CAPÍTULO 60 CINCO DÍAS DE SILENCIO
El primer día, Ires se convenció de que el silencio era simplemente disciplina, la misma disciplina que le había permitido sobrevivir la pérdida de Rhoswen sin quebrarse frente a su Guardia.
El segundo día, la disciplina empezó a sentirse menos como fortaleza y más como una armadura que se negaba a quitarse incluso cuando ya no había batalla que justificara llevarla puesta.
El tercer día, encontró la carta que le había escrito a su hermana antes de partir hacia las Tierras Quemadas, todavía guardada en el fondo de su morral, y la releyó tantas veces que las palabras empezaron a perder su significado original, convirtiéndose en poco más que trazos familiares de tinta sobre un papel que ya no lograba consolarla del todo.
*No sé si esto es lo que hubieras querido para mí*, había escrito entonces, con una esperanza que ahora se sentía dolorosamente ingenua. *Voy a intentar hacer lo mismo, hermana. Mañana, y todos los días después de mañana.*
—¿Y ahora qué, Rhoswen? —murmuró Ires, sola en sus aposentos, la pregunta dirigida a un fantasma que solo ella podía escuchar—. ¿Qué se supone que haga cuando la persona en la que elegí confiar demuestra que, después de todo, la política siempre va a pesar más que la certeza?
No hubo respuesta, por supuesto, solo el silencio familiar de una habitación demasiado grande para una sola persona, un silencio que Ires había aprendido a tolerar durante tres años de duelo pero que ahora, con el recuerdo fresco de lo que había sido compartir espacio con Kaelen, se sentía más pesado que nunca.
El cuarto día, empezó a evitar incluso las comidas comunes, prefiriendo el aislamiento de sus propios aposentos a la posibilidad de cruzarse con Kaelen en algún pasillo, de tener que enfrentar de nuevo esa sombra de duda que había visto en sus ojos y que se negaba a abandonar su memoria.
Fue en la mañana del quinto día, encontrándose observando su propio reflejo en el espejo con una expresión que apenas reconocía —pálida, ojerosa, tan distinta de la Capitana firme que había cruzado por primera vez el salón del trono de Ashkar sin inclinarse ante nadie—, que Ires comprendió, con una claridad incómoda, que el silencio que se había impuesto a sí misma no era fortaleza.
Era, simplemente, otra forma de rendirse.
Fue entonces, exactamente en ese momento de reconocimiento doloroso, que Sorae llamó a su puerta sin esperar respuesta antes de entrar.