LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 69 LO QUE QUEDA DESPUÉS DEL FUEGO
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CAPÍTULO 69 LO QUE QUEDA DESPUÉS DEL FUEGO

El viaje de regreso a Ashkar fue silencioso, pero no del silencio distante que había definido los días previos a la separación. Era, en cambio, el silencio de dos personas que ya no necesitaban llenar cada momento con palabras para saber exactamente dónde estaban paradas.

—Debí confiar en ti desde el primer instante —dijo Kaelen, cuando finalmente acamparon esa noche, las Tierras Quemadas ya lejos detrás de ellos—. No cuando tuve pruebas. No cuando Threll encontró la verdad. Desde el instante en que Vaelis presentó esa acusación frente al Consejo.

—Y yo debí quedarme a pelear en vez de huir hacia las Tierras Quemadas sola —respondió Ires—. Ambos cometimos el mismo error, Kaelen. Elegir el orgullo en vez de la confianza.

—Entonces elijamos algo distinto de ahora en adelante.

—¿Cómo? —preguntó Ires, la pregunta genuina, no retórica—. ¿Cómo nos aseguramos de no repetir esto la próxima vez que algo amenace con separarnos?

Kaelen consideró la pregunta con la seriedad que merecía, sabiendo que la respuesta que diera en ese momento definiría no solo esa noche, sino todos los años que esperaba compartir con ella después.

—Prometiéndonos algo simple —dijo finalmente—.

Que sin importar lo que el mundo exterior diga, sin importar qué pruebas o acusaciones se presenten, hablamos primero entre nosotros antes de dejar que la duda eche raíces.

Que la confianza no es algo que se otorga una vez y se da por sentado, sino algo que se elige, activamente, cada día que decidimos seguir juntos.

—Eso suena a un voto, Majestad.

—Quizás lo es —admitió Kaelen, tomando su mano con una ternura que contrastaba con la determinación en su voz—. Uno que pienso cumplir con más cuidado del que mostré la primera vez.

Ires sintió que algo, finalmente, terminaba de sanar dentro de ella: no solo la herida específica causada por la duda de Kaelen, sino algo más antiguo, más profundo, la culpa persistente que había cargado desde la muerte de Rhoswen, la creencia arraigada de que merecer el amor de alguien significaba nunca poder mostrar debilidad, nunca poder necesitar que alguien más eligiera creer en ella sin condiciones.

—Entonces te tomo la palabra —dijo, apoyando su cabeza contra el hombro de Kaelen con una confianza renovada—. Y yo prometo lo mismo. Hablar primero. Elegir la certeza sobre el orgullo.

Se quedaron así, entrelazados junto al fuego del campamento, las estrellas de ambos reinos brillando sobre ellos con la misma indiferencia serena que habían mostrado durante dos siglos de guerra, ahora testigos silenciosos de algo mucho más difícil de lograr que cualquier tratado político: la reconstrucción deliberada y consciente de una confianza que ambos habían estado a punto de perder para siempre.

—Todavía tenemos un compromiso que convertir en matrimonio real —dijo ella, con la sombra de una sonrisa que Kaelen conocía bien.

—¿Es una propuesta, Capitana?

—Es una constatación, Majestad. El resto lo decidimos juntos.