Capítulo 1
Luca
Seis años después
El cuero de los guantes cruje cuando cierro los puños con fuerza. Intento liberar un poco de tensión de los hombros antes de seguir golpeando el rostro del pobre desgraciado que tengo delante. Su cabeza cae hacia un costado al perder de nuevo la consciencia.
—Está casi muerto —dice uno de mis hombres a mi espalda.
Me giro a medias para mirarlo y con el hombro me limpio un chorretón de sangre que ha salpicado mi barbilla.
—Casi… —Hago un gesto con la mano y otro de mis chicos se acerca, coloca un cigarrillo entre mis labios y lo enciende.
Regreso la mirada al hombre, o lo que queda de él, atado de pies y manos a una silla. Llevo más de una hora torturándolo. Ha perdido casi todos los dientes, varios dedos y sus rodillas están completamente destrozadas, pero no ha dicho ni una sola palabra.
—Hay que admitir que los irlandeses saben adiestrar a los suyos. Cualquiera habría cantado como un pajarito, pero el cabrón es leal hasta la muerte
Me giro de golpe para fulminar con la mirada al tercer hombre que me acompaña.
—¿Tú hablarías? —pregunto en tono poco amigable.
—Eh… No, Don. Claro que no.
—¿Seguro? Porque me estoy planteando someter a mi gente de confianza a algo parecido a lo que acabo de hacer con este hijo de puta. —Esbozo media sonrisa y le doy una calada profunda al cigarrillo—. Sí, tal vez lo pruebe. Tengo curiosidad por saber cuántos de vosotros me traicionaríais.
Los tres tienen el buen juicio de permanecer en silencio y agachar las cabezas como muestra de sumisión.
Saben que no es una broma. Podría despedazarlos a golpes uno a uno por pura diversión.
Exhalo el humo y me acerco de nuevo al irlandés.
Le doy un par de palmaditas en el rostro para despertarlo, pero no logro hacerlo reaccionar.
Lo empujo, y el sonido que emite la silla metálica al golpear el suelo de hormigón se hace eco en el almacén abandonado y polvoriento en el que estamos.
El muy cabrón ni siquiera abre el único ojo sano que le queda.
El otro se lo perforé con un clavo hace ya un buen rato.
Hago una mueca de disgusto y suspiro. Este ha durado poco.
Me acerco más y le lanzo una patada en el estómago.
Espero unos instantes y resoplo. Se acabó.
No conseguiré nada más de él. Sujeto de nuevo el cigarrillo con los labios y, aún con los guantes empapados en sangre, me bajo la cremallera del pantalón y saco mi polla, la sostengo y empiezo a mear sobre su rostro.
Cuando ya casi he terminado, oigo que emite un pequeño gemido.
Sonrío y me guardo la polla de nuevo, antes de darle una última calada al cigarrillo y lanzarlo en su dirección.
Enseguida se apaga en el charco de orina que hay alrededor de su cabeza.
Solo un segundo después ya le he obsequiado con dos agujeros de bala en la frente y estoy colocando mi pistola de nuevo en la parte baja de la espalda.
Me giro y miro a mis hombres, encogiéndome de hombros.
—¿Quiere que nos ocupemos de limpiarlo todo, Don? —pregunta uno de ellos.
— Lupara bianca —ordeno.
Enseguida asienten a la vez. Saben perfectamente lo que significa ese término.
La prensa empezó a usarlo para referirse a los asesinatos cometidos por la mafia que no dejaban ningún rastro: ni cadáver, ni pruebas, ni indicios.
En la mayor parte de las ocasiones usamos ácido para descomponer los cuerpos y después arrojamos los restos licuados al río o alguna alcantarilla.
Suelo hacerlo yo mismo, pero por hoy ya he tenido suficiente.
Además, si no me apresuro, llegaré tarde a la cena con mi familia.
Dejo a mis hombres ocupándose del irlandés y, tras ponerme unos guantes y una camisa limpios, me meto en el coche y conduzco hasta llegar a las afueras de Filadelfia.
En una zona apartada está la casa de estilo victoriano donde nací y crecí junto a toda mi familia.
La gente normal termina marchándose de casa de sus padres al hacerse mayor, pero los De Santis no somos así.
Nosotros permanecemos juntos, bajo el mismo techo, aunque también es cierto que, con el tamaño de la casa, si quisiéramos podríamos pasar semanas sin vernos unos a otros.
Ese no es el caso. Cada noche nos reunimos alrededor de la mesa del gran comedor en el ala este de la propiedad.
Nada más entrar, me dirijo a mi propia zona de la casa.
No es tan amplia como la de mi madre o Vincenzo y su familia, pero tiene espacio más que suficiente para albergar dos habitaciones completas, un salón grande, un comedor, cocina, gimnasio, despacho y varios baños repartidos por distintos sitios.
Vivo en mi propio apartamento de lujo sin tener que alejarme de los míos.
Tras pegarme una ducha rápida para limpiar todo rastro de sangre de mi piel, me visto con un pantalón de traje y camisa negra, vuelvo a enfundarme unos guantes de cuero negro y voy en busca de mi hermano, que a estas horas es muy probable que se encuentre ya en el ala este.
Lo encuentro en una de las salas de estar, sentado en el sofá junto a Elmo, su hijo de casi seis años.
Ambos discuten en broma mientras juegan a la videoconsola.
Al escucharme entrar en la estancia, Vin pausa la partida y gira medio cuerpo hacia mí.
—¿Y bien? —pregunta con una ceja arqueada. Niego con la cabeza y, al pasar por la parte trasera del sofá, le revuelvo el pelo oscuro a mi sobrino—. ¿No le has sacado nada?
—Nada —confirmo.
Tras hacerme con una copa de licor del mueble bar, tomo asiento junto a Elmo y este empieza a darme codazos en las costillas.
Esquivo sus golpes y lo empujo hacia atrás por la cabeza.
Cae sobre el sofá, pero enseguida vuelve a la carga.
Sonrío. A veces pienso que este crío de verdad cree que puede conmigo.
—Estate quieto. Si te haces daño, tu madre no estará contenta —le regaña su padre.
Elmo me mira a mí, frunciendo el ceño, y, aunque se sienta de nuevo, pasa los siguientes minutos pellizcándome y dándome patadas en la pierna a escondidas mientras finge seguir jugando al videojuego—.
¿Cuál es el plan ahora? Los putos irlandeses no van a detenerse.
Se están adueñando de nuestro territorio.
—Solo tengo que encontrar a su jefe y acabar con él —comento antes de darle un trago largo a mi vaso.
—Eso no te ha funcionado hasta ahora —masculla mi hermano. Le lanzo una mirada de advertencia y él alza las manos a modo de disculpa—. Solo digo que…
—¿Crees que no soy capaz de dirigir esta familia? Si piensas que puedes hacerlo mejor, adelante. Nadie te impide tomar el mando, Vin.
Mi hermano aparta la mirada y exhala con fuerza.
Sabe que ese puesto no le pertenece. Fui yo el que salvó a nuestra familia.
Me he encargado de dirigir todos los negocios desde que…
Me miro las manos enguantadas y contengo el aliento.
Yo lo maté, y al hacerlo me convertí en el Don del estado de Pensilvania.
Solo yo puedo tomar las decisiones; aunque Vincenzo no esté de acuerdo con ellas, debe respetarlas y cumplir mis órdenes.
Tras unos segundos de silencio, en los que aprovecho para devolverle varios golpes furtivos al demonio de mi sobrino sin que su padre se percate, Vincenzo vuelve a hablar.
—Tal vez no sea tan mala idea acudir al capo. Él puede enviarnos refuerzos para acabar de una maldita vez con todos los putos irlandeses.
—No —respondo cortante.
—Luca, se te está yendo de las manos. Ya hemos perdido demasiado terreno. ¿Cuánto crees que vamos a aguantar sin tener ayuda?
—No me arrastraré ante Maurizio Leone. Nuestro territorio lo defendemos nosotros —sentencio, y me termino el licor de un trago antes de dejar el vaso vacío sobre la mesa.
Mi hermano pone los ojos en blanco, pero no insiste.
Sabe que ahora mismo no estamos en posición de perder más aliados, y eso es justo lo que ocurrirá si su suegro, Adriano Valente, se entera de lo que está ocurriendo en nuestro estado.
Después de lo que hizo nuestro padre, hemos perdido el apoyo de la mayoría de las familias, incluyendo a los Rossetti y los Santoro.
Ahora estamos solos, con el honor por los suelos y sin apenas respeto ni confianza por parte de los demás cabezas de familia.
—Lo que sea que estés pensando hacer, hazlo pronto. He escuchado que Luciano Rossetti ya ha comprometido a su hija, y ¿a que no sabes quién es su futuro yerno? —Arqueo una ceja con curiosidad—. Augusto Colombo.
¿Colombo? Ese viejo decrépito es el Don del estado de Maryland.
El hecho de que Rossetti haya decidido unir su familia a la de Colombo solo puede significar que va a intentar sacarnos de en medio.
Hace años que codicia nuestro territorio.
Hasta ahora he logrado que el capo medie entre nosotros, pero, si hace algún movimiento ofensivo, no tendré más remedio que declarar la guerra entre nuestras familias, y eso puede ser el final de todos.
Ahora mismo no estamos en condiciones de pelear contra nadie.
Una idea me cruza la mente y frunzo el ceño. Recuerdo ver a la pequeña Caterina Rossetti la última vez que estuvimos en la mansión, el mismo día en el que nuestras vidas cambiaron para siempre. En ese momento ella no tenía más de siete u ocho años.
—Espera, ¿qué edad tiene la hija de Rossetti? ¿De verdad va a permitir que su hija menor se case con un tipo que podría ser su abuelo?
Vincenzo esboza media sonrisa y niega con la cabeza.
—¿Quién ha dicho nada de que sea la menor? Es Bianca Rossetti la que se va a casar con Colombo.
—¡¿Bianca?! —exclamo sorprendido.
Mi exprometida. Por supuesto, tras convertirme en el hijo de un traidor, su padre no dudo en disolver nuestro compromiso.
Desde entonces, la hija primogénita de Rossetti ha estado viviendo en Europa y de todos es sabido que su padre ha tenido que solucionar varios problemas en los que se ha metido por allá.
Siempre anda involucrada en escándalos. Conflictos públicos con gente importante e influyente de las altas esferas, amantes a docenas, problemas con el alcohol y las drogas…
Bianca se ha convertido en todo aquello que un capo de la mafia jamás querría como hija, y mucho menos como esposa.
—Lo sé, yo también me sorprendí —dice riendo—. Acaba de volver de Europa. El enlace será dentro de unos días. Casi siento pena por Colombo. Esa mujer lo va a llevar a la tumba antes de lo que puede imaginar.
Me quedo pensativo unos segundos. Es cierto que casarse con una mujer como Bianca supone una pérdida de honor y respeto; sin embargo, Colombo no es un idiota.
Sabe que aliarse con los Rossetti le traerá muchos beneficios, entre ellos, el poder y la ampliación de sus negocios.
Va a meterse en una de las familias de la Santa Trinidad de la mafia siciliana en Estados Unidos y, en caso de guerra, será una fuerza más contra la que luchar.
Si ya no teníamos ninguna posibilidad de salir vencedores contra los Rossetti y los Santoro, con los Colombo en la ecuación somos una diana fácil. El riesgo está más que justificado.
—Se supone que Bianca Rossetti iba a ser mi esposa. Me la prometieron —mascullo entre dientes.
—De buena te libraste. Te imaginas estar casado con una mujer así, tan… —Arqueo una ceja y Vincenzo chasquea la lengua, contrariado—. Si la chica es una zorra, se dice y punto. Ella solita se está encargando de arruinar el prestigio y la reputación de su familia.
—Te recuerdo que nuestro prestigio y nuestra reputación llevan mucho tiempo en horas bajas.
—¿No estarás pensando en…?
Sonrío de nuevo y me encojo de hombros.
—Tal vez no sea tan mala idea ir en busca de lo que se me había prometido.
Mi hermano abre la boca, seguramente para quejarse de nuevo, pero, antes de que pueda decir una sola sílaba, uno de los hombres que estuvo conmigo esta tarde en el almacén entra en el salón.
Ambos nos levantamos de golpe. Se supone que nadie ajeno a la familia puede pasearse por nuestras dependencias privadas a su antojo. Lo tienen prohibido.
—Perdón —dice, agachando la cabeza—. Don, tengo una llamada para usted y es importante.
Arqueo una ceja y le lanzo una mirada de desdén al idiota. Me tiende un teléfono móvil.
—¿Qué está pasando? —inquiero.
—Es del irlandés, empezó a sonar y… —Se queda callado y estira más el brazo para darme el aparato—. Será mejor que lo compruebe usted mismo.
Lo cojo y exhalo con fuerza antes de llevármelo a la oreja.
—¿Quién demonios eres y qué quieres de mí? —pregunto en tono amenazante.
—Luca De Santis, supongo… —Reconozco el acento irlandés en la voz del tipo que me habla al otro lado de la línea y todo mi cuerpo se tensa—. Es un placer conocerte al fin. Creo que me has estado buscando.
—¿Quién eres? —siseo entre dientes.
—El jefe de los tipos a los que has estado torturando y matando estos últimos meses, pero puedes llamarme Kincaid. —Hay un silencio y respiro hondo por la nariz—. Deberíamos vernos. Tengo la sensación de que tú y yo podemos hacer grandes cosas juntos.