LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 61 LO QUE SORAE VIO
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CAPÍTULO 61 LO QUE SORAE VIO

—Esto no es propio de ti, Capitana.

—No sé de qué hablas.

—Hablo de que llevas cinco días caminando por este palacio como un fantasma —dijo Sorae, sin la deferencia habitual, hablándole como la amiga que había sido antes que su Teniente—.

Hablo de que el hombre que amas te acusó, sin decirlo del todo, de traición, y en vez de pelear por demostrar que está equivocado, decidiste rendirte al silencio.

—Él dejó de confiar en mí primero.

—Él dudó por un instante, bajo la presión de un consejo entero acusándolo de estar cegado por ti. No es lo mismo que dejar de confiar.

Ires no tuvo una respuesta inmediata para eso, porque en el fondo, sospechaba que Sorae tenía razón, y admitirlo dolía más de lo que estaba dispuesta a mostrar.

Mientras tanto, en otro extremo del palacio, Threll encontraba a Kaelen en una situación similar: encerrado en su despacho, rodeado de documentos que releía una y otra vez buscando algo —cualquier cosa— que pudiera explicar el informe falsificado sin tener que admitir la posibilidad más dolorosa de todas.

—Majestad, con todo respeto —dijo el general, cerrando la puerta tras de sí—, ¿ha considerado que quizás el informe fue diseñado específicamente para lograr esto?

¿Para separarlos justo cuando su unión demostró ser la única defensa real contra lo que sea que está despertando bajo las Tierras Quemadas?

Kaelen levantó la vista, y algo en la pregunta de Threll pareció encender una comprensión que el dolor de los últimos días le había impedido ver con claridad.

—Vaelis —dijo, la voz cargada de una certeza fría—. No solo quiere separarnos de la corona. Quiere separarnos, punto. Como pareja.

—¿Por qué?

—Porque —dijo Kaelen, poniéndose de pie con una urgencia que llevaba días ausente de sus movimientos— si la Escritura Primera se alimenta del conflicto entre nuestros reinos, entonces cualquiera que trabaje para ella necesitaría, por encima de todo, que Ires y yo dejáramos de estar unidos.

La pieza encajó con una claridad brutal, y con ella, la urgencia de reparar lo que el orgullo y el miedo habían roto entre ambos.

Pero cuando Kaelen llegó a los aposentos de Ires esa misma noche, dispuesto a decir todo lo que debería haber dicho días antes, encontró la habitación vacía.

Ires se había marchado.