Prólogo #5
—Yo también lo creía —comenta Maurizio, acercándose más a mi padre.
Le alza la cabeza, tirando de su pelo sucio por la sangre y el polvo, y después vuelve a dirigir la mirada en mi dirección—.
Ha estado colaborando con la Policía. En los últimos meses, varios cargamentos de droga y armas fueron interceptados.
—No ha sido nuestro padre —afirma Vincenzo, que ha decidido unirse a mí en lo de encañonar a Ricciardo Leone.
—Te equivocas —escucho decir a alguien, que enseguida reconozco como Pietro Santoro. Es el padre de la esposa de Luciano Rossetti y Don de Florida. Después de la Santa Trinidad de la costa este, ese estado es el más importante y poderoso de la organización.
—¡Maldita sea, explícate, Santoro! —vocifera mi hermano, desviando su pistola en dirección al anciano.
—Los cargamentos que han sido interceptados eran míos. He pasado los últimos meses investigando los movimientos de vuestro padre. Fue él quien me delató.
—¿Tienes pruebas? No puedes acusarlo sin…
—Esto no es un juicio —lo corta nuestro capo. Se ajusta los puños de la camisa con parsimonia antes de seguir hablando—. La investigación se llevó a cabo bajo mi supervisión y vuestro padre es el responsable. Nos ha traicionado y debe pagar por ello.
Intento apagar los cuchicheos y exclamaciones que se escuchan a nuestro alrededor y clavo mi mirada en el rostro de nuestro padre.
Maurizio Leone nunca hace nada por casualidad, y si ha decidido traerlo aquí y mostrarlo ante todos los miembros de la organización es porque pretende crear ejemplo con él.
La decisión ya está tomada. Va a ejecutarlo delante de todos nosotros para que a nadie se le ocurra volver a pensar en traicionarlo.
Mi padre abre uno de sus ojos hinchados y, justo en ese instante, soy consciente de que él también lo sabe.
—Tiene que haber un error. Él no… Donato, di que es mentira. ¡Defiéndete! —grita mamá entre sollozos.
Me atrevo a mirarla de reojo y agarro mi pistola con más fuerza cuando las lágrimas se me acumulan tras los párpados. No sirve de nada llorar o lamentarse. Mi padre va a morir hoy, y es posible que todos nosotros también.
Maurizio se acerca a mi madre y agacha la cabeza levemente en un acto muy poco propio de él.
—Stella, lamento que tengas que pasar por esta situación. Tu marido es un traidor y, como vuestro capo, debo hacer cumplir la ley.
—¿Vais a matarnos a todos? —escucho que pregunta mi cuñada.
—Ilenia, cállate —sisea mi hermano, mirándola de reojo.
Puedo notar el dolor que oculta tras su tono de voz. Su padre, su hermano, su mujer y hasta su hijo no nato… Todos van a morir y él no puede hacer nada para evitarlo. ¡Por Dios santo! ¿Cómo ha pasado esto?
—Capo, ella es mi hija —intercede Adriano Valente.
Él ha sido el mayor amigo y aliado de nuestro padre. Nuestras familias ya estaban unidas antes incluso de que su hija Ilenia se casara con mi hermano. Maurizio le da un leve apretón en el hombro y sacude la cabeza a un lado y al otro.
—Lo lamento, Adriano. Es una De Santis también. Ya conoces las reglas: en caso de traición, toda la familia debe ser erradicada.
Mi madre vuelve a sollozar en el mismo instante en el que Vincenzo da un paso adelante y mueve su brazo para apuntar a nuestro padre en la cabeza.
—Yo… —Toma una respiración profunda y su mandíbula se tensa aún más—. Yo, Vincenzo De Santis, hijo primogénito de Luciano De Santis, asumo la traición de mi padre y reniego de él.
—¡No! ¡No, Vincenzo! —grita mamá, desesperada.
Miro a mi hermano sin poder creer lo que está haciendo. Lo entiendo, intenta evitar una muerte segura para su esposa y su hijo, pero no creo que sea capaz de apretar el gatillo.
Maurizio estrecha su mirada sobre él y alza la barbilla de manera desafiante.
—¿Estás dispuesto a ejecutar a tu padre para salvar a tu familia? —le pregunta.
Mi hermano inspira hondo por la nariz y después asiente con la cabeza.
—Los traidores no tienen cabida entre nosotros. Si incumplió la omertà , debe morir.
—Bien, en ese caso, tu familia estará libre de cualquier castigo. Hazlo.
Vincenzo sujeta la pistola con ambas manos mientras mamá sigue gritando su nombre y pidiéndole que no lo haga.
Trago el nudo de angustia y dolor que se ha instalado en la garganta y miro a mi padre.
Él me devuelve la mirada y una de las comisuras de su boca se estira.
Sabe que Vincenzo no podrá hacerlo. No va a matarlo, y esa es la única manera de salvarnos a todos los demás.
Doy un paso al frente, contengo el aliento y apunto a mi padre en la frente.
— Patri —susurro.
Espero un segundo, hasta que vuelve a cerrar los ojos, y aprieto el gatillo.
—¡No! ¡Donato! ¡Donato!
Los gritos de mamá se clavan en mis oídos mientras veo cómo el cadáver de mi padre se desploma.
Su cabeza golpea el suelo empedrado y enseguida empieza a formarse un charco alrededor de ella.
Clavo la mirada en los dos agujeros de bala que hay en su frente y exhalo con fuerza.
Lo he hecho. Acabo de matar a mi propio padre.