CAPÍTULO 57 LO QUE AMBOS PERDIERON
El encuentro que siguió, tres días después, no tuvo nada de la ternura de la biblioteca ni de la urgencia del campo de batalla. Fue, en cambio, la conversación más dolorosa que Ires e Kaelen habían tenido desde que se conocieron.
—Elegí quedarme —dijo Ires, encontrándolo en el jardín donde se habían dicho, por primera vez, algo que se parecía a la verdad—. Perdí el respaldo de mi templo por elegir quedarme, Kaelen. Y tú ni siquiera has venido a preguntarme por qué.
—Estaba dándote espacio.
—Estabas evitándome.
Kaelen no lo negó, y ese silencio dolió más que cualquier confrontación abierta.
—La investigación encontró algo —dijo él finalmente, con una voz que Ires no reconoció del todo, tan cargada de agotamiento y algo más oscuro que no supo nombrar—. Un informe. De hace dos años. Con tu nombre en él.
Ires sintió el suelo ceder bajo sus pies de un modo completamente distinto al de la batalla contra la Escritura Primera.
—¿Qué informe?
—Un registro de reconocimiento. De la Guardia de la Luna. Cartografiando las defensas de Ashkar. Firmado por ti, Ires. Dos años antes de que llegaras aquí como emisaria.
—Eso es imposible. Yo nunca…
—Threll lo encontró en los archivos del Consejo. Con tu firma.
—¡Entonces alguien la falsificó! —La voz de Ires se quebró, no de miedo sino de una traición que sentía por partida doble: la de ser acusada, y la de que Kaelen, aunque fuera por un instante, hubiera considerado la posibilidad de que fuera cierto—.
Kaelen, mírame. ¿De verdad crees que yo fui capaz de esto?
Y ahí estaba, otra vez: esa sombra, ese instante de duda que Ires había visto por primera vez frente al Consejo, ahora ampliada, innegable, imposible de ignorar.
—No sé qué creer —dijo él finalmente, y las palabras cayeron entre ambos como piedras—. Y eso es lo que más me aterra de todo esto.
Ires sintió algo romperse dentro de ella, algo que no sabía si podría reconstruirse.
—Entonces no tenemos nada de qué hablar —dijo, la voz ahora completamente fría, la Capitana tomando control total sobre la mujer que, por un breve tiempo, se había permitido creer en algo más—. Cuando decidas confiar en mí sin necesitar pruebas, Majestad, sabes dónde encontrarme.
Se marchó sin mirar atrás, y esta vez, Kaelen no la siguió.