CAPÍTULO 70 EL FUNERAL DE UN TRAIDOR LEAL
La pregunta de cómo honrar la memoria de Lord Vaelis dividió al Consejo de Ashkar durante días enteros, un debate que Kaelen se negó a resolver sin antes escuchar a Ires, cuya perspectiva sobre el anciano se había vuelto, para sorpresa de muchos, sorprendentemente compasiva.
—Fue un traidor —argumentó uno de los consejeros más jóvenes, durante una sesión particularmente acalorada—. Falsificó documentos, ocultó la verdadera causa de la muerte del rey anterior, y estuvo a punto de costarnos a ambos reinos.
—Fue también un hombre consumido por algo que ninguno de nosotros comprende del todo —respondió Ires, presente en el Consejo por primera vez desde su regreso, con una autoridad que nadie en la sala se atrevió a cuestionar—.
Un hombre que sirvió a esta corona con lealtad genuina durante tres décadas, antes de que una fuerza mucho más antigua que cualquiera de nosotros encontrara la grieta exacta de su dolor y la usara en su contra.
—¿Está sugiriendo que lo perdonemos?
—Estoy sugiriendo que lo entendamos —dijo Ires—, que es distinto. Un funeral con honores no es un perdón por lo que hizo al final. Es un reconocimiento de quién fue durante la mayor parte de su vida, antes de que la Escritura Primera lo convirtiera en su instrumento.
Kaelen, observando el debate desde su trono, sintió un orgullo silencioso al ver a Ires defender una posición que exigía más matiz del que la mayoría de la corte estaba dispuesta a ofrecer.
—Se hará como sugiere la Capitana —decidió finalmente—. Un funeral con honores, pero con la verdad completa registrada en los archivos reales, para que las generaciones futuras entiendan tanto la lealtad de Vaelis como su caída, y aprendan de ambas.
El funeral, celebrado una semana después bajo un cielo curiosamente despejado para la estación, atrajo a una multitud que sorprendió incluso a Kaelen: no solo nobles obligados por protocolo, sino ciudadanos comunes que habían conocido a Vaelis durante décadas de servicio público, muchos de ellos llorando genuinamente la pérdida del hombre que recordaban, no la sombra en la que se había convertido al final.
Ires se paró junto a Kaelen durante toda la ceremonia, y cuando llegó el momento de que la corte presentara sus respetos, fue ella quien colocó la primera flor de luna sobre el féretro, un gesto que ningún protocolo exigía pero que se sintió, para todos los presentes, como el cierre más apropiado posible de una historia que había estado a punto de destruirlos a todos.
—Gracias —le dijo Kaelen esa noche, encontrándola en la biblioteca donde tantas conversaciones importantes habían tenido lugar—. Por ver más allá de lo que hizo, hacia quién fue.
—No lo hice solo por él —admitió Ires—. Lo hice porque necesitaba recordarme a mí misma que hasta los errores más grandes no borran del todo el bien que una persona hizo antes de cometerlos. Es una lección que necesitaba, después de todo lo que pasó entre nosotros.