Lupara Bianca Capítulo 7
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Capítulo 7

Luca

La muy perra se está burlando de mí. Si no la necesitara viva, ya le habría metido un par de balas en la cabeza.

¿Cómo se atreve? ¿Es que no sabe con quién está hablando?

La observo mientras se mueve por la habitación dando pequeñas caladas al cigarrillo que me ha quitado.

Parece tan cómoda… No hay ni una pizca de miedo ni incomodidad en su actitud.

—¿Tenemos un trato? —pregunto.

Se detiene y me lanza una mirada por encima del hombro.

—No tan rápido. Aún no te he dicho cuáles son mis condiciones.

¡Maldita sea! Voy a arrepentirme de esto. Mi abuelo siempre decía que no hay nada más peligroso que una mujer cuando sabe que tiene el poder sobre un hombre. Aguardo unos segundos más mientras ella sigue paseándose por la estancia como una puta reina.

—La paciencia no es una de mis virtudes —mascullo tras resoplar con fuerza.

Al fin logro llamar su atención. Se acerca despacio, le da una última calada al cigarrillo y lo apaga sobre la superficie de la cómoda.

—Uy, creo que va a dejar marca en la madera —comenta con falso pesar.

—Olvida el puto mueble y dime de una vez qué es lo que quieres para casarte conmigo.

—Para empezar, que me cuentes tu plan. Porque… tienes uno, ¿verdad? Espero que no hayas sido tan imbécil como para secuestrarme sin pensar en lo que vas a hacer a continuación.

—Claro que tengo un plan. Vamos a casarnos.

Pone los ojos en blanco y sacude la cabeza de un lado a otro.

—Debí suponerlo. Los hombres sois tan básicos que dais pena.

—Bianca… —gruño entre dientes.

Solo llevo un rato con ella y ya estoy conteniéndome para no arrancarle la cabeza. No quiero ni pensar lo que va a ser pasar el resto de mi vida a su lado. Tengo la sensación de que mi existencia está a punto de convertirse en un infierno.

—Para casarme, necesito documentos y una licencia…

—Ya lo tengo todo —la corto—. El sacerdote estará aquí a las doce en punto.

—Lo dicho, eres idiota.

Bufo y la taladro con la mirada.

—Como sigas tocándome las pelotas, aceptaré tu primera propuesta, esa de arrastrar tu cadáver al altar —replico cabreado.

Ignora mi amenaza y vuelve a cruzarse de brazos.

—Bien, hazlo. Entonces, cuando llegue aquí mi padre con todos sus hombres pegando tiros, le explicas que me has matado.

A ver cómo te va. —Se aparta el cabello rubio del rostro con un golpe de cabeza y exhala con fuerza—.

¿En serio tu gran plan era traerme aquí y esperar a que yo accediera a casarme contigo bajo amenazas?

—Sí, ese era el puto plan, pero ahora estamos negociando, ¿no? Eso es lo que se supone que íbamos a hacer, pero no dejas de faltarme al respeto en vez de decirme de una jodida vez cuáles son tus condiciones.

—¿Quieres saber mis condiciones?

Asiento con los puños apretados y la mandíbula a punto de estallar.

No sé cómo pensé que sería buena idea traer a esta mujer insoportable a mi casa. Tendrá suerte si no me la cargo antes de la dichosa boda.

—¡Habla de una vez! —exclamo, alzando la voz.

—¡Eh! Vale, ahí te va mi primera condición: me respetas. No quiero un puto grito ni que me ladres órdenes. Voy a ser tu esposa, no tu esclava ni tu súbdita.

Cierro los ojos y trato de mantener la calma, aunque lo que más me apetece en este momento es lanzarla por la ventana.

Estamos en el segundo piso. Es posible que sobreviva a la caída.

Con que pueda mover la mano para firmar el acta de matrimonio y esté consciente para decir «Sí, quiero» me sirve. Inspiro hondo y abro los ojos.

—Muy bien, ¿algo más? —pregunto en un tono mucho más calmado.

—Sí, también quiero tener la libertad de viajar cuando me apetezca. Nada de pasearme por eventos y reuniones como un objeto de exposición. Cuando digo que deseo tener libertad, me refiero a libertad total.

—Hay algunas celebraciones a las que tendrás que acudir por protocolo.

—Solo las indispensables —replica. Asiento y le hago un gesto con la mano para que continúe—. En cuanto a los viajes… No me gusta volar en líneas comerciales.

—Por eso no hay problema. Puedes disponer del jet siempre y cuando yo no lo esté usando.

—Bien, eso es lo que quería oír. Creo que empezamos a entendernos, De Santis. —Esboza una sonrisa que hasta un ciego notaría que es falsa.

—A ver si lo adivino, esos viajes voy a tener que pagarlos yo, ¿verdad?

—Por supuesto. Como tu esposa, espero tener una línea de crédito lo bastante grande como para cubrir todos mis gastos, que te advierto desde ya que no son pocos.

—El dinero no es un problema —farfullo—. ¿Has terminado ya?

—No, aún faltan un par de condiciones. —Me contengo para no volver a bufar. Está acabando con la poca paciencia que tengo. Bianca se acerca más a mí y me mira a los ojos—. Entre tú y yo no va a pasar nada. Seremos marido y mujer sobre el papel, pero nada más. No quiero confusiones en esto.

—¿Insinúas que voy a estar el resto de mi vida sin sexo? Eso no va a ocurrir —digo riendo.

—No he dicho eso. Estoy segura de que te sobran mujeres con las que desfogarte cuando quieras y necesites, pero a mí ni te me acerques. ¿Entendido?

—¿Me estás dando permiso para acostarme con otras?

Pone los ojos en blanco antes de responder.

—Como si no fueses a hacerlo de todos modos… Por mí como si te follas a todas las mujeres del estado o del país. Créeme, no pretendo que me guardes fidelidad, principalmente porque yo tampoco pienso guardártela a ti. Cada uno hará su vida como le plazca.

—Va a ser complicado. Como mi esposa, en algún momento tendrás que darme un heredero.

—Oh, qué mono —susurra—. ¿Quieres ser papá? Pues te compras un chihuahua, pero no vas a ponerme un dedo encima.

—¡¿Qué mierda te pasa conmigo?! —exclamo, perdiendo la calma—. ¿Crees que voy a suplicarte que me dejes follarte? Aunque no lo creas, princesita, no eres tan irresistible.

—¡Bien! Al menos estamos de acuerdo en algo. Yo tampoco creo que tú lo seas. Aceptas mi condición, ¿sí o no?

—Sí, vale, joder. No te tocaré a no ser que me lo pidas.

—Eso no pasará.

—¡Genial!

—¡Genial! —repite.

—¿Has terminado ya? —Asiente con la cabeza—. Pues ahora me toca a mí poner condiciones. La primera…

—Esto no funciona así, De Santis —me corta.

—Esto funciona como a mí me salga de las pelotas que lo haga. Cállate y déjame hablar.

—Uy, mal empezamos.

La fulmino con la mirada y, una vez más, hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para no asesinarla antes de la ceremonia.

—La primera condición es que te comportes como debes hacerlo.

Me importa una mierda lo que hagas en tus viajes, pero en mi casa hay normas y debes cumplirlas.

Te exijo respeto y decoro. Eso de montar escándalos se acabó.

—Se mira las uñas como si lo que estoy diciendo le importara una mierda—.

Hablo en serio, Bianca. Ponme en evidencia a mí o a mi familia, y este acuerdo se termina.

—Tu palabra…

—La mantengo mientras tú hagas lo mismo con la tuya.

Tras unos segundos en los que parece pensarlo, asiente con la cabeza.

—Tengo otra condición más. —Suspiro. Cuando creo que no puede ser más tocapelotas…—. Quiero a Romeo.

¿Romeo? La miro confuso.

—¿Estamos hablando de Romeo Serra?

—Sí, es mi guardaespaldas desde hace años y lo quiero conmigo. Con él estoy segura. Es el mejor en su trabajo.

Se me escapa una risa por la nariz.

—Si fuese tan bueno, no estarías aquí. ¿Dónde está Serra?

—De camino, con mi padre y un pequeño ejército. No creo que tarden demasiado en llegar, así que, yo que tú, le diría al sacerdote que se dé algo de prisa.

—¿De qué demonios estás hablando? Nadie sabe que estás aquí.

Bianca vuelve a poner los ojos en blanco. Me queda claro que hace mucho ese gesto. En realidad, le pega bastante.

—¿Ves esto? —Estira el brazo y señala su muñeca. Atisbo a ver una mancha de tinta negra en su piel, justo debajo de las pulseras de cuentas antes de darme cuenta de que lo que me está mostrando es justo una de esas pulseras—. Justo aquí hay un localizador GPS. Romeo siempre me tiene bien vigilada.

¡Mierda! Debí haber pensado en eso. ¡¿Qué demonios voy a hacer ahora?! Gruño y Bianca deja caer el brazo.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —inquiero.

—Calculo que una hora como mucho. Si haces lo que te digo, con un poco de suerte, no morirás hoy. ¿Tenemos un trato?

Inspiro profundo por la nariz y asiento.

—Como me la juegues, no dudaré en volarte la cabeza. ¿Entendido?

—No esperaba menos de ti. Ahora dime una cosa… ¿Qué relación tienes con Adriano Valente?

—¿Valente? —Su pregunta me toma por sorpresa—. Es el suegro de mi hermano y un buen aliado. ¿Qué pasa con él?

—Llámalo. Si logras que esté aquí antes de que llegue mi padre con sus hombres, tal vez este plan pueda salir bien.

Sonrío al intuir cuál es su intención. Luciano Rossetti no dudará en matarnos a todos y llevarse a su hija, aunque ella misma le diga que se ha casado conmigo por su propia voluntad.

Arrasará con todo. No dejará vivo a ningún testigo que contradiga su relato de los hechos.

De cara a la organización, yo seré el culpable de secuestrar a su hija.

Algo que es cierto, pero debo demostrar lo contrario.

—Quédate aquí. Enviaré a alguien a buscarte enseguida.

Se deja caer sobre la cama y cruza las piernas, sonriendo de oreja a oreja.

—Por supuesto. Dame el anillo y vete a por el sacerdote.

La observo ahí, tranquila y relajada, como si no acabara de sentenciarse su destino.

¿Por qué no le preocupa? Yo estoy aterrado con la simple idea de que algo pueda salir mal; sin embargo, a ella parece no afectarle.

¿Es tan descerebrada e irresponsable como parece o su actitud no es más que una fachada?

Supongo que acabaré descubriéndolo. Al fin y al cabo, estamos condenados a pasar juntos el resto de nuestras vidas.