CAPÍTULO 58 LO QUE KAELEN VIO DEMASIADO TARDE
Kaelen se quedó solo en el jardín mucho después de que los pasos de Ires se hubieran desvanecido por completo, la mano todavía extendida hacia donde ella había estado un momento antes, como si su cuerpo se negara a aceptar lo que su mente ya sabía: que acababa de cometer el error más grande de su reinado, y posiblemente de su vida.
*¿De verdad crees que yo fui capaz de esto?*
La pregunta de Ires resonaba en su cabeza con una claridad brutal, cada repetición revelando con mayor nitidez lo que debería haber sido obvio desde el primer instante: que la propia pregunta ya contenía su respuesta, que solo alguien absolutamente segura de su propia inocencia podía formular esas palabras con esa mezcla exacta de dolor y desafío.
Y él, en vez de responder con la misma certeza, había dudado.
Se sentó en el mismo borde de la fuente donde le había enseñado a canalizar luz lunar apenas semanas atrás, el recuerdo de aquella noche —de la calidez compartida, de la honestidad cruda que ambos se habían permitido bajo la luna llena— convirtiéndose ahora en una fuente de dolor tan intenso que Kaelen se preguntó, por un instante, si sería capaz de recuperar alguna vez lo que acababa de arriesgar.
*Un rey que no puede confiar en la mujer que ama*, pensó, con una amargura que no dirigía hacia Ires sino completamente hacia sí mismo, *no merece llamarse rey. Ni merece llamarse digno de su amor.*
La Reina Madre lo encontró ahí, horas después, todavía sentado en el mismo lugar, la oscuridad de la noche habiendo reemplazado por completo la luz del atardecer que había presenciado la pelea.
—Threll me contó lo que pasó —dijo Yssandra, sin preámbulos, sentándose junto a su hijo con la misma preocupación genuina que había mostrado la noche anterior a la expedición.
—Entonces ya sabes que arruiné todo, madre. No necesitas decírmelo tú también.
—No vine a decirte que arruinaste todo, Kaelen. Vine a preguntarte qué piensas hacer al respecto.
Kaelen levantó la vista, encontrando en los ojos de su madre no el reproche que esperaba, sino algo más parecido a una paciencia cansada, la de alguien que ha visto a los hombres de su familia cometer el mismo error de orgullo generación tras generación.
—No sé cómo arreglar esto.
—Empieza por entender qué fue lo que realmente rompiste —dijo Yssandra—.
No fue la investigación, ni el informe falsificado, ni siquiera la duda momentánea.
Fue que ella necesitaba saber que, sin importar lo que el mundo entero dijera, tú estarías de su lado sin condiciones.
Y en el momento en que más lo necesitaba, elegiste la cautela sobre la certeza.
Las palabras de su madre se asentaron con el peso exacto de una verdad que Kaelen ya conocía, pero que necesitaba escuchar en voz alta para empezar a enfrentarla del todo.
—¿Cómo lo arreglo, entonces?
—Eso, hijo mío, es algo que vas a tener que descubrir tú mismo. Pero te sugeriría que empieces por no repetir el mismo error dos veces. La próxima vez que dudes de ella, hazlo en privado, contigo mismo. Y cuando estés frente a Ires, elige la certeza. Siempre.