Lupara Bianca Capítulo 4
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Capítulo 4

Bianca

Tumbada en la cama, con los ojos cerrados, intento respirar profundamente por la nariz y exhalar por la boca.

Se supone que debería estar descansando, preparándome para el gran día, pero llevo ya varias horas acostada y aún no he sido capaz de dormir.

Tengo demasiadas cosas en la cabeza, y, ahora que estoy a punto de llevar a cabo mi plan, empiezan a asaltarme las dudas.

¿Y si me estoy equivocando? Es posible que, en mi empeño de darle una mejor vida a mi hermana, acabe empeorándola.

El hombre con el que pretendo casarme es un Don de la mafia, autoritario, desalmado y con más problemas mentales y afectivos de lo que cualquier psicoterapeuta es capaz de arreglar. Voy directa a la boca del lobo, y lo peor es que yo misma me he puesto en esta situación.

Tal vez debí hacer caso a la tía Sarah y permanecer con ella en Europa un par de años más, aunque, en el fondo, siempre he sido consciente de que esa no es una solución definitiva a mis problemas.

Ha estado bien alejarse de todo esto durante un tiempo, verlo desde otra perspectiva, pero tenía que volver, por Rina y también por mí.

No se puede huir eternamente de nuestros propios demonios; tarde o temprano siempre nos alcanzan, por muy lejos que estemos.

Escucho cómo la puerta de mi dormitorio se abre y contengo el aliento. Ya casi puedo notar cómo todo mi cuerpo se paraliza por el pánico cuando escucho su voz.

—Bianca, soy yo, Romeo. —Exhalo con fuerza y, tras girarme de golpe, enciendo la luz de la mesita de noche y lo miro, cabreada.

—Casi me matas del susto —siseo entre dientes.

Mi amigo y guardaespaldas hace una mueca con los labios y alza ambas manos a modo de disculpa.

—Solo quería asegurarme de que estabas bien. ¿Lo estás?

Buena pregunta. Me encantaría decirle que sí, que me encuentro tranquila y muy segura de las decisiones que me han traído a este momento, pero Romeo me conoce demasiado bien como para creerse mis mentiras.

—Todo va como lo planeamos. Vuelve a la cama y descansa, yo estaré bien.

Estrecha la mirada sobre mí, dejando claro que no se ha tragado ni una sola de mis palabras.

—Bianca, aún estamos a tiempo de parar esta locura. Vámonos de aquí. Nos llevamos a Rina bien lejos y empezamos de cero.

Suspiro y niego con la cabeza.

—Ningún lugar está lo bastante lejos de la Cosa Nostra.

Eso ya lo sabes. Mi única opción es seguir el plan, casarme y cambiar las cosas para mi hermana.

He conseguido convencerla de que aguante en el internado un par de años más; para entonces, todo será distinto.

Ella no tendrá que pasar por lo mismo que yo.

—Ese plan es una locura. Si no te mata tu futuro marido, lo hará tu padre como se entere de lo que estás tramando.

—Entonces, asegurémonos de que no se entere. Vuelve a la cama, Romeo.

Exhala con fuerza y asiente.

—Está bien, pero ya sabes que yo siempre estaré cuidándote. Si me necesitas…

—Gritaré —digo, esbozando media sonrisa.

Él también sonríe. Romeo y yo nos conocemos desde niños.

Incluso antes de convertirse en mi guardaespaldas ya éramos buenos amigos, y lleva repitiéndome la misma frase desde hace más tiempo del que puedo recordar.

«Si me necesitas, grita». Se acerca más a la cama, se agacha y, tras depositar un beso en la parte alta de mi cabeza, me coge de las manos.

— Cu furza e curaggiu si vince tuttu — susurra, acariciando con los dedos pulgares el interior de mis muñecas—. Con fuerza y coraje se vence todo…

«Fuerza y coraje», esas dos palabras se han convertido en mi mantra, y él lo sabe. Me encantaría ser siempre fiel a esas palabras, no sentir temor ni dudar de mis propias decisiones; sin embargo, aquí estoy, aterrada por el futuro que me espera.

—Estaré bien, te lo prometo. Ahora necesito q ue te marches. —Aparto las manos y señalo la salida con un gesto de mi barbilla.

Romeo suspira y empieza a retroceder de espaldas.

—Si cambias de idea…

—No lo haré —lo corto, y fuerzo una sonrisa—. Mejor felicítame, estoy a solo unas horas de convertirme en una mujer casada.

Niega con la cabeza y él también sonríe de manera tensa.

—Buena suerte con eso —susurra antes de despedirse con un cabeceo y salir del dormitorio.

En cuanto la puerta se cierra a su espalda, apago la luz y vuelvo a acostarme.

Durante un buen rato sigo dándole vueltas a la descabellada idea de Romeo.

«Nos llevamos a Rina bien lejos y empezamos de cero».

Un plan tan absurdo como ese solo lograría enviarnos directos a la tumba. Mi padre jamás lo permitiría.

Poco a poco, el cansancio y el sueño se van adueñando de mi cuerpo.

Me abrazo a la almohada y casi he logrado quedarme dormida cuando un nuevo ruido me pone en alerta.

Una vez más, siento el regusto del miedo en el fondo de la garganta, casi puedo saborearlo.

Agudizo el oído y escucho unas pisadas acercándose.

Me planteo gritar. Estoy segura de que no es Romeo quien está en mi dormitorio; si fuese él, ya habría dicho algo para tranquilizarme.

Espero un segundo más, otro y el pánico se apodera de mí cuando siento que una mano enguantada me cubre la boca. Intento gritar, pero mi voz es amortiguada por la tela de cuero y enseguida me inmovilizan contra el colchón.

—Chisss, tranquila, Diavuletta. —Abro mucho los ojos e intento zafarme de su agarre, pero me tiene bien sujeta—. Todo está bien. Tú y yo vamos a dar un paseo.

Me revuelvo de nuevo y esta vez logro darle un cabezazo.

Un segundo, eso es todo lo que necesito para gritar y Romeo vendrá a por mí, pero, antes de que el sonido pueda abandonar mi boca, ya la tengo tapada de nuevo, y esta vez el tacto sobre mis labios no es de los guantes de cuero, la tela es más suave y ligera y huele a algo extraño, como dulce y químico.

Incluso en la oscuridad de la habitación puedo notar cómo la mirada se me nubla y mis músculos tensos se relajan de golpe.

Caigo bocarriba sobre la cama y, en cuanto esa mano abandona mi rostro, un fogonazo de luz ilumina toda la estancia.

—De Santis —susurro, intentando mantenerme despierta, pero lo que sea que hubiese en ese trozo de tela me está llevando al borde de la inconsciencia.

—Duerme, Diavuletta. —Luca De Santis esboza una sonrisa ladeada y acaricia mi rostro con el dorso de la mano enguantada.

Sigo luchando contra la negrura que se desplaza por mi mente hasta que ya no soy capaz de mantener los ojos abiertos; sin embargo, antes de perder la consciencia, logro dibujar un último pensamiento: «Luca De Santis ha venido a por mí. Que Dios me proteja».