Lupara Bianca Prólogo #2
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Prólogo #2

—Respóndeme y puede que te dé el gusto de dejar vivir a tu guardaespaldas. ¿Por qué estabas disgustada?

Resopla con fuerza y sus ojos verdes centellean de pura rabia.

—No sé, tal vez porque estoy a solo unos meses de casarme con un puto tarado sin ningún tipo de consideración por la vida humana. ¿Crees que no es un motivo de peso para disgustarse?

—Entonces… ¿eso es lo que piensas de mí? —pregunto con curiosidad.

Nuestros padres nos comprometieron cuando yo tenía quince años y ella solo doce.

Nos hemos visto en fiestas, reuniones y acontecimientos importantes.

Nuestras familias siempre han intentado que pasemos tiempo juntos para conocernos mejor; sin embargo, cada vez que nos dejaban a solas, hemos preferido actuar como si el otro no estuviese ahí.

Yo tengo claro que, por muy hermosa que sea Bianca, su carácter testarudo y su actitud irrespetuosa no me resultan para nada atractivos.

Por ese motivo mantengo las distancias con ella.

Ya voy a tener bastante con permanecer unido a ella el resto de mi vida.

Aunque hasta ahora que lo ha mencionado no tenía ni idea de qué opinión tenía ella sobre mí o cuáles eran sus motivos para evitar cualquier acercamiento.

Cree que soy un maníaco. Tampoco es tan malo, ¿no?

—Sí, eso es lo que pienso de ti, aparte de otras muchas cosas que prefiero guardarme. Ahora, ¿podrías, por favor, bajar la puta pistola antes de que ocurra algún accidente?

Inspiro hondo por la nariz y echo un nuevo vistazo a Serra, que sigue inmóvil, antes de regresar la mirada a ella. Por esta vez, y sin que sirva de precedente, voy a permitir que se salga con la suya.

—Tú primero —exijo.

Exhala con fuerza y deja que sus brazos caigan por su propio peso.

—Te toca, De Santis —masculla de inmediato.

Bajo el arma y, con la mano que tengo libre, sujeto el rostro de Serra con fuerza y le doy un par de palmadas en la mejilla.

—Es tu día de suerte, amigo. No tienes ni idea de lo cerca que has estado de morir. —Estiro su camiseta a la altura de los hombros y después lo empujo en dirección a la salida.

—Vete —le pide Bianca cuando él se detiene para mirarla.

Casi se me escapa una carcajada. Creo que el hijo de puta de verdad no entiende que no dudaría un puto segundo en volarle la cabeza.

Por suerte para él, no tarda en encaminarse hacia la puerta y solo unos segundos después ya se ha marchado.

Mi prometida exhala de nuevo y dirige su mirada furiosa en mi dirección.

—¿Qué? ¿Vas a disgustarte de nuevo porque soy un tarado? —Abro los brazos en cruz y esbozo una sonrisa arrogante—. Puedo abrazarte si es lo que necesitas.

—Aparte de tarado, eres un puto psicópata de manual, ¿verdad? —escupe con rabia.

Estrecho la mirada sobre ella y la señalo con el doble cañón del arma.

—Vas a tener que aprender a mantener esa boquita tan bonita cerrada, Diavuletta.

—No me llames así.

—Te llamo como me apetezca. —Me fijo en su mano, que aún empuña la pistola, y vuelvo a sonreír—. ¿Es de verdad al menos o me has amenazado con un arma de juguete?

Parece dudar un segundo antes de responder. Un brillo travieso ilumina sus ojos y levanta la pistola para apuntarme, esta vez al centro del pecho.

—¿Lo comprobamos? —inquiere con una ceja arqueada.

—¿Vas a matarme?

—Podría hacerlo.

Su seguridad me resulta divertida. Sé que no va a dispararme.

Mi padre es uno de los tres grandes cabezas de familia de la costa este.

Los De Santis controlamos el estado de Pensilvania, los Rossetti el de Nueva York y los Valente el de Massachusetts.

Juntas, las tres familias son la jodida Santa Trinidad de la Cosa Nostra en Estados Unidos.

Matarme a mí, al hijo de un Don, es una sentencia de muerte o incluso algo peor si esa persona resulta ser la hija de otro de ellos.

—¿Estarías dispuesta a ser el desencadenante de una guerra entre nuestras familias?

Piénsalo bien, Bianca. Si tú me matas, mi padre o mi hermano harán lo mismo contigo, y entonces tu padre intentará matarlos a ellos.

Si tiene la mala suerte de acabar con mi hermano, su mujer, que te recuerdo que es la hija de Adriano Valente, también se sumará a la lucha.

Los Valente y los De Santis unidos en contra de tu familia.

¿Cuánto crees que tardarán en matarlos a todos, incluyendo, por supuesto, a tu hermanita pequeña?

Será el inicio de una disputa que puede durar siglos.

A mí me suena divertido, pero, como tú has dicho, soy un puto tarado. —Me encojo de hombros y sonrío.

—Podría decir que intentaste violarme y que me defendí. —Alza la barbilla de manera desafiante y casi suelto una carcajada.

—Nadie en mi familia lo creería. Te aseguro que puedo follarme a cualquier mujer que desee sin necesidad de obligarla. —Tomo una respiración profunda y señalo la pistola que aún tengo en la mano—. Además, estás obviando que yo también puedo matarte a ti. Mi pistola es más grande y potente.

Desvía la mirada hacia mi arma y la muevo para que pueda contemplar su belleza.

Es una Arsenal AF2011-A1, un jodido engendro de fabricación italiana y comercialización americana.

Tremendamente pesada, incómoda de sujetar y poco precisa por el excesivo impacto de retroceso, pero ¿qué mafioso no querría dos pistolas fusionadas en una?

Aunque sea solo por su jodida potencia y rareza, es maravillosa.

—Ya veo —susurra, regresando la vista a mi rostro—. ¿Intentas compensar alguna carencia?

Vale, debo admitir que eso ha sido gracioso y ocurrente. Al final va a resultar que Bianca Rossetti no es solo una niña caprichosa y malcriada que busca de manera desesperada llamar la atención. Puede, solo puede, que también sea un poco divertida.

—Una referencia sexual… Eso es algo impropio de una señorita. ¿Nunca te han enseñado que el tamaño del miembro de un hombre es un tema delicado que no debes mencionar?

—¿Delicado? Así es como te refieres a tu polla. —Suelta una pequeña risita y niega con la cabeza—. Pequeña y delicada entonces.

Pierdo la sonrisa de golpe y, tomándola por sorpresa, estiro el brazo y le arrebato la pistola. Me guardo la mía en la espalda, bajo la camisa e inspecciono la suya. Es de verdad y está cargada.

—Voy a darte un consejo, Bianca —digo, mirándola a los ojos con dureza—: no vuelvas a decir algo así, a nadie.

—Lo siento, ¿he herido tu ego? —pregunta, cruzándose de brazos con gesto divertido.

—No, en absoluto. —Doy un paso en su dirección y noto cómo pierde la sonrisa cuando invado su espacio personal.

La diferencia de altura hace que tenga que inclinarme hacia abajo para seguir mirándola a los ojos.

Inspiro hondo. ¿De dónde viene ese olor?

¿Es su perfume?—. Cuando pones en duda la masculinidad de un hombre, le estás dando motivos para demostrar que tus suposiciones no son ciertas.

Lo que te mereces ahora mismo es que te abra de piernas y te muestre cómo de pequeña y delicada es mi polla.

Bianca intenta retroceder, pero la inmovilizo sujetándola por la nuca. Parece que en el fondo no es tan valiente como intenta parecer. Toda esa bravuconería se ha esfumado con solo una frase.

—Suéltame —susurra, y su garganta se mueve con fuerza al tragar saliva.

—¿Estás asustada? ¿Crees que voy a hacerte daño? —susurro, ejerciendo más presión en su nuca—. Créeme, si no tuvieses que llegar virgen al matrimonio, estaría dándote exactamente lo que has pedido.

—Yo no he pedido nada. ¡Aparta, De Santis! —exclama, empujándome por el pecho.

Dejo que se libere y sonrío de nuevo, devolviéndole su pistola.

—Cuidado con esto, Diavuletta. No quiero que te lastimes por accidente.

La coge con violencia y resopla.

—Idiota —la escucho mascullar justo cuando está a punto de pasar a mi lado para marcharse.

Le corto el paso, obligándola a retroceder de golpe.

—Segunda lección del día: no insultes a alguien que puede matarte antes de que te dé tiempo a pestañear.

Bufa de nuevo y se cruza de brazos con expresión de hastío.

—¿Sabes por dónde puedes meterte tus lecciones y tus amenazas? Te recuerdo que, al igual que tú, yo también soy hija de un Don. Ponme un dedo encima y tendrás esa guerra entre familias de la que hablabas hace solo un momento.

Clavo mi mirada en la suya y nos quedamos mirándonos fijamente.

Es una especie de duelo a muerte del que estoy decidido a salir ganador; sin embargo, cuando me doy cuenta de que una de las comisuras de su boca se estira con chulería, sé que no estoy logrando intimidarla.

La muy hija de perra está disfrutando con esto.

No sé muy bien por qué, pero, entre el cruce de miradas y la conversación de hace unos instantes, siento cómo el aire a nuestro alrededor se carga de tensión, y no me refiero a la tensión que notas antes de un tiroteo o cuando estás a punto de arrebatar una vida.

No, esta es distinta, una tensión sutil, provocativa y apasionante como solo el sexo en su esencia puede serlo.

Y ese maldito aroma… ¿Huele a flores? Estamos en un jodido invernadero, pero creo que el olor proviene de ella.

Mi polla se endurece de golpe y bajo la vista al centro de su pecho.

Por el escote del vestido gris claro que lleva puesto Bianca asoman dos tetas no muy grandes, pero firmes y de piel cremosa y blanquecina.

Antes de que pueda ser consciente de ello, ya estoy pensando en cómo se sentirán al tacto o de qué color serán sus pezones. Los imagino rosados, tensos y suaves.

—¿Qué posibilidades tengo de recibir un adelanto de nuestra noche de bodas ahora mismo? —susurro con voz ronca.

Bianca pestañea rápido y está a punto de retroceder, pero vuelvo a sujetarla por la nuca y pego mi rostro más al suyo.

Esta vez mi tacto en su piel no es agresivo, aunque sí firme.

Deslizo el pulgar por el lateral de su cuello en una leve caricia y acerco mi boca a la suya sin llegar a rozar sus labios.