—De Santis —lo corrijo—. A partir de hoy vas a dirigirte a mi esposa como señora De Santis, ¿entendido?

El muy cabrón no cambia su semblante serio y amenazante. Si le ha sorprendido mi declaración, no lo demuestra en absoluto.

—¡Maldito desgraciado! ¡¿Qué has hecho con mi hija?! —vocifera Luciano Rossetti.

Hago un gesto con la cabeza y Serra me sorprende al obedecer mi orden silenciosa de inmediato. Se hace a un lado y al fin veo a mi suegro. No parece contento.

—Rossetti, te estaba esperando —digo, dando un paso hacia él.

No aparto la mano de la empuñadura de la pistola, pero tampoco la saco, a pesar de que hay más de una docena de hombres apuntándome.

Rossetti no es estúpido. Sabe que no dudaré en llevármelo por delante si alguno de sus hombres hace el amago de apretar el gatillo—.

No creo que este asalto sea en absoluto necesario.

Si hubieses avisado, te habría invitado a comer.

—De Santis, déjate de juegos. ¡¿Cómo te atreves a secuestrar a mi hija?!

Me aferro con más fuerza a la empuñadura. Espero que Valente no me falle porque esto puede terminar muy mal. Echo un vistazo de reojo en dirección a mi hermano. Su semblante es serio. Está preocupado, y hasta podría jurar que un poco asustado también.

—¿Secuestro? Yo no he secuestrado a nadie.

Me coloco al lado de Bianca y entrelazo los dedos de mi mano libre con los suyos.

Con los guantes de cuero no puedo notar el tacto de su piel ni la temperatura, pero me aprieta fuerte y casi juraría que detecto un pequeño temblor.

Solo espero que no me la juegue. Si ahora mismo confirma que la he secuestrado, estoy muerto, y conmigo toda mi familia.

—¡Por supuesto que lo has hecho! Te llevaste a mi hija justo antes de su boda. ¡¿Qué demonios pretendes?! ¿Crees que puedes chantajearme?

—Rossetti, creo que hay una confusión. Yo no secuestré a Bianca. Ella está aquí por su propia voluntad.

Luciano dirige la mirada a su hija con el ceño fruncido.

—Explícate —ordena.

Pasan unos angustiosos segundos en los que Bianca no dice ni una sola palabra.

Vuelvo a notar ese temblor en su mano. En esta ocasión es más intenso.

Le doy un pequeño apretón para infundirle valor.

Ni siquiera sé por qué lo hago. La razón lógica sería que, si ahora se viene abajo y confiesa la verdad, me espera una muerte nada agradable; sin embargo, hay algo más.

Creo que, por un instante y por primera vez, soy capaz de ver a esa chica asustada que se esconde bajo el carácter endiablado de Bianca y me produce…

¿ternura? Debo de estar perdiendo la cabeza.

Aprieto de nuevo su mano, y esta vez ella exhala con fuerza y da un paso adelante sin llegar a soltarme.

—Luca dice la verdad, padre. Él no me ha secuestrado. Vino a por mí porque yo se lo pedí. Estamos enamorados y nos hemos casado. —Alza la mano y le muestra el anillo.

Ni siquiera me había fijado en que lo llevaba puesto. Le queda bien, pero eso no es ninguna novedad. Bianca es tan hermosa que cualquier cosa que se ponga le sienta perfecta.

Luciano tarda unos segundos en reaccionar. Enseguida mira en dirección al sacerdote, que aún sigue en la sala custodiado por algunos de mis hombres, y después regresa la vista a su hija.

—Dime que esto es una maldita broma.

—No lo es —afirmo, acercándome más a Bianca—. Tu hija es una De Santis ahora. Mi esposa. Eso nos convierte en familia.

—¡Por encima de mi cadáver! Os mataré a todos antes de estar emparentado con el hijo de un traidor —grita.

Cuando veo a sus hombres preparándose para abrir fuego, saco mi pistola y apunto a Luciano directamente a la cabeza.

Vincenzo hace lo mismo de inmediato. Me planteo ser el primero en disparar, pero sé que, si lo hago, ya no habrá vuelta atrás.

Si consigo sobrevivir, tendré que rendir cuentas ante nuestro capo, y la cosa no pinta nada bien.

—¿Qué está pasando aquí?

Casi suspiro de alivio al escuchar la voz de Adriano Valente. Él es el testigo que necesitaba. Tal vez, solo tal vez, la suerte esté de mi lado en esta ocasión.