CAPÍTULO 59 CENIZAS FRÍAS
Los días que siguieron fueron, para ambos, un ejercicio de silencio compartido bajo el mismo techo.
Ires se retiró a los aposentos más alejados del palacio, evitando cualquier reunión que no fuera estrictamente necesaria.
Entrenaba con su Guardia al amanecer, cuando sabía que Kaelen todavía dormía —o no dormía, sospechaba, tan atormentado como ella misma por lo ocurrido—. Comía sola. No visitaba la biblioteca.