LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 74 DOS SOLDADOS, UNA ELECCIÓN
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CAPÍTULO 74 DOS SOLDADOS, UNA ELECCIÓN

La boda de Sorae y Threll, celebrada tres semanas después bajo un cielo despejado que ambos insistieron era buen presagio, resultó ser una fusión tan caótica de tradiciones como sus propias personalidades: votos pronunciados a medias en el ritual solemne de Nyxara y a medias en la ceremonia vibrante de Ashkar, un banquete que combinaba dulces forjados con brasas junto a pasteles de luz lunar, y una discusión pública, mitad en broma mitad en serio, sobre qué apellido tomaría cada uno.

—Ninguno de los dos —había resuelto finalmente Sorae, ante la risa de los presentes—. Vamos a inventar uno nuevo. Uno que no le pertenezca a ningún reino más que a nosotros mismos.

Ires, sentada junto a Kaelen en un lugar de honor considerablemente menos formal del que había ocupado en su propia boda, no pudo evitar sentir una alegría particular al ver a su Teniente —su amiga de toda una década de batallas compartidas— encontrar una felicidad que ninguna de las dos hubiera imaginado posible cuando cruzaron por primera vez las puertas de Ashkar como enemigas forzadas a fingir cortesía.

—Recuerdo el día que Threll le ofreció una copa de vino en el primer banquete —le susurró a Kaelen, observando a la pareja compartir su primer baile como esposos—. Ninguna de las dos sospechaba hacia dónde terminaría llevando esa tregua personal.

—Como cierta Capitana y cierto rey que yo conozco —dijo Kaelen, con una sonrisa cómplice.

—Exactamente como esa Capitana y ese rey —coincidió Ires, apoyando la cabeza en su hombro con una comodidad que ya no necesitaba justificación política de ningún tipo.

Cuando llegó el momento de los brindis, Threll, con una emoción que rara vez mostraba en público, alzó su copa hacia Ires y Kaelen con una gratitud que no necesitó palabras elaboradas para transmitir su peso genuino.

—Por la Capitana y el Rey —dijo, simplemente—, que nos enseñaron que dos siglos de odio no tienen por qué definir lo que viene después.

La celebración se extendió hasta bien entrada la noche, música de ambos reinos entrelazándose en el mismo salón donde, apenas un año atrás, Ires había cruzado por primera vez sin inclinarse ante nadie, ahora lleno de risas, de familias mixtas, de una generación entera que empezaba a construir un futuro que ninguna de las viejas canciones de guerra había sabido imaginar.