Lupara Bianca Capítulo 2
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Capítulo 2

Bianca

No usaré un vestido blanco el día de mi boda. El color blanco simboliza la pureza y la inocencia, dos cualidades que yo dejé de poseer hace mucho tiempo. Deslizo el dorso de la mano por encima de la prenda que está sobre mi cama. Su tela es suave al tacto, de la mejor calidad.

—¿Gris? ¿En serio? Es muy… triste —comenta mi hermana, haciendo una mueca con los labios.

—Pensé usar uno negro, pero padre no me lo permitiría —digo en tono de broma, aunque la verdad es que me hubiese gustado hacerlo.

—¿Te imaginas la cara que pondría si te viese llegar al altar como si estuvieses en un funeral? —Ambas sonreímos.

—Vamos, ayúdame a recoger todo esto —pido.

Entre las dos guardamos el vestido en su funda y después lo colocamos en el vestidor antes de regresar a mi dormitorio. Rina se lanza sobre mi cama y suspira, mirando el techo.

—Yo voy a casarme de blanco, en la playa, descalza y con el viento salado golpeándome la cara —dice en tono soñador.

Me acuesto a su lado y le aparto un mechón rubio de la frente. Es increíble lo mucho que ha crecido en estos seis años. Ya no hay ni rastro de sus rasgos infantiles ni de la voz angelical que tenía cuando era pequeña. Va camino de convertirse en una mujer preciosa.

—Tu boda será exactamente como tú lo decidas —digo mientras acaricio su mejilla.

Su mirada de ojos verdes, tan parecidos a los míos, se ensombrece y niega con la cabeza.

—Es una pena que no tenga la misma libertad para escoger al novio. Solo espero que padre no me obligue a casarme con un viejo igual que a ti.

Enmarco su cara con ambas manos y la obligo a mirarme.

—Escúchame bien, Rina. Nadie va a decirte cómo, cuándo ni con quién tendrás que contraer matrimonio. Me aseguraré de que tengas toda la libertad que yo jamás he tenido, ¿entendido?

—¿Voy a poder decidir? —Asiento, y una sonrisa pícara se dibuja en sus labios—. Entonces, si decido que no quiero volver al internado…

Pongo los ojos en blanco y la empujo por la cabeza para que caiga de nuevo sobre el colchón.

—Buen intento —digo, poniéndome en pie.

—¡Vamos! Echo de menos estar en casa contigo. ¿Por qué no puedo volver?

—Porque estás mejor lejos de aquí. No tengas ninguna prisa.

—Dices que quieres que sea libre y al mismo tiempo me dejas encerrada en esa escuela. Sabes que eso te convierte en una hipócrita, ¿verdad?

Expando mi sonrisa y me encojo de hombros.

—Me han llamado cosas peores. Además, te recuerdo que yo también estudié en ese mismo internado, y no es tan malo.

—Ya, pero tú volviste a casa con trece años y yo ya he cumplido los catorce.

Rina se sienta en el borde de la cama y me lanza su habitual mirada recriminatoria.

Mi hermana y yo siempre hemos sido muy parecidas, y no solo en el físico.

Heredamos el aspecto y el carácter irreverente y descarado de nuestra madre; sin embargo, yo he aprendido a distinguir cuándo debo seguir luchando por mis objetivos y cuándo he de tirar la toalla.

Ella no es de las que se rinden nunca. No le importa a quién tenga que llevarse por delante para lograr lo que quiere. Le mantengo la mirada.

—Sabes que eso no funciona conmigo, ¿verdad?

—Resopla y aparta la vista. Tal vez empiece a madurar y aprenda a escoger mejor sus batallas.

Si no lo hace, le auguro una vida muy complicada, incluso con mi ayuda.

Me agacho frente a ella y coloco las manos sobre sus rodillas—.

Escúchame, Caterina. —Me mira mal. Odia que la llamen por su nombre completo.

Yo la ignoro y sigo mirándola a los ojos—.

En cuanto me case, tendré que mudarme a la casa de mi esposo.

Conseguiré convencerlo para que te permita venir a vivir con nosotros.

—¿En Baltimore? —Asiento, y ella hace una mueca con los labios—. Sabes que es la tercera ciudad con el índice de criminalidad más alto del país, ¿verdad?

Casi me echo a reír. Solo mi hermana podría usar algo así como excusa.

—Qué bien, entonces, que sepas manejar un arma. —Le revuelvo el pelo y me pongo en pie.

Noto que está a punto de quejarse de nuevo cuando la puerta de mi habitación se abre de golpe y la tía Sarah se acerca a nosotras sonriendo.

—¿Cómo están mis chicas? Me he pasado por la cocina y la cena ya casi está lista. ¿Tenéis hambre?

Ambas asentimos y tiro de la mano de Rina para que se levante de la cama.

—Ve a cambiarte para la cena. Seguiremos hablando de esto más tarde.

La tía Sarah acaricia su cabello rubio cuando ella pasa a su lado y se dirige a la salida. En cuanto nos quedamos solas, cierro los ojos y exhalo con fuerza.

—¿Qué ocurre, cielo?

Me pinzo el puente de la nariz y niego con la cabeza.

—Rina no deja de insistir en que quiere volver a casa. No sé cuánto tiempo más voy a lograr mantenerla en el internado.

—Ya no es una niña y, con el carácter que tiene, acabará saliéndose con la suya —comenta.

—Lo sé, y eso es lo que más me preocupa. Necesito tiempo para llevar a cabo mi plan. —Suspira y niega con la cabeza—. ¿Qué? ¿A qué viene esa cara?

—Ya sabes lo que pienso de eso. Hay otras maneras, Bianca. Podemos encontrar la forma de…

—No —la corto. Inspiro hondo por la nariz y aprieto los puños—. Tengo que hacerlo por ella. Necesito que mi hermana tenga la vida que a mí se me negó. Ella va a ser libre.

—¿Y tú? Estás sacrificándote por tu hermana, eso lo entiendo y lo respeto, pero piensa en ti durante al menos un segundo. ¿Qué pasará contigo? ¿Crees que ser la esposa de ese hombre horrible va a ser sencillo?

—Sé que no lo será, cuento con ello, pero sabré manejarlo. Yo ya no tengo remedio, tía, ella sí.

—¡Por Dios, Bianca! Solo tienes veinticuatro años y toda una vida por delante. Aún estás a tiempo de…

—No. Ya he tomado una decisión.

—¿Qué decisión? —escuchamos la voz de mi padre y ambas nos tensamos de pies a cabeza.

Echo un vistazo por encima del hombro de mi tía y lo veo junto a la puerta.

Se acerca, caminando con lentitud y seguridad en sí mismo, hasta que nos alcanza—.

Te he hecho una pregunta, Bianca. ¿Qué decisión has tomado?

Observo el rostro de mí tía, su frente arrugada y los ojos centelleando de pura rabia contenida. Comparto su estado de ánimo, pero yo sé ocultar mucho mejor mis sentimientos. Estiro los labios y dirijo la mirada a mi progenitor.

—Estaba hablando con la tía Sarah de mi decisión de casarme con Augusto Colombo. Es inamovible —añado.

Mi padre la mira a ella y después a mí con media sonrisa bailando en el rostro.

—Más te vale, porque anular ahora esta boda sería una mancha más en el apellido Rossetti, y tú no quieres hacer eso, ¿verdad, cariño? —Se acerca más y me quedo muy quieta mientras acaricia mi mejilla con suavidad—. Cada día te pareces más a tu madre. Vas a ser una novia preciosa.

Trago saliva con fuerza y mi sonrisa ensayada tiembla. Odio que diga eso, que me recuerde mi parecido con mi madre, que me compare con ella a cada instante. No soy mi madre y no quiero serlo.

—Deberíamos bajar ya al comedor —dice mi tía con voz ronca.

Padre se gira hacia ella y le hace un gesto con la mano para que se haga a un lado. Nunca se han llevado especialmente bien, pero desde hace unos años apenas se soportan. Si mi tía sigue pisando esta mansión es solo porque Rina y yo estamos aquí; eso solo me hace admirarla y quererla aún más.

En cuanto mi padre se marcha, ambas exhalamos con fuerza a la vez y nos miramos.

—Ve a acompañar a Rina, por favor. Necesito darme una ducha antes de bajar a cenar —le pido.

—Por supuesto. No tardes. —Tras asentir, espero a que dé media vuelta y se marche de mi dormitorio, cerrando la puerta a su espalda.

Solo cuando estoy sola, me dejo caer sobre la cama y ahogo en la almohada un grito de pura frustración.

No quiero casarme con ese desgraciado, lo que menos me apetece es dejar de ser la hija de un mafioso para convertirme en la esposa de otro, pero mis opciones son limitadas.

Para proteger a Rina soy capaz de cualquier cosa.