CAPÍTULO 66 EL CERCO SE CIERRA
Kaelen encontró el rastro del campamento al anochecer del segundo día, y con él, la primera señal de que llegaba demasiado tarde para hacer las cosas con la limpieza que hubiera querido.
—Huellas de un solo caballo, arrastrado —dijo Threll, agachado junto a una marca en la ceniza—. La forzaron a caminar desde aquí, Majestad. A pie.
—¿Hace cuánto?
—Medio día. Quizás menos.
Kaelen sintió la urgencia cerrarle la garganta, pero Sorae, cabalgando a su lado con una disciplina que no dejaba espacio para el pánico, le puso una mano en el brazo antes de que pudiera ordenar avanzar a toda velocidad.
—Si entramos al epicentro sin un plan, Majestad, le hacemos exactamente el trabajo a Vaelis. Necesitamos saber qué nos espera antes de que la desesperación decida por nosotros.
Tenía razón, y Kaelen lo sabía, lo cual no hacía que fuera más fácil de aceptar.
Ordenó un alto, y durante lo que se sintió como las horas más largas de su vida, escucharon el informe de un explorador de la Legión que había logrado acercarse al epicentro sin ser detectado: Ires, encadenada, consciente, pero rodeada de un círculo de runas que crecía en intensidad con cada hora que pasaba.
Y Vaelis —o lo que quedaba de él— hablando solo, en un idioma que el explorador no reconoció, como si negociara con algo que nadie más podía ver.
—Se está debilitando —dijo el explorador, todavía pálido por lo que había presenciado—. El propio Lord Vaelis, quiero decir. Cada vez que la magia oscura se activa, algo en él parece... consumirse un poco más. Como si la cosa que lo controla ya no necesitara mantenerlo entero.
Kaelen sintió una punzada de algo que no esperaba sentir por el hombre que había orquestado la caída de su padre y el sufrimiento de Ires: no perdón, todavía no, pero sí el reconocimiento incómodo de que quizás Vaelis no había sido, desde el principio, un villano completo por elección propia.
—Threll, Sorae —dijo, la voz recuperando el control que la urgencia le había arrebatado momentáneamente—.
Necesito que la Legión y la Guardia flanqueen el epicentro por ambos lados, pero que no ataquen hasta mi señal.
Si esto es lo que creo que es, la fuerza bruta no va a servir de nada, y podría acelerar lo que sea que Vaelis está tratando de completar.
—¿Y usted, Majestad?
—Yo voy a entrar solo, primero. Necesito que Ires sepa que estoy ahí antes de que cualquier otra cosa suceda. Necesita saber que esta vez no dudé.
Sorae lo miró un largo momento, evaluándolo con la misma frialdad profesional con la que evaluaba cualquier decisión táctica de su Capitana.
—Si esto sale mal, Majestad, usted no vuelve a salir de ahí.
—Lo sé.
—Y aun así va a entrar solo.
—Porque la única razón por la que ella está ahí adentro —dijo Kaelen, ya desmontando, ya caminando hacia la línea donde la tierra se volvía ceniza pura— es que yo dudé cuando no debí hacerlo. No voy a dejar que dude una segunda vez, aunque sea la última decisión que tome.
Cruzó la línea hacia el epicentro solo, con el peso de todos los errores de las últimas semanas convertido, finalmente, en una claridad que no había sentido desde la primera noche que la vio cruzar el salón del trono sin inclinarse ante nadie.