Lupara Bianca Prólogo #4
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Prólogo #4

Me muerdo el labio inferior con fuerza y me contengo para no rodar los ojos.

Sí, el puto De Santis tiene lo mismo de guapo que de insoportable, aunque, al fin y al cabo, no es más que un copia y pega de todos los demás miembros de la Cosa Nostra.

Cabello oscuro, tatuajes y más arrogancia de la que es posible almacenar en un cuerpo humano normal; por suerte para él y para mi desgracia, también es más alto que la media.

Es difícil no dejarse intimidar por alguien que me saca más de medio metro de altura, y ya no hablemos de la corpulencia, porque el muy cabrón, aparte de una cara bonita y unos ojos azules que llaman la atención, también tiene un cuerpo fornido.

Sería el esposo perfecto si por dentro no estuviese podrido, como todos los demás miembros de la mafia siciliana.

Cuando estamos a punto de adentrarnos en la carpa y saludar a los primeros invitados, noto que mi tía tira de mi brazo para detener mi avance. Giro la cabeza en su dirección y ella me mira a los ojos.

—Bianca, si no quieres casarte con él, dímelo y te juro que lo arreglaré. Hablaré con tu padre y…

—¡No! —exclamo con más énfasis del que pretendía. Inspiro hondo por la nariz y niego con la cabeza—. Todo está bien, de verdad. Luca y yo nos conocemos desde niños.

—Exactamente. Tú no decidiste comprometerte con él, fue algo que os impusieron a ambos.

—Tía, ya sabes cómo funciona esto.

—¡Me importa una mierda cómo funcione! —dice, alzando la voz—. Eres mi sobrina. Rina y tú sois la única familia que me queda, y te aseguro que tu madre no me perdonaría nunca que permitiera que alguna de sus hijas se casara en contra de su voluntad.

Vuelvo a tragar saliva con fuerza para bajar el nudo de angustia y tristeza que se ha instalado en mi garganta, y por una milésima de segundo me doy el lujo de imaginar un escenario donde la tía Sarah de verdad es capaz de hacer algo para evitar lo que está a punto de ocurrir, pero esa fantasía se esfuma antes de que pueda hacerme ilusiones.

Aunque mi padre suele ser bastante permisivo con ella por su parentesco con su fallecida esposa, estoy segura de que no dudaría en matarla si acudiera a él con reclamos y quejas por mi matrimonio.

Para Luciano Rossetti, primero van los negocios y después la familia.

—Todo va a salir bien —digo con toda la seguridad que soy capaz de reunir—. Luca es un buen hombre. Voy a ser muy feliz con él. No te preocupes por mí.

Exhala profundamente y asiente.

—Está bien, pero aún hay tiempo. Todavía faltan unos meses para la boda, hoy lo sabremos con seguridad, y hasta entonces puedes pensártelo mejor. Si tienes dudas, si no quieres hacerlo, acude a mí, por favor. Puedo convencer a tu padre para que termine con esto de inmediato.

—De acuerdo, así será.

Tiro de su brazo para seguir caminando y, aunque al principio se resiste, enseguida retomamos nuestro camino hacia el interior de la carpa, donde no tardamos en ser interceptadas por uno de los invitados.

Instalo de forma definitiva mi sonrisa ensayada y me preparo para la tortura a la que voy a ser sometida hasta altas horas de la madrugada.

Si salgo viva de esta, es probable que termine con la mandíbula amoratada de tanta tensión contenida.

Odio mi vida: la que he tenido, la que tengo y la que me espera en el futuro.

Luca

Por el rabillo del ojo veo cómo Vincenzo oculta un bostezo tras su copa de licor.

Sonrío, negando con la cabeza, y bebo de mi propio vaso.

Para nadie es un secreto que mi hermano mayor detesta estas interminables celebraciones.

Se acerca a su esposa y coloca la mano sobre su abultado vientre de manera protectora antes de darle un fugaz beso.

Pierdo la sonrisa y busco a Bianca al otro lado de la carpa, está hablando con mi madre.

Son tan distintas… Y no me refiero solo al físico, sus personalidades son completamente opuestas.

Mamá es paz, calma, tranquilidad en estado puro, pocas veces la he escuchado alzar la voz, ni siquiera cuando Vin y yo hacíamos travesuras de niños.

Bianca, sin embargo… «Pídeme que me arrodille y te la chupe ahora mismo y lo haré».

Sus palabras resuenan en mi mente como una jodida campana.

Se supone que una señorita no debería hablar de esa forma tan ordinaria.

No soy tan hipócrita como para negar que me puso muy cachondo con esa sola frase.

Es curioso porque alguien como Bianca, una princesita de la mafia de solo dieciocho años, ni siquiera debería saber nada sobre el sexo, pero, por su forma de hablar, parece como si estuviese muy familiarizada con el tema en cuestión.

Sigo observándola desde lejos. Está intentando contener su carácter, eso es algo que cualquiera puede notar.

Se toca el pelo cada pocos segundos, cambia el peso de una pierna a la otra, e incluso me parece ver que pone los ojos en blanco en un par de ocasiones.

Por más que se esfuerce, es incapaz de comportarse de manera adecuada durante más de unos minutos seguidos.

Estoy tan ensimismado en descifrar los movimientos y expresiones de mi futura esposa que no soy consciente del revuelo que se crea entre la multitud hasta que un grito llama mi atención.

— Cascittuni! —¿Traidor? Me enderezo de golpe y busco a mi hermano. Él también ha entrado en alerta.

En nuestro mundo, llamar traidor a alguien es un tema muy serio, y si alguien se ha atrevido a hacerlo es que está a punto de ocurrir algo muy malo.

En pocos segundos, Vincenzo está a mi lado y ambos nos acercamos al lugar donde se están apelotonando los invitados.

Se escuchan más gritos y, por un instante, se me hiela la sangre al reconocer que son de mi madre.

Avanzo entre la gente, abriéndome paso a codazos, hasta que logro alcanzar el centro del corrillo, y es entonces cuando lo veo.

Mi padre está aquí. Inmóvil. Demasiado expue sto.

No lo había visto en la última hora, y ya empezaba a resultarme extraño, porque a estas alturas de la noche debería haberse anunciado la fecha de mi boda con la hija de Rossetti.

Todo tendría que estar cerrado, decidido, sellado delante de todos.

Me basta una sola mirada en su dirección para comprender que nada ha salido como debía.

El murmullo que nos rodea no es expectación.

Es veneno. Sospecha. Acusación. El aire se vuelve denso en mis pulmones mientras nuestros ojos se encuentran, y en los suyos hay temor, un miedo atroz que nunca antes había visto.

Porque en este mundo, cuando alguien es acusado de traición, ya no hay vuelta atrás.

De pronto, sé que todo lo que creía decidido esta noche acaba de romperse.

Adiós al compromiso con Bianca Rossetti, adiós al honor de la familia De Santis. Vamos a morir todos.

—¡Qué demonios…! —exclama Vincenzo.

Intenta acercarse a nuestro padre, que tienen sujeto dos de los hombres de confianza de Maurizio Leone, nuestro capo. Ni siquiera sé qué es lo que hace él aquí. Casi nunca sale de su isla privada en la costa siciliana.

—Ni un paso más —gruñe Ricciardo Leone, el hijo mayor de Maurizio y sottocapo de la Cosa Nostra, apuntando a mi hermano con una pistola.

Algún día, él será nuestro jefe, eso si llega vivo a ese momento porque, como no baje la puta arma ya, voy a volarle la cabeza.

Vincenzo tarda un par de segundos en reaccionar, yo no tanto.

He sido muy consciente de que algo así iba a pasar en el instante en que he visto su rostro ensangrentado, cubierto de cortes y hematomas recientes.

Alguien lo ha golpeado, y no una vez. Esto no pinta bien.

—Chico, dudo que quieras amenazar a mi hijo. —Maurizio Leone se dirige directamente a mí, ya que no he dudado un segundo en encañonar a su sottocapo .

Escucho los quejidos ahogados de mi madre, pero evito mirarla. Aunque me está matando oírla tan afligida, ahora mismo necesito estar totalmente centrado en los hijos de puta que están amenazando a mi padre.

—¿Qué mierda está pasando aquí? Los De Santis somos leales a la omertà —siseo entre dientes sin dejar de apuntarle.

La omertà es el código de honor de la mafia, la ley del silencio, que dice que está terminantemente prohibido dar chivatazos a la Policía ni colaborar con las autoridades bajo ningún concepto. En caso de quebrantamiento, se castigará con la muerte.