Lupara Bianca Prólogo
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Prólogo

Luca

Escondido tras la puerta entreabierta del invernadero, observo a la que muy pronto será mi esposa mientras doy pequeñas caladas a mi cigarrillo.

Es jodidamente preciosa. Ya lo era siendo una niña, pero ahora, con su mayoría de edad recién estrenada, soy consciente del motivo por el que muchos hombres de nuestra organización ansían tenerla.

Bianca Rossetti es distinta a las típicas esposas de la mafia siciliana.

Casi todas comparten rasgos de nuestros antepasados italianos: cabello y ojos oscuros, tez morena y cuerpos esbeltos y torneados.

No obstante, la que es mi prometida desde hace más tiempo del que soy capaz de recordar es todo lo contrario a esas chicas.

Su cabello es rubio muy claro y liso, sus ojos verdes de pestañas largas contrastan con la piel clara, casi blanquecina, de su rostro y esa boca en forma de corazón es todo lo que se necesita para invitar a pecar hasta al más célibe de los hombres.

Se agacha para arrancar una flor del interior de una maceta e inevitablemente mi mirada va a parar a su trasero.

Es bonito, no demasiado grande ni muy pequeño, encaja a la perfección en su cuerpo menudo y delgado.

A simple vista parece toda una princesita de la mafia: educada, sutil, grácil y sumisa.

—¡Joder! ¡Puta planta! —Pongo los ojos en blanco al escucharla maldecir en voz alta.

«A simple vista», esa es la definición perfecta, porque solo hace falta que abra la boca un segundo para que su carácter irreverente y descarado aflore.

La sigo mirando mientras se lame el dedo corazón y masculla unas cuantas palabrotas más.

Estoy a punto de acercarme para preguntarle si se encuentra bien cuando noto que alguien me toca el hombro.

Me sobresalto y llevo la mano a la espalda para empuñar mi arma.

Al girarme, encuentro a mi hermano justo detrás de mí.

—Vin, ¿qué demonios haces? ¿Nunca te han enseñado a no tocar a alguien por la espalda? Podría haberte volado la cabeza, imbécil.

Vincenzo ríe, negando con un gesto.

—Relájate, pistolero —se burla. Se coloca a mi lado y mueve el cuello para mirar hacia el lugar donde Bianca sigue sentada, rodeada de decenas de macetas con distintas plantas y flores—. Sí que ha crecido la hija de Rossetti. ¿Qué haces espiándola?

—No la estoy espiando. Solo la observo —mascullo.

Vincenzo estrecha su mirada sobre mí y se cruza de brazos. Por su expresión y su postura, apuesto a que está a punto de ponerse en plan hermano mayor conmigo.

—Luca, ve con cautela. Sé que lo de pensar antes de actuar no va demasiado contigo, pero, por una vez, sé comedido. Este matrimonio es muy importante para nuestra familia. Al fin estamos a punto de emparentarnos con los Rossetti. No la cagues ahora.

Vuelvo a poner los ojos en blanco y aparto la mirada de la suya, tirando el sobrante del cigarrillo al suelo.

No necesito que me recuerde lo que nos estamos jugando.

Con mi enlace con Bianca, los De Santis estaremos un paso más cerca de controlar los negocios de toda la costa este de Estados Unidos.

Ese era el sueño de nuestro abuelo y también lo es de nuestro padre.

—Solo la estoy mirando, joder —farfullo.

—Mírala todo lo que quieras, pero hasta que no lleve nuestro apellido ni se te ocurra sacarte la polla de los pantalones, ¿entendido? —Me da un pequeño golpe en la entrepierna con el dorso de la mano y lo aparto de un empujón.

Tras una nueva mirada de advertencia, se aleja en dirección al lugar donde está a punto de empezar la fiesta que marcará mi destino.

Hoy los Rossetti y los De Santis celebraremos, junto a los miembros más importantes de la Cosa Nostra, la inminente alianza entre nuestras familias; también se pondrá una fecha definitiva para el enlace en el que Bianca y yo seremos protagonistas.

Me mantengo en mi posición un par de minutos más.

Mi intención es marcharme; sin embargo, cuanto estoy empezando a moverme, alcanzo a ver por el rabillo del ojo que alguien se acerca a Bianca.

Es Romeo Serra, uno de los soldati de Luciano Rossetti.

Su padre era alguien importante para la organización, llegó a convertirse en el consigliere del mismísimo capo, Maurizio Leone, pero hubo rumores de traición y lo ejecutaron.

Lo habitual en estos casos es que toda la familia del traidor termine pagando por sus pecados, pero, por alguna razón que nadie entiende, Rossetti respondió por él y desde entonces se ha convertido en uno de sus hombres.

Yo personalmente no tengo nada en su contra.

No tiene la culpa de las malas decisiones de su progenitor; no obstante, por nuestras diferencias de rango, no hemos llegado a confraternizar demasiado.

En realidad, no creo que tenga ningún amigo.

Ser hijo de un traidor es algo con lo que cargas el resto de tu vida.

Tu apellido pierde el respeto, el honor y hasta la dignidad.

Serra se acerca más a Bianca y le dice algo que no soy capaz de escuchar.

Parece molesta o disgustada. Ella lo empuja por el hombro y le sonríe.

Me extraña notar tanta cercanía y camaradería entre ellos.

Actúan como si fuesen amigos íntimos, o puede que algo más.

Sigo observándolos hasta que veo cómo Serra rodea sus hombros con el brazo y la atrae hacia su pecho.

«Está abrazando a mi prometida», resuena en mi mente.

Ni siquiera he tomado la decisión en firme de adentrarme más en el invernadero cuando mis piernas empiezan a moverse por sí solas.

Cualquiera que me vea caminar con zancadas largas y pesadas en su dirección, con los puños apretados y la mandíbula tensa por la rabia contenida, pensaría que estoy en mitad de un ataque de ira por celos, pero no es así.

Aquí no importan los sentimientos ni los amoríos.

Es más, si las circunstancias fuesen distintas, incluso les propondría a ambos que lo pasáramos bien juntos —eso de que tres son multitud se lo inventó algún idiota reprimido de polla minúscula que no sabe lo mucho que se disfruta haciendo un trío—, pero es mi futura esposa la que se está haciendo arrumacos con el hijo de puta de Serra y aquí ya entran en juego el honor y el respeto.

Ella es mía, lo será… Bueno, ya lo es, siempre lo ha sido y no voy a permitir que ningún idiota toque lo que me pertenece.

Justo cuando llego junto a ellos, dejándome llevar por un impulso, para no variar, echo la mano hacia atrás y sujeto la empuñadura de mi pistola. Tardo menos de un segundo en alzarla y colocar el doble cañón de la siamesa en la nuca de Romeo Serra. Noto que su espalda se tensa y amartillo el arma.

—Si en tres segundos no has soltado a mi prometida, tendrás dos preciosas balas alojadas en tu cerebro —digo en tono burlón, clavando más el doble cañón en su cráneo.

Es Bianca quien se aparta de él con rapidez. Se hace a un lado y alza la mirada hacia mi rostro. Entre su baja estatura y la complexión ancha de Serra, estoy seguro de que no alcanzaba a verme.

—De Santis, ¿qué haces aquí? —pregunta en tono de sorpresa.

Sin dejar de apuntar a Serra, esbozo una sonrisa ladeada y le guiño un ojo.

—Te recomiendo que te apartes un poco. No quiero ensuciarte el vestido con la sangre y los sesos de este idiota.

Parece tardar un par de segundos en darse cuenta de lo que está ocurriendo. Desvía la vista hacia la pistola y de nuevo hacia mí.

—Romeo es mi guardaespaldas, no un idiota.

—En realidad… —Me muevo hacia un costado mientras deslizo el doble cañón alrededor de la cabeza de Serra hasta dejarlo colocado justo en su frente.

El muy cabrón me mira sin pestañear, como si el hecho de estar a punto de convertirse en un cadáver no le asustara.

Tiene agallas, eso tengo que concedérselo—.

Solo un idiota pondría sus manos sobre la mujer de un De Santis. ¿No crees, Serra?

—Bianca estaba disgustada y la estaba consolando. Nos conocemos desde niños —dice sin inmutarse.

Me está dando una explicación a su conducta, pero no una disculpa. No me sirve.

—Es curioso. Ahora el disgustado soy yo. ¿Quieres abrazarme? —Incrusto más el metal plateado de mi arma en su frente y acerco mi rostro al suyo—. Vamos, dame un besito, hijo de puta. Atrévete.

—¡Luca, baja la pistola! —grita Bianca a mi espalda.

Siento sus manos en mi espalda. Intenta tirar de mi camisa para alejarme de Serra, pero la ignoro y sigo apuntándolo. Solo necesito un pequeño movimiento. Cualquier excusa me sirve para volarle la cabeza.

—Bianca, sal de aquí —susurra Serra sin apartar su mirada de la mía.

Sonrío de nuevo. ¿Acaba de darle una orden a mi prometida en mis jodidas narices?

Este imbécil aún no lo sabe, pero acaba de firmar su sentencia de muerte.

Retrocedo medio paso, sujeto la pistola con ambas manos para contrarrestar el retroceso de la doble detonación y estoy a punto de apretar el gatillo cuando escucho el característico sonido que emite una pistola al ser amartillada justo detrás de mí.

Me giro despacio y encuentro a Bianca con los brazos alzados, empuñando un arma de pequeño calibre que me apunta directamente a la cabeza.

—He dicho que bajes la puta pistola —sisea entre dientes.

Casi resulta cómico ver a una chica como ella, tan bajita y aparentemente delicada, amenazándome. ¡Por el amor de Dios, le saco casi dos cabezas y podría tumbarla con un resoplido!

—Cuidado, pequeña. Puedes hacerte daño. Estos chismes los carga el diablo —comento en tono burlón.

—Este chisme lo he cargado yo, y al único que voy a hacer daño es a ti como no bajes ahora mismo la pistola y dejes en paz a Romeo.

—Diavuletta —murmuro, esbozando una sonrisa ladeada.

—Dice la verdad. Solo me estaba consolando.

—¿Por qué? —suelto sin pensar.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué estabas disgustada?

—¡A ti qué mierda te importa! ¡Baja el arma, joder! —exclama tras soplar un mechón de pelo rubio fuera de su campo de visión.