Lupara Bianca Prólogo #3
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Prólogo #3

—Solo por esto, mi padre podría matarte. —Su aliento golpea mi rostro y lo recibo con una sonrisa ladeada.

—Correré el riesgo. —Llevo la mano libre a su rostro y acaricio su labio inferior con el dedo índice—. Conozco mil formas de hacerte disfrutar sin que dejes de ser virgen, Diavuletta.

No tengo claro si lo estoy diciendo en serio o solo intento provocarla.

Si no he sido capaz de intimidarla por las malas, tal vez con esto funcione; antes lo hizo.

No obstante, al notar que está dudando en su respuesta, soy muy consciente de que ahora mismo estoy deseando que acepte mi propuesta.

Trago saliva con fuerza y aguardo sin moverme ni un centímetro hasta que Bianca aparta la mirada con un suspiro.

—Está bien —susurra.

Abro mucho los ojos y sacudo la cabeza de un lado a otro. «¿Acaba de decir lo que creo que he escuchado?».

—Repite eso —gruño, apretando más su nuca.

Me mira de nuevo a los ojos. Hay determinación en ellos, y también tenacidad.

—He dicho que acepto. Haré lo que quieras, te dejaré que hagas conmigo lo que te apetezca, pero quiero algo a cambio.

Mi polla se tensa aún más en el interior de mis calzoncillos. «Te dejaré que hagas conmigo lo que te apetezca». ¡Maldita sea! Eso suena demasiado bien.

—¿Qué quieres a cambio? —susurro con la boca casi pegada a sus labios.

Inspira hondo por la nariz una vez más y alza un poco la barbilla.

—Que rechaces nuestro compromiso.

Sus palabras tardan unos segundos en penetrar en mi cerebro, que ahora mismo está jodidamente empapado de testosterona.

Pestañeo un par de veces y, al ser consciente de lo que acaba de decir, me aparto unos centímetros y sacudo la cabeza de un lado a otro, como si con ese gesto pudiese sacar de mi mente las imágenes que yo mismo he puesto ahí al imaginarme follando a Bianca Rossetti por todos sus putos agujeros.

—¿Cómo dices? —pregunto con una exhalación.

—Ya me has escuchado, De Santis. —Me agarra de la muñeca y aparta mi mano de su nuca antes de retroceder un paso y mirarme con arrogancia y seguridad—.

Haré lo que quieras. Pídeme que me arrodille y te la chupe ahora mismo y lo haré.

¿Deseas follarme? Lo tendrás. A cambio, solo debes rechazar nuestro e nlace.

—¿Estás dispuesta a entregarme tu cuerpo para no casarte conmigo?

Asiente con contundencia y se cruza de brazos.

—Si eso es lo que tengo que hacer para librarme de ti… —deja la frase en el aire; tampoco necesito que la termine.

Me queda claro que no soy de su agrado. Le da igual que le arrebate su virginidad aquí mismo, en un invernadero, de cualquier forma, con tal de no casarse conmigo.

Tenso la mandíbula y noto cómo la rabia me recorre de pies a cabeza.

¿Quién demonios se cree que es esta niña?

Si hubiese podido elegir esposa, ella jamás hubiese estado entre las candidatas.

Es preciosa, sí, y puede que mi polla esté deseando meterse entre sus piernas, pero nadie en su sano juicio escogería tener como esposa a una niña malcriada e irrespetuosa, alguien sin ningún tipo de respeto por nuestras tradiciones y costumbres.

Puede que algún día yo me convierta en capo y a mi lado debo tener a una mujer recta, educada y complaciente, todo lo que Bianca Rossetti no será jamás.

—¿Sabes?, por un instante he estado tentado a aceptar tu oferta —digo, esbozando una sonrisa tensa.

—¿Y bien? —Arquea una ceja y expando mi sonrisa.

—Va a ser que no. Al fin y al cabo, no tardaremos en ser marido y mujer.

Puedo esperar unos meses, y entonces tendré lo que me has ofrecido sin dar nada a cambio.

—Deslizo el dorso de mis dedos por el lateral de su cuello en una leve caricia—.

Voy a disfrutar arrancándote toda esa prepotencia y altanería a embestidas, Diavuletta.

Te recordaré esta conversación cuando me esté follando todos tus agujeros, uno por uno.

Bianca

Aún estoy intentando recuperarme de lo que acaba de decir Luca De Santis, cuando se aparta con brusquedad y sale del invernadero a toda prisa.

¿En serio acabo de ofrecerle sexo a cambio de que no me haga casarme con él?

¿Tan desesperada estoy? La imagen de una cabeza de pelo rubio, ojos verdes y sonrisa aniñada se cuela en mi mente y suspiro.

Sí, estoy muy pero que muy desesperada. Tengo que lograr que ese maldito enlace se cancele o, al menos, se aplace lo máximo posible hasta que encuentre la manera de liberarme de manera definitiva.

Mis posibilidades de lograrlo son casi nulas, pero, aun así, seguiré luchando hasta el momento en el que diga «Sí, quiero» ante un sacerdote.

Me tomo unos minutos para tranquilizarme y decido salir del invernadero y dar la cara ante los invitados a la fiesta.

Apuesto a que ya estarán buscándome. Mi momento de rebeldía diario ha llegado a su fin y a partir de ahora no me quedará otra que asumir la personalidad de la chica buena y educada que se supone que debo ser.

No estoy del todo segura de poder pasarme el resto del día fingiendo.

Lo más probable es que termine escapando en mitad de la celebración a algún lugar apartado para relajar los músculos faciales.

Mantener una falsa sonrisa durante horas es de las cosas más agotadoras que conozco.

Apenas me he alejado un par de metros del invernadero cuando empiezo a escuchar la música y las voces que provienen de la carpa que han instalado en el jardín de la mansión.

Aparte de todo lo del compromiso, me pone de los nervios estar rodeada por los socios y amigos de mi padre.

A él, sin embargo, le encantan estas celebraciones repletas de excesos y ostentosidad.

Al menos un par de veces al año organiza algún evento en el que aprovecha para demostrar su estatus y poder al resto de la organización.

Una preciosa y enorme mansión en Upper Brookville, a solo cuarenta minutos del centro de Nueva York, su colección de armas antiguas y coches clásicos y, por supuesto, las joyas de la corona, que no son otras que sus dos hijas perfectamente vestidas y peinadas para ser exhibidas ante la multitud como simples objetos decorativos. Es repugnante.

Solo con pensar que así es como voy a tener que pasar el resto de mi vida, me dan ganas de meterme la pistola en la boca y apretar el gatillo, porque tengo muy claro que Luca De Santis no es distinto a mi padre.

Puede que tenga una personalidad más voluble e impulsiva y, definitivamente es mucho más atractivo.

Puedo entender su fama de mujeriego y que siempre tenga a varias chicas revoloteando a su alrededor en busca de su atención.

Aunque, después de nuestro encuentro en el invernadero, dudo seriamente de su equilibrio mental.

En el fondo no es más que otro mafioso de gatillo fácil y sin ningún respeto por las mujeres.

Mi labor como su esposa no será otra que mantenerme guapa, sonriente y servicial ante sus caprichos.

Sí, creo que lo de tragar un pedazo de plomo será un sacrificio menor en comparación con lo que me espera.

Lo veo todos los días en la forma en la que mi padre trata a su mujer; aunque ella jamás lo admita, sé nota que es terriblemente infeliz.

A veces, cuando no se está comportando como una perra con mi hermana y conmigo, casi siento lástima por ella.

Ya casi puedo ver la carpa, cuando de detrás de la casa de la piscina sale alguien que choca contra mí. Estoy a punto de trastabillar, pero me sujeta por el brazo y enseguida me ayuda a enderezarme.

—Cielo, ¿estás bien?

Alzo la vista de golpe y esbozo una pequeña sonrisa tranquilizadora.

—Sí, tía Sarah. Iba distraída.

Mi tía me sujeta con más fuerza y desliza la mano por el interior de mi muñeca, justo por encima de una de las cicatrices que cada día se empeñan en recordarme que no puedo flaquear. Rendirse no es una opción.

—Me tenías preocupada, cariño. Todo el mundo te está buscando. Creí que…

—Estoy bien —la corto al notar cómo su mirada se ensombrece.

Me encantaría poder ser sincera con ella y confesarle que en realidad soy una gran mentirosa.

No estoy bien, nunca lo estaré y menos aún cuando me case con el puto Luca De Santis, pero no puedo poner esa carga sobre sus hombros.

La tía Sarah es la única persona que de verdad se preocupa por Rina y por mí.

Odia cualquier tema relacionado con la organización que le arrebató a su hermana pequeña y, aun así, siempre que puede, viaja desde Europa para visitarnos.

Desde que mamá murió, ella es la única conexión que tenemos con nuestras raíces alemanas.

Prefiero disfrutar del tiempo que pasamos juntas en vez de malgastarlo contándole problemas que ella no puede ayudarme a resolver.

—¿Estás segura? —Estrecha su mirada sobre mí con desconfianza—. Se supone que hoy debería ser un gran día. Eres la protagonista de la fiesta y, en vez de estar relacionándote con los invitados, decides alejarte y esconderte. A mí no me parece que estés bien.

Trago saliva con fuerza e inspiro hondo por la nariz para frenar el aluvión de tristeza que casi me hace llorar. «Sonríe, Bianca. Sabes cómo hacerlo». Estiro las comisuras de la boca, haciendo gala de mi mejor sonrisa ensayada.

—Ya sabes que no me gustan mucho las multitudes, pero todo va bien. Justo ahora estaba a punto de unirme a los invitados.

—Tu prometido ya está allí —dice, aún observándome con atención, como si no terminara de creerme.

—Sí, lo supuse. Acabo de verlo hace un momento —comento de forma distraída. Por supuesto, no menciono que le he ofrecido acostarme con él a cambio de que rechace nuestro enlace. Eso es algo que ni ella ni nadie necesita saber.

La tía Sarah suspira y al fin parece tragarse mi actuación. Entrelaza su brazo con el mío y juntas empezamos a caminar hacia la carpa con paso lento.

—Ha cambiado mucho tu prometido. La última vez que lo vi era un crío. Es muy guapo.

—Sí, lo es —susurro.