Lupara Bianca Capítulo 6
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Capítulo 6

Bianca

Este tipo es un idiota si cree que voy a aceptar sus exigencias sin oponer resistencia. Ni siquiera Luciano Rossetti ha logrado doblegarme, y eso que lo ha intentado de formas que preferiría no recordar. Me tomo unos segundos para respirar hondo y clavo mi mirada en la suya.

—A ver si lo he entendido. No nos vemos desde hace seis años y ahora has decidido que quieres casarte conmigo.

—Exacto —responde con su habitual sonrisa canalla bailando en sus labios.

—¿Por qué? —inquiero, arqueando una ceja.

—¿Por qué un hombre quiere casarse con una mujer?

Esta vez soy yo la que sonrío, entornando los ojos.

—Luca, ni siquiera intentes hacerme creer que llevas años locamente enamorado de mí. Ambos sabemos que siempre te he sido indiferente.

—¿Eso crees? —Se acerca un par de pasos y expande su sonrisa—. No recuerdo que me fueras tan indiferente cuando me ofreciste follarte. Eso me puso muy cachondo.

Pongo los ojos en blanco y, cuando intenta dar un nuevo paso en mi dirección, alzo la mano y lo empujo por el pecho para que no logre pegarse a mí.

—¡Alto ahí! Que te ofreciese sexo a cambio de no tener que casarme contigo debería haberte dado una idea de lo poco que me atraes, ¿no crees?

—Sí, y también creo que me importa una mierda. Vas a ser mi mujer, Bianca. Tu padre me prometió tu mano cuando era un crío y voy a cobrármela. Es un hecho.

—Yo te importo muy poco, lo que en realidad quieres es el poder que puede otorgarte estar emparentado con los Rossetti. Admítelo.

—No voy a admitir nada. Esto no es una negociación. Vas a casarte conmigo, te guste o no —replica, perdiendo la sonrisa.

—¿Sabes? He escuchado cosas sobre ti durante estos años. Todo el mundo dice que matar a tu propio padre te ha hecho enloquecer. En mi opinión, creo que ya estabas loco antes de apretar el gatillo.

No veo venir la mano que sujeta mi nuca; antes de que pueda reaccionar, Luca pega su rostro al mío. Sus ojos azules taladran los míos y su aliento caliente y con aroma a alcohol y tabaco golpea mi rostro con fuerza.

—Vas a aprender modales, aunque tenga que metértelos en esa cabecita a la fuerza —sisea entre dientes.

Estoy segura de que la primera reacción de cualquiera en mi lugar sería retroceder, agachar la cabeza e intentar huir del hombre cabreado y peligroso que me está amenazando, pero yo no soy cualquiera.

—¿Y cómo pretendes hacer eso? ¿Vas a golpearme? Ponme un solo dedo encima y mi familia arrasará con todos vosotros. No quedará ni un solo hombre, mujer o niño que se atreva a pronunciar el apellido De Santis.

Nos quedamos mirándonos a los ojos durante varios segundos, hasta que veo que las comisuras de la boca de Luca se estiran y noto que afloja el agarre en mi nuca, pero no llega a soltarme.

—¿Crees que puedes amenazarme en mi propia casa, Diavuletta? —Se acerca más y desliza la punta de la nariz por mi mejilla—. Si le tuviese miedo a tu papi, no estarías aquí.

Lo empujo por el pecho y consigo apartarlo lo bastante como para volver a mirar su rostro.

—¿Cuál es tu plan? ¿Vas a obligarme a casarme contigo?

—Si es necesario… —Se encoge de hombros y aprovecho que relaja un poco más el agarre en mi nuca para empujarlo de nuevo.

En esta ocasión consigo hacerlo retroceder un par de pasos. Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo y, tras encender uno, le da una calada larga y me mira, sonriendo.

—Vas a tener que pegarme un tiro y arrastrar mi cadáver al altar, y, si eso ocurre, tendrás una guerra entre manos de la que no podrás salir vencedor. Tu plan es una puta mierda, De Santis.

Exhala una bocanada de humo y pierde la sonrisa.

—¿Por qué te resistes tanto? Ibas a casarte con Augusto Colombo, un tipo insoportable que tiene edad para ser tu abuelo. ¿Sabes que sus esposas apenas le duran unos años antes de morir por accidentes supuestamente fortuitos?

—Sí, estoy enterada. Alguna también ha desaparecido sin dejar rastro —comento de manera distraída.

— Lupara bianca —dice Luca.

—¿Me ves preocupada por ello?

—Deberías estarlo. Además, ¿qué crees que va a pasar después de que os caséis? Me niego a pensar que no te da asco la simple idea de que ese viejo, gordo, calvo y feo te folle.

Me cruzo de brazos con chulería y niego con la cabeza.

—Es un precio muy barato para obtener mi libertad.

—¿Libertad? —Suelta una carcajada sonora—. De todo lo que te he dicho, ¿qué parte no has entendido? No vas a tener libertad, Bianca. Pasarás el resto de tu vida atada a un cerdo misógino que te tratará como a poco menos que una mascota amaestrada.

Me acerco más a él, alzando la cabeza para mantener el contacto visual.

—Voy a corregirte. Pasaré el resto de «su» vida, que por su edad y costumbres no auguro que vaya a ser demasiado larga. Solo tendré que soportarlo unos dos o tres años antes de que muera, y después seré la viuda de Augusto Colombo. Libre para hacer lo que me dé la gana.

Se queda callado un instante y, tras darle una nueva calada a su cigarrillo, exhala con fuerza y estrecha su mirada sobre mí.

—Está bien. Si es libertad lo que quieres, yo puedo dártela. Cásate conmigo y podrás hacer lo que quieras.

—Creí que esto no era una negociación —murmuro, esbozando media sonrisa.

—Rossetti, no me provoques. Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida. La tomas o la dejas; es tu decisión.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti?

Inspira hondo y clava su mirada en la mía.

—Te estoy dando mi palabra —responde.

Cuando está a punto de darle otra calada al cigarrillo, se lo arrebato y me lo llevo a los labios. Ahora sí hemos llegado al punto en el que puedo permitir que me doblegue. Este idiota no sabe dónde se está metiendo.

—Negociemos entonces.