Lupara Bianca Capítulo 5
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Capítulo 5

Luca

Dicen que la fiesta, el alcohol y las drogas suelen acabar con la belleza de las mujeres, pero, basándome en lo preciosa que sigue siendo Bianca Rossetti, solo puedo pensar en dos opciones: la primera es que ella es una excepción, y la segunda, que tal vez todos esos rumores sobre los malos pasos en los que andaba en Europa no sean verdad.

Me gustaría preguntárselo a ella, pero la princesita aún no ha despertado de la siesta.

Espero no haberme excedido con el cloroformo; la necesito viva.

La puerta de mi despacho privado se abre sin previo aviso justo cuando estoy tragando el resto del contenido de una copa de licor.

—Dime que no estás borracho a las seis de la mañana —dice Vincenzo, adentrándose en la estancia.

—Vincenzo, aún no he dormido, por lo tanto, sigue siendo ayer para mí. Dime, ¿qué ocurre? —Me lleno otro vaso y le doy un trago largo antes de desviar la mirada en dirección a mi hermano.

—Luca, todo esto es una locura. No hablo solo del absurdo plan de secuestrar a Bianca Rossetti. ¿En serio tenías que hacerlo tú? Tenemos hombres de confianza que podrían haberse encargado de ese trabajo.

—¿Y dónde está la diversión? Ya deberías saber que no soy de los que se quedan en casa mientras los demás arriesgan sus vidas.

—Pues deberías. Eres el jefe, el jodido Don de Filadelfia. Aparte de interrogar, torturar y deshacerte de los cadáveres de nuestros enemigos, ahora también vas por ahí secuestrando a la hija de uno de los nuestros. Te comportas como un antonegra . ¿Qué va a ser lo siguiente?

Debería cabrearme que mi propio hermano me compare con un simple matón, pero admito que tiene una parte de razón.

No soy como los demás cabezas de familia de la Cosa Nostra, me arriesgo demasiado y sé que tarde o temprano pagaré por mi imprudencia.

He intentado alguna vez lo de comportarme como se supone que debo hacerlo, dar las órdenes y quedarme en la sombra mientras nuestros hombres se encargan del trabajo sucio, pero es terriblemente aburrido.

Necesito un poco de acción de vez en cuando para no morirme de hastío.

—Hermano, ¿tu visita tiene algún otro propósito aparte de provocarme dolor de cabeza? —inquiero, pinzándome el puente de la nariz.

Vincenzo resopla y me lanza sobre el regazo una carpeta con papeles.

—Lo ha mandado Kincaid. Son los documentos que necesitas para llevar a cabo vuestro descabellado plan.

Dejo el vaso sobre una mesa auxiliar y enseguida abro la carpeta. Está todo aquí: la partida de nacimiento de Bianca, su identificación y hasta una licencia de matrimonio firmada y sellada por el responsable del registro civil.

—El muy cabrón lo ha conseguido —murmuro, echando un vistazo a los documentos.

—Sí, lo ha hecho. ¿No te preocupa que los irlandeses tengan acceso a información y documentos tan personales y delicados de un miembro de nuestra organización?

Asiento con la cabeza.

Entiendo su preocupación y la comparto. Kincaid nos está dejando claro, una vez más, que tiene contactos muy importantes en Pensilvania, y nadie en este estado debería tener más poder que nosotros.

—Nos viene bien y, por ahora, eso es lo único que importa. Ya me encargaré de ellos cuando tenga a Rossetti controlado.

—Va a entrar en cólera, y lo sabes. Te has metido en su casa en mitad de la noche para llevarte a su hija, la misma que debería casarse en solo unas horas.

Dejo la carpeta de documentos sobre la mesa y, tras ponerme en pie, recupero mi vaso.

Le doy tragos cortos mientras acaricio la empuñadura de la vieja lupara del abuelo.

La recortada que era usada durante el siglo xix se ha convertido en un objeto de exposición.

Una reliquia que recuerda a los buenos tiempos de la Cosa Nostra, pero inservible, al igual que muchas de nuestras normas y tradiciones.

—Si quiere una boda, yo se la daré. Es una pena que Luciano no vaya a estar ahí para verla.

Vincenzo vuelve a resoplar con fuerza.

—¿Te estás escuchando, Luca? No puedes obligar a esa chica a casarse contigo.

—Por supuesto que puedo.

Me termino el licor, cojo la carpeta y se la tiendo.

—Tú asegúrate de que el sacerdote esté aquí a las doce en punto, yo me encargo del resto.

—¿Qué vas a hacer si Bianca no acepta casarse contigo? Dudo que ningún sacerdote lleve a cabo ese matrimonio si apareces amenazando con una pistola a la novia.

—Espero no tener que llegar a esos extremos, aunque tampoco lo descarto. —Le doy una palmada cariñosa en el hombro y esbozo media sonrisa—. Deséame suerte, hermanito. Estoy a punto de pedirle a una chica que sea mi esposa.

Vincenzo suspira y niega con la cabeza.

—¿Es que no te das cuenta de que es una locura? Si no es Rossetti, el puto irlandés terminará jugándonosla.

—Relájate, hasta ahora Kincaid ha cumplido con todo lo que nos prometió. Pude entrar en la mansión de los Rossetti gracias a sus indicaciones y también ha logrado reunir todos los documentos para llevar a cabo el enlace.

—A eso es a lo que me refiero. ¿Quién le ha ayudado? Porque entrar en esa mansión no debería haber sido tan sencillo.

—No lo sé, y ahora mismo tampoco me preocupa. Está claro que tiene gente infiltrada en la organización.

—¿Y qué te hace pensar que algunos de nuestros chicos no están a sus órdenes también?

—Si crees que existe esa posibilidad, puedes encargarte tú mismo de investigar. Yo voy a ver a mi exprometida y futura esposa. Seguramente ya esté despierta.

Antes de que mi hermano pueda soltar una nueva réplica, salgo del despacho y me dirijo a la habitación de invitados de mi ala privada. Uno de mis hombres de confianza está custodiando la puerta. En cuanto me ve, se tensa y agacha la cabeza en señal de respeto.

—Don… —dice.

—¿Todo en orden? ¿Se ha despertado ya?

—Creo que sí, pero aún sigue bastante aturdida.

—Pide que le preparen un café cargado. —Asiente; está a punto de marcharse cuando vuelvo a llamarlo—. Que sea un desayuno completo. No quiero que mi futura mujer pase hambre. —Vuelve a asentir y enseguida desaparece por el pasillo.

Antes de abrir la puerta, inspiro hondo por la nariz y me preparo mentalmente para lidiar con Bianca Rossetti.

Si los rumores son ciertos, estos seis años solo han logrado empeorarle el carácter, que ya de por sí era insoportable.

Lo que menos me apetece es tener que aguantar los berrinches de una niña consentida y malcriada, pero tampoco es que me quede otra opción.

Necesito hacerla mi esposa cuanto antes.

Nada más dar un paso al interior del dormitorio, noto su mirada sobre mí.

Está sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero de madera y las piernas encogidas.

Aún lleva puesto el pijama rosa de tela sedosa con el que dormía cuando la saqué de su habitación.

Toda la estancia huele a flores. No recordaba que ese es el aroma de su perfume.

—De Santis… —sisea entre dientes.

Esbozo una sonrisa ladeada y me detengo a un par de pasos del borde de la cama.

Anoche, mientras estaba inconsciente, no pude evitar fijarme en su belleza, pero ahora, con esa mirada amenazante, la mandíbula tensa y esos ojos verdes brillando de pura rabia contenida, está aún más guapa, si es posible.

En definitiva, los años le han sentado muy bien.

—Buenos días, bella durmiente. ¿Has descansado?

—¿Qué demonios estoy haciendo aquí, De Santis? ¿Por qué me has secuestrado?

Enarco una ceja de manera divertida.

—¿Secuestro? Esa es una palabra demasiado seria. Digamos que fui a buscarte a tu casa y te traje a la mía mientras dormías plácidamente entre mis brazos.

—¿Me tomas el pelo?

Me acerco más y estiro el brazo para acariciar un mechón de su cabello rubio.

—Es un pelo muy bonito.

Su empujón me toma tan por sorpresa que logra desplazarme hacia atrás un par de pasos.

La chica es pequeña pero fuerte; eso es algo que me demostró en nuestro encuentro hace seis años.

La observo mientras se pone en pie. Alza la cabeza para taladrarme con la mirada.

Es curioso, las mujeres no suelen reaccionar así cuando las toco.

Es más, muchas de ellas pagarían por recibir una sola de mis caricias.

—Deja las jodidas bromas y dime qué mierda quieres de mí. ¿Vas a chantajear a mi padre? ¿Para eso me has traído aquí? Eres un puto idiota si piensas que vas a sacarle algo. Os matará a todos.

Sonrío de nuevo y niego con la cabeza.

—Una vez más, la señorita Rossetti no se comporta acorde con su estatus. Estoy seguro de que nadie nunca te ha dado unos buenos azotes por malhablada.

—¿Y pretendes hacerlo tú? —Se cruza de brazos y esboza una falsa sonrisa.

—No me provoques, Diavuletta.

—¡¿Qué demonios pretendes, De Santis?! —repite la pregunta alzando la voz.

Echo el brazo hacia atrás y, tras rebuscar en mi bolsillo trasero, saco de su interior una pequeña caja de terciopelo; sin embargo, Bianca parece creer que he cogido mi pistola porque retrocede de espaldas y sus ojos se abren mucho.

—Tranquila, no voy a matarte —digo sin perder la sonrisa. Abro la cajita y extiendo mi brazo en su dirección para que pueda ver bien el anillo de diamantes y platino que le he comprado—. Me parece un poco ostentoso, pero creo que es perfecto para ti. Cógelo.

Durante unos segundos no reacciona, solo mira el anillo sin apenas pestañear.

—¿Qué es…? —Alza la vista a mi rostro y frunce el ceño—. ¿Es un anillo de compromiso?

—Por supuesto. El más bonito que he encontrado. No te mereces menos —respondo, conteniendo una carcajada al ver su cara de estupefacción.

Sacude la cabeza de un lado a otro.

—Tú de niño te diste un buen golpe, ¿verdad?

Pierdo la sonrisa y le lanzo una mirada dura.

—Cuidado, Diavuletta —le advierto.

—¡¿Qué Diavuletta ni qué mierda?! Estás loco si crees que voy a aceptar casarme contigo.

—Puede que tengas razón, estoy loco, pero te aseguro que en unas horas tú y yo vamos a ser marido y mujer.

—No puedes obligarme —replica.

—Ponme a prueba. Serás mi esposa, aunque tenga que llevarte ante el sacerdote a punta de pistola.

Abre la boca, pero vuelve a cerrarla sin decir ni una sola palabra. Tengo la sensación de que al fin Bianca Rossetti acaba de darse cuenta de que esto no es una negociación. Se hará lo que yo diga y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.