LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 67 EL UMBRAL DE CENIZA
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CAPÍTULO 67 EL UMBRAL DE CENIZA

El terreno dentro del epicentro no se parecía a nada que Kaelen hubiera atravesado en toda su vida, ni siquiera en sus peores pesadillas de gobernante.

La ceniza bajo sus pies susurraba con cada paso, un sonido que no tenía nada de natural, como si el propio suelo respirara con una vida antigua y hostil.

Runas negras palpitaban en el aire, suspendidas sin ningún soporte visible, formando un laberinto de luz enferma que parecía reorganizarse cada vez que Kaelen apartaba la vista.

*Rey de Cenizas*, susurró una voz que no era del todo la de Vaelis, resonando desde todas direcciones a la vez. *Qué generoso, venir a completar tú mismo lo que tu propio consejero empezó.*

—Muéstrate —exigió Kaelen, la mano apretando la empuñadura de su espada con una fuerza que le blanqueó los nudillos.

*Ya me estás viendo. En cada runa. En cada sombra. En el propio fuego que corre por tus venas, que hace tanto tiempo aprendió a temerme sin saberlo.*

Un movimiento a su izquierda le hizo girar la espada en un arco defensivo, pero no había nada ahí, solo más ceniza, más runas parpadeantes riéndose, de algún modo imposible, de su propia paranoia.

—¡Ires! —gritó, negándose a dejar que el miedo lo paralizara—. ¡Ires, contéstame!

*Ella no puede oírte todavía*, dijo la voz, con un placer que se sentía casi físico en su malicia. *Está muy ocupada intentando no perder la cordura, encadenada con runas que llevan mil años perfeccionando la forma de quebrar la voluntad de quien las porta.*

Kaelen sintió una furia fría reemplazar el miedo que lo había paralizado un instante antes, una claridad de propósito que solo la amenaza directa contra Ires podía provocarle.

—Entonces vas a tener que dejarme pasar —dijo, avanzando de nuevo hacia el corazón del epicentro—, porque no pienso detenerme hasta encontrarla.

*Qué predecible*, suspiró la voz, casi con decepción, mientras las runas a su alrededor empezaban a reorganizarse en un patrón nuevo, más agresivo—.

*Todos ustedes, atrapados en la misma historia de amor que se repite cada pocos siglos.

Fuego que busca a la luna. Luna que espera al fuego.

¿No se cansan nunca de la misma canción? *

—No —dijo Kaelen, simplemente, avanzando sin detenerse a pesar de las runas que empezaban a cerrarse sobre él como fauces de una bestia invisible—, porque cada vez que se canta, la canción cambia un poco. Y esta vez, no vas a ser tú quien decida cómo termina.

Con esa certeza sosteniéndolo con más fuerza que cualquier armadura, Kaelen atravesó el último velo de sombra que lo separaba del centro exacto del epicentro, donde por fin, entre cadenas de runas negras que brillaban con una luz enferma, vio a Ires.