CAPÍTULO 71 LA BODA REAL
Los meses que precedieron a la boda real transformaron Ashkar y Nyxara de un modo que ni los tratados más optimistas hubieran anticipado.
El funeral de Vaelis —celebrado, por decisión conjunta de Kaelen e Ires, con los honores completos de un lord leal, sin mención pública de su corrupción final, para proteger tanto su memoria como la estabilidad de un Consejo que ya había sufrido suficiente escándalo— marcó el inicio de una reconstrucción que se sintió, en muchos sentidos, como el verdadero comienzo de todo lo que vendría después.
—El Consejo necesita nueva sangre —había dicho Kaelen, semanas después del funeral, mientras revisaba con Ires una lista de candidatos para ocupar los puestos que la conspiración de Vaelis había dejado vacantes—.
Gente que entienda que Ashkar ya no puede permitirse mirar a Nyxara como el enemigo eterno.
—Gente como Threll —sugirió Ires.
—Gente exactamente como Threll —coincidió Kaelen, con una sonrisa que ya no cargaba ningún peso de duda residual.
La preparación de la boda misma se convirtió en un proyecto que ninguna de las dos cortes había anticipado disfrutar tanto: sastres de Nyxara y artesanos de Ashkar colaborando en un vestido que combinaba la seda plateada tradicional del templo con hilos de oro forjados en las mismas forjas que Ires había visitado en el mercado de las Brasas; músicos de ambos reinos componiendo, juntos, una pieza nueva que fusionaba las melodías solemnes de los ritos lunares con los ritmos más vibrantes de las celebraciones de Ashkar.
La mañana de la ceremonia, Sorae ayudó a Ires con los últimos detalles del vestido, el mismo ritual que habían compartido meses atrás antes del compromiso, aunque esta vez sin ningún rastro de la incertidumbre que había definido aquella primera mañana.
—¿Nerviosa? —preguntó Sorae, ajustando el velo plateado con manos expertas.
—Sorprendentemente no —admitió Ires, observando su propio reflejo con una serenidad que meses atrás no hubiera creído posible—. Es extraño. La primera vez, sentía que estaba a punto de sacrificar algo. Hoy siento que estoy a punto de recibir algo que ni siquiera sabía que podía querer.
—Rhoswen estaría orgullosa —dijo Sorae, con una suavidad poco habitual en ella—. No solo del compromiso. De la mujer en la que te has convertido desde que la perdiste.
Ires sintió las lágrimas acumularse, esta vez sin ningún rastro de la culpa que solía acompañarlas, solo un dolor dulce que había aprendido, con el tiempo, a convivir con la alegría en vez de excluirla.
La ceremonia, cuando finalmente tuvo lugar, superó cualquier expectativa que ambas cortes hubieran albergado.
Ires sostuvo la mano de Kaelen frente a las dos cortes reunidas, sintiendo el calor de su magia entrelazarse con la suya con la misma facilidad natural que había definido cada momento genuino entre ambos desde las Tierras Quemadas.
—La Luna y el Fuego —entonó el mismo sacerdote neutral que había oficiado el primer compromiso, esta vez con una alegría que no necesitaba fingir—, unidos no por necesidad política, sino por elección.
Y bajo las estrellas de Nyxara y las antorchas eternas de Ashkar, fundidas por primera vez en dos siglos en una sola celebración, Ires comprendió que la profecía de la Escritura Primera —fuego y luna unidos como la única fuerza capaz de mantener el equilibrio— nunca había sido una amenaza.
Había sido, desde el principio, una promesa.