LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 68 FUEGO Y LUNA, UNIDOS
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CAPÍTULO 68 FUEGO Y LUNA, UNIDOS

Kaelen llegó al epicentro de la Ruptura exactamente cuando el sol se ponía, tiñendo las Tierras Quemadas de un naranja que se sentía, de algún modo, como un presagio.

El primer vistazo que tuvo de ella lo detuvo en seco, un dolor tan agudo que por un instante olvidó por completo la amenaza que los rodeaba: Ires, de rodillas sobre la ceniza, las muñecas en carne viva bajo las cadenas de runas negras, el rostro pálido pero los ojos —esos mismos ojos que lo habían desafiado la primera noche en el salón del trono, sin inclinarse ante nadie— todavía ardiendo con una determinación que ni el cautiverio había logrado apagar del todo.

—¡Ires!

—¡Kaelen, no! ¡Es una trampa!

Pero ya era tarde. La voz de Vaelis —o de la cosa que había sido Vaelis— resonó desde las sombras del epicentro, y con ella, la tierra misma empezó a temblar, grietas de luz negra extendiéndose desde el punto donde Ires seguía encadenada.

—Majestad —dijo Vaelis, su cuerpo ya casi irreconocible bajo el peso de las runas que lo consumían—, qué generoso de su parte completar el círculo.

Kaelen no perdió tiempo en respuestas. Desenvainó su espada, envuelta al instante en llamas que ardían con una intensidad que Ires no le había visto invocar jamás, y avanzó hacia Vaelis con una furia controlada que hablaba de todos los días de silencio, de duda, de arrepentimiento acumulados desde su separación.

—Libérala.

—No puedo —dijo Vaelis, o lo que quedaba de él—, y aunque pudiera, no lo haría. Ya está hecho, Majestad. El sello se rompe con cada segundo que ambos permanecen aquí, sintiendo lo que sienten el uno por el otro.

Ires forcejeó contra las cadenas con renovada urgencia, comprendiendo de golpe lo que debían hacer, cada movimiento arrancándole una mueca de dolor que Kaelen sintió como si fuera su propia piel la que se desgarraba contra el metal grabado.

—¡Kaelen, escúchame! ¡No podemos luchar contra esto con fuerza, igual que la primera vez! ¡Tenemos que unir nuestra magia, pero esta vez con intención, no por accidente!

—¿Cómo rompo estas cadenas sin tocarte?

—¡No las rompas! —gritó Ires, con una certeza que solo la desesperación del momento podía ofrecer—. ¡Únete a mí a través de ellas! ¡Las runas conducen poder, Kaelen, no lo bloquean del todo!

Kaelen no dudó, aunque cada instinto de protección que había desarrollado en las últimas semanas le gritara que aquello era una locura, que tocar aquellas cadenas malditas podría consumirlo tanto como habían empezado a consumir a Vaelis.

Cruzó el espacio entre ambos, ignorando el aullido de advertencia de la criatura, y tomó las cadenas que sujetaban las muñecas de Ires con sus propias manos desnudas, canalizando el fuego de su magia directamente a través del metal grabado.

—No me sueltes —susurró Ires, sus ojos encontrando los de él en medio del caos, la misma promesa silenciosa que se habían hecho, sin palabras, la noche antes de la primera batalla en las Tierras Quemadas.

—Nunca más —respondió Kaelen, y lo dijo con la certeza absoluta de un hombre que había aprendido, de la peor manera posible, exactamente lo que significaba dudar cuando no debía.

La descarga que siguió fue como nada que Ires hubiera sentido jamás: fuego y luna, no ya fundidos por accidente en medio de una batalla desesperada, sino unidos con toda la intención de dos personas que habían elegido, a pesar de todo lo que había intentado separarlos, seguir eligiéndose la una al otro.

Las cadenas se rompieron no por fuerza, sino porque la energía que las atravesaba se volvió demasiado pura, demasiado genuina, para que la oscuridad de la Escritura Primera pudiera seguir sosteniéndolas.

Vaelis —lo que quedaba de él— soltó un grito que no era del todo humano cuando la luz combinada de ambos lo envolvió, arrancando de su cuerpo las runas negras que lo habían consumido durante meses, quizás años.

Cuando la luz retrocedió lo suficiente para que Ires pudiera ver con claridad, lo que quedaba frente a ellos ya no era la sombra amenazante que los había cazado hasta el epicentro.

Era, simplemente, un anciano, de rodillas sobre la ceniza, con el rostro surcado de lágrimas que parecían sorprenderlo tanto a él como a los demás presentes.

—Serví a tres reyes de Ashkar —dijo Vaelis, su voz ya sin el eco antinatural que la había acompañado durante toda la confrontación, recuperando algo de la dignidad cansada que Ires recordaba de las primeras reuniones del Consejo—.

A su abuelo. A su padre. Y juré servirle a usted, Majestad, con la misma lealtad. Nunca quise esto.

—Entonces por qué —dijo Kaelen, y en su voz no había solo ira, sino algo más complicado: el dolor genuino de un hombre que quería entender cómo alguien que había conocido toda su vida había llegado hasta aquí.

—Porque me prometió que Ashkar seguiría siendo Ashkar —dijo el anciano—.

Vi lo que la alianza con Nyxara podía costarnos: siglos de identidad, de fuerza forjada en fuego, disolviéndose en un pacto de conveniencia.

Y la Escritura Primera... susurra exactamente lo que uno más teme perder, Majestad.

A mí me susurró que perdería mi reino. No supe, hasta que ya era tarde, que lo que en verdad iba a perder era a mí mismo.

Ires, todavía de rodillas donde las cadenas la habían liberado, sintió que la ira que había cargado desde su secuestro se mezclaba, incómodamente, con algo parecido a la compasión.

—Pudo haber pedido ayuda —dijo—. Pudo haber acudido a Kaelen, a cualquiera, antes de que esto lo consumiera.

—Pude —admitió Vaelis, y la palabra le costó, visiblemente, más que cualquier otra cosa que hubiera dicho—.

El orgullo, Capitana, es una puerta tan fácil de abrir como la que ustedes mismos casi dejaron cerrada entre ustedes por las mismas razones.

La diferencia es que ustedes todavía tenían tiempo para corregirlo. Yo ya no.

Un último temblor de runas negras le recorrió el pecho, y Vaelis se llevó una mano al corazón con una mueca de dolor que ya no tenía nada de sobrenatural.

—El sello… —logró decir, su voz debilitándose— nunca debió romperse. Díganle al Consejo... díganles que al final, elegí Ashkar. Aunque Ashkar ya no tuviera ningún motivo para elegirme a mí.

—Vaelis. —Kaelen se arrodilló junto a él, y fuera lo que fuese que el anciano hubiera hecho, Ires vio en el rostro de Kaelen que el rey no podía, no del todo, odiar al hombre que había ayudado a criarlo en ausencia de un padre casi siempre ocupado con la corona—.

Debí ver que algo te estaba consumiendo.

Debí preguntarte qué te pasaba en vez de solo discutir contigo en cada consejo.

—Es la carga de gobernar, Majestad —dijo Vaelis, con la sombra de una sonrisa que ya no tenía nada de calculadora, solo cansancio—. Nunca hay tiempo suficiente para ver a quienes se están rompiendo en silencio a su alrededor. Aprenda eso, si nada más de lo que hice le sirve de lección.

No dijo nada más. Y con un último destello de luz plateada y dorada, el epicentro de la Ruptura se selló por completo, la oscuridad retrocediendo hacia las profundidades de donde nunca debió emerger, esta vez con un vínculo tan fuerte entre el fuego y la luna que ninguna fuerza antigua podría volver a explotar la grieta entre ambos reinos.

Lord Vaelis murió con la mirada puesta en las torres distantes de Ashkar, libre, al final, de la corrupción que lo había consumido, pero incapaz de deshacer el daño que había hecho en su nombre.

Ires no sintió triunfo al verlo partir. Sintió, en cambio, la tristeza incómoda de comprender que hasta los villanos de una historia suelen empezar como alguien que simplemente tenía demasiado miedo de perder lo que amaba.