Capítulo 3
Luca
Si el puto irlandés pensó que iba a acudir solo a la reunión, estaba equivocado.
A mi lado tengo a mi hermano y detrás de mí a más de una docena de hombres armados hasta los dientes.
Supongo que él habrá pensado lo mismo porque también llegó bien escoltado por un pequeño ejército.
No acostumbro a acceder a verme en persona con mis enemigos, y, si lo hago, la cosa no suele terminar bien para ellos, pero admito que el tal Kincaid ha logrado despertar mi curiosidad.
Por supuesto, solo acepté su propuesta con la condición de que el lugar y la hora los eligiese yo, por eso hemos terminado en uno de nuestros almacenes del centro de la ciudad.
Estas calles y todos los delincuentes que las habitan están a mis órdenes y, en caso de necesitarlo, acudirían a ayudarnos.
—Aquí me tienes —digo, apoyando las manos en el borde de la mesa metálica para inclinarme hacia él. Es un hombre joven, no creo que supere los treinta años.
—Encantado de conocerte, Luca. Puedo llamarte así, ¿verdad?
—No, no puedes. —Meto la mano en el interior de la americana y veo cómo sus hombres enseguida empuñan sus pistolas. Sonrío, sacando despacio un paquete de cigarrillos—. Noto a tus chicos un poco nerviosos, Kincaid.
Enseguida les hace un gesto para que bajen las armas y ellos obedecen mientras yo me enciendo un cigarrillo, después dejo el paquete sobre la mesa y le doy una calada larga mirando al irlandés con chulería.
—Conozco tu fama, De Santis. Sé que te divierte jugar al gato y al ratón con tus enemigos, pero conmigo no va a funcionar. ¿Qué tal si dejamos los teatritos a un lado y hablamos de negocios?
—¿Al gato y al ratón, dices? —Exhalo una bocanada de humo directo a su rostro—.
Yo no me consideraría un gato. Soy más bien como…
Un oso, de esos negros y muy altos. Un puto oso dispuesto a despedazar y a comerme a cualquiera que meta las narices en mi territorio.
Esta ciudad me pertenece, el jodido estado es mío, y resulta que vosotros estáis metiendo las narices en él. ¿Qué se supone que debería hacer?
—Solo hay dos opciones: intentar atacarlo o aliarte con tu enemigo, y juntos expandir ese territorio.
Miro a mi hermano y ambos sonreímos de manera burlona. Aunque parece relajado, sé que me está cubriendo las espaldas. Al más mínimo indicio de peligro, sacará su pistola y empezaremos a tiros con estos hijos de puta.
—Una alianza… A vacca cu i scarpi voli iri a missa. [1] —Le doy una nueva calada a mi cigarrillo y lo lanzo al suelo—. Dime, Kincaid, ¿qué puedes aportar tú a una alianza?
—Armas, hombres, infraestructura…
—Ya tengo todo eso.
—Según tengo entendido, también tienes muchos enemigos.
—Soy un Don de la Cosa Nostra, he nacido con enemigos.
—Ya, pero ahora los tienes en casa. No hace falta que te diga que tu propia organización te quiere fuera del negocio, ¿verdad?
—Contéstame a dos preguntas, Kincaid: ¿cómo demonios sabes eso y por qué crees que voy a dejarte salir de aquí con vida después de esta conversación tan interesante?
—Ya te lo he dicho, tengo hombres, muchos y muy leales. Saben hacer preguntas a las personas adecuadas.
—Tenemos distintos conceptos de lo que es la lealtad —replico. Decido pasar por alto que no ha respondido a la otra pregunta, al menos, por el momento.
—Conozco nuestra reputación. Vosotros, los italianos…
—Sicilianos —le corrijo.
—Vosotros os regís por normas estrictas, códigos de honor y alianzas entre familias. —Asiento, y esta vez es él quien sonríe—. Yo no.
—Y por eso no eres digno de confianza. El valor de un hombre es el mismo que el de su palabra.
—Yo tengo palabra, pero no me muevo por códigos ni normas. Mi único aliciente es el dinero y el poder.
—¿Desde cuándo los irlandeses buscáis algo más que mataros entre vosotros en peleas clandestinas y controlar las alcantarillas? —intercede mi hermano por primera vez.
Kincaid vuelve a sonreír y se cruza de brazos.
—Desde que yo estoy al mando.
—Vale, deja los putos rodeos y ve al grano. ¿Qué es lo que quieres exactamente y qué sacaríamos nosotros? —inquiero.
—Para empezar, retiraría a todos mis hombres de vuestro territorio. Además de asegurarme de que nadie se vuelve a entrometer en vuestros negocios.
—Eso puedo hacerlo yo mismo —siseo entre dientes.
—Es posible, pero no sin meterte en un conflicto que debilitará aún más vuestras defensas, y eso puede resultar peligroso.
Luciano Rossetti y Pietro Santoro están esperando a que ocurra para atacar y quedarse con todo lo que os pertenece.
—Vincenzo y yo nos miramos de reojo. ¿Cómo demonios sabe este tipo tanto sobre nuestra organización?
—. Te lo he dicho, De Santis. Tengo ojos y oídos en todas partes.
Saco mi pistola y le apunto a la cabeza. Sus hombres enseguida me encañonan y los míos a ellos.
—Solo tengo que apretar el gatillo y te dejaré ciego y sordo, además de muerto, claro.
El muy hijo de puta ni siquiera pestañea.
—Aún no has escuchado mi propuesta, De Santis.
—Habla y rápido. Esta pistola es pesada y, antes de que se me canse el brazo, la bajaré o dispararé, todo depende de lo convincente que puedas llegar a ser. ¿Qué es lo que sacas tú de esta sociedad?
—Quiero acceso al puerto de Nueva York. Tengo proveedores y clientes importantes en Europa, África y Sudamérica. Tomar el control de ese puerto es primordial para expandir mis negocios.
—¿Nueva York? Creo que te has equivocado de ciudad. Vas a tener que conducir por la interestatal noventa y cinco en dirección norte durante hora y media más o menos. Ese territorio le pertenece a los Rossetti.
—Lo sé, pero él jamás aceptaría aliarse conmigo ni con nadie que no lleve un apellido italiano.
—¿Y por qué crees que yo sí lo haría? —inquiero sin dejar de apuntarle a la cabeza.
—Porque puedo ayudarte a acabar con los Rossetti, los Santoro y cualquiera que intente cruzarse en tu camino.
Trabajemos juntos y serás el Don con más poder y territorio que este país haya visto nunca.
A cambio, solo tendrás que darme acceso al puerto de Nueva York, y por un sustancioso porcentaje, por supuesto.
—Les hace un gesto a sus hombres y estos bajan las pistolas—. Piénsalo, De Santis.
Da media vuelta y empieza a caminar en dirección a la salida seguido por sus hombres, que vigilan con atención cada uno de nuestros movimientos.
—Da la orden y los acribillamos a todos —susurra mi hermano.
No respondo. Solo sigo observando cómo el irlandés se aleja poco a poco.
Su propuesta es muy tentadora, demasiado.
Si tiene toda esa información, lo más probable es que disponga de gente infiltrada entre los miembros de algunas de las familias de la mafia siciliana, y eso puede ser muy beneficioso para nuestros intereses.
Mi padre dio su vida por lograr convertirse en el Don que controlara la Santa Trinidad de la costa este, y tal vez esta sea la ocasión de seguir con su legado, pero ¿a qué coste?
Él murió como un traidor. ¿Estoy dispuesto a convertirme en uno yo también?
—Se marchan. ¿Qué hacemos? —pregunta uno de mis hombres.
Sigo mirando a Kincaid. Se detiene de golpe al llegar a la puerta y se gira a medias, sonriendo.
—Por cierto, olvidé mencionar que mi oferta estará vigente durante un tiempo limitado —dice desde la puerta.
—¿Por qué?
—Porque, si aceptas, el primer paso del plan tiene que ser puesto en marcha muy pronto.
—¿Lo matamos? —vuelve a preguntar mi hermano.
Inspiro hondo por la nariz y bajo el brazo con el que sostengo la pistola.
—No, vamos a dejar que se vayan —respondo.